Lo admito, me gusta leer. Y no me avergüenzo de decir que yo también amo las novelas policíacas, de Agatha Christie a Camilleri pasando a través de la columna vertebral que es el catalán Manuel Vázquez Montalbán. El sabor de la delincuencia, del horror, del asesino que no es siempre el mayordomo, de los cuentos de las almas perdidas, acompaña mi voracidad de libros no sólo durante el verano (erróneamente considerado como el período de los libros ‘tontos’).
Me golpea mucho, entonces, el comentario de la recepcionista de un hotel en Sevilla que, como si fuera una curiosidad frívola, me dice que años atrás ha dormido en mi misma habitación el creador de Pepe Carvalho.
No sé por qué estaba allí, ni lo que hizo o pensó.
Sólo sé que la falta de otras noticias sobre este mini evento ha lanzado unas cuantas cascadas y arroyos en mi fantasía, y ha cambiado totalmente esta pequeña noche de ese maravilloso viaje a Andalucía.
Acostado sobre la cama en esa habitación de ese hotel en Sevilla, probablemente como lo hizo hace años Vázquez Montalbán, trato de estar más cerca de lo que el escritor había sido capaz de pensar en esos momentos. Tal vez a un nuevo libro, o a revisiones de lo que acababa de haber creado. O a un buen plato que el excelente Biscuter tendrá que cocinar; o incluso una disputa futura entre la triste Charo y el desilusionado Pepe. Me quedo dormido en un sueño profundo y me siento yo también perseguido por el Inspector Contreras, sus secuaces, sus ganas de hacerme daño, de eliminarme.
A veces es inevitable todo lo que pueda pasar dentro de un servicio pastoral en la parroquia. Quiero narrar lo que me pasó, para que quede claro que nadie puede emplear actitudes negativas dentro de un servicio pastoral; porque es como expulsar a los miembros que están haciendo un servicio desinteresado.Mi...
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Cuando veas una hermosa frase, que despechada flota en el espacio...¡Ahí estaré Yo!   ; & nbsp; &nb sp;   ; & nbsp; &nb sp;   ; Cuando veas un verbo furibundo,que dormita olvidado en el espacio...¡Ahí estaré Yo!, &nbs p; &n...
El viejo almendro con sus cuatro metros de alto y sus ramas extendidas en todas las direcciones era uno de nuestros mejores amigos en aquellos años en que las sonrisas de la infancia adornaban nuestros rostros curtidos por el sol calcinante de la mañana y por la arena recogida en las excursiones permanentes...