Mi amigo Juan
Me ha llegado un correo electrónico de un amigo de nombre Juan, que me cuenta lo siguiente:
“Los años vividos y mis observaciones, te cuento, me han llevado al total convencimiento de que los homosexuales nacen y no se hacen. Mi viejita – que en Gloria esté – me crió súper engreído (también contaba que había luchado cinco largos años para lograr concebirme y estuve 7 años de hijo único, antes de la llegada de mis dos hermanos menores), yo era un súper aniñado. Más aún, ella era modista de alta costura y como no tenía con quien dejarme antes de ingresar a la edad escolar, se veía precisada a llevarme al taller. Allí me dedicaba a jugar con los retazos, recoger con un imán todos los alfileres caídos y llegué a aficionarme a tratar de hacer vestiditos como lo hacía mi mami y las otras modistas. Pero ni por un segundo, Andrés recuerdo haberme creído una mujer y, más aún por equis acontecimientos que alguna vez te contaré personalmente, descubrí mi súper precocidad como varón. Súper precocidad instintiva, lo aclaro, porque por mi edad ni siquiera sabía de qué se trataba.
En la primaria, te cuento tenía un compañero pulcramente vestidito, lo cual podía conservarse por su natural cuidado. Es decir, procuraba no ensuciarse ni jugar a algo que pudiera ensuciar su tenida. En el salón, a la hora de los estudios era un viejito en el trato delicado que le daba a sus útiles y el interés que ponía en la clase, sus respuestas, etc. Pero, sin malicia, yo lo veía muy parecido a las niñas que también estudiaban con nosotros y su forma de conversar era muy semejante. Teníamos exactamente 8 añitos.
Cuando lo volví a ver éramos mayores de edad. Yo ya estaba casado, pero ¡Oh, confirmación!, mi antiguo condiscípulo a quien siempre miré con extrañeza era ya, lo que conocemos como ‘una loca de escándalo’, no por escandaloso sino por su vestimenta típica, su cabello trocado en pelirrojo y el clásico ondular al desplazarse. Lo saludé con la mayor naturalidad preguntándole por la familia, los estudios, el trabajo, en fin, todo lo que alcancé a decirle antes de despedirme, porque me di cuenta que se incomodaba mirando hacia los lados de la calle (como en la serie el fugitivo), tal vez sintiéndose algo avergonzado. No volví a verlo más.
Ahora, en mi estadía por la selva pude darme cuenta que en la mayoría de los restaurantes los cocineros eran gais con nombre de mujer y todo eso y que los lugareños de las diferentes localidades de la Amazonía, lo atribuían a la ingesta de aguaje que, se sabe, contiene hormonas femeninas. Y, en la ciudad de Iquitos pude ver con asombro niñitos de 6 o7 años “futuros gais”. O sea, varoncitos de hombros algo elevados (como con panqueques), tiraditos para atrás, cintura quebrada y cuyas puntas de pies apuntaban para adentro y que corrían de puntitas, con grititos y ondulaciones como niñitas, pero de forma exagerada. A este tipo de niños se le veía totalmente inocentes y sin ninguna malicia como cualquier criatura de corta edad.
Y, así, sería largo el contar, ha coincidido que he observado varios casos en la unidad escolar donde estudié, pudiendo llegar a la conclusión que esta pobre gente llega a nacer así, ya que en el rostro y modales espontáneos no ves un hombre convertido sino alguien que refleja una vida interior diferente a su sexo.
Igual con mujeres, donde a la inversa, las formas de pararse, de conducirse, de conversar, de mirar, reflejan a varones que no lo son.
Ahora en el caso de los llamados bisexuales (tipo Bayly, que deben ser millones en el planeta), me imagino que también deben de nacer así. Porque me imagino que a ningún heterosexual – como lo somos nosotros - , le va a agradar bajo ninguna circunstancia, ‘convertirse’ porque sí, porque se le antojó a vio mucho el programa de Carlos Cacho o de la Chola Chabuca. Ni hablar del peluquín, mi querido Andrés”.
Mi comentario:
Bueno si consideramos esta posición - que es también muy respetable y digna de entrar en una discrepancia alturada – estaríamos diciendo que la sexualidad del ser humano ya viene impresa de fábrica; entonces, ya no sería una opción. Ya no podríamos hablar de una opción en la cual el ser humano decide - ¿pero a qué edad? - El sexo que va a tener. Si lo consideramos como una opción, estaríamos hablando de que el ser humano vive en estado neutro hasta – por decir una cifra – los 7 u 8 años, entonces opta por si quiere ser: hombre, mujer, o gay.
Y si fuera verdad lo que plantea mi amigo Juan, estaríamos hablando de cuatro posibilidad sexuales en el ser humano: hombre, mujer, gay hombre, gay mujer.
A mi modo de ver no debe existir la discriminación para ningún ser humano, la violencia en todas sus formas es rechazada de plano. Mi opinión al respecto, ya la manifesté en artículos anteriores. Entonces seria tedioso volver a repetirlas. Todos tenemos derecho a manifestar nuestra opinión al respecto, y todas ellas deben ser respetadas –por su puesto si son alturadas y con sustento científico – nadie es dueño de la verdad, pero la verdad existe y es absoluta, sino nuestra vida sería una simple alucinación.
Andrés Arbulú Martínez































