Ante los inmensos avances tecnocientíficos de la humanidad, la ética pareciera estar derogada. El terror y la veneración ante experiencias como la manipulación genética y el "control de la personalidad", son las sensaciones contradictorias que se apoderan de nosotros. Frente a experiencias como la de Dolly (la ovejita clonada de hace unos meses) los parámetros actuales empiezan a ser, cuando menos, insuficientes para establecer hasta donde se debe llegar en esa carrera hacia, parece, ninguna parte. Pues, así sepamos que la clonación puede servirnos para salvar una especie en vías de extinción (eso incluye al hombre), o resolver el problema del hambre en el hemisferio pobre, o acelerar investigaciones sobre enfermedades incurables hasta hoy, o, simplemente, reproducir la mascota arrollada por un carro ante nuestros ojos, la posibilidad no tan remota de aplicarla en humanos, nos alarma. Y no hablemos del resto de técnicas componentes de la ingeniería genética. ¿Qué clase de avances, de investigaciones, de manipulaciones, de experimentos, de intervenciones se pueden realizar sin ir contra lo humanoo contra la dignidad humana o contra Dios? Este es el contexto donde aparece la Bioética. (Por supuesto es en el tercer mundo donde aún no discutimos temas como estos, pues en EEUU existe inclusive una Comisión Asesora de Bioética adjunta a la Casa Blanca). Al parecer, "de lo que se trata, como dijera la profesora argentina SILVIA R BRUSSINO, es de buscar los medios o caminos que hagan posible la convivencia de tan diversos proyectos de vida o realización personal, a la vez que justifiquen racionalmente la coacción en vistas de un bien común". Es decir, establecer los "mínimos morales". Buscar, primero que todo, criterios para resolver estos problemas planteados y objetivarlos, después, mediante la adopción de reglas jurídicas válidas que todo el mundo acepte. Tamaño objetivo ¿no? Buscar "criterios" convertibles en "principios", cuando para la ética clásica lo que se busca es lo "bueno" que a su vez tiene fundamento en el "origen transubjetivo de la normatividad moral". Sí, la bioética busca acuerdos, privilegia la instancia subjetiva y por ello "el fundamento de su normatividad es el que surge del consenso o del procedimiento seguido para llegar a él". El camino recorrido por la tecnología y la ciencia no se puede borrar. Es necesario, entonces, una reflexión de la humanidad sobre todo lo que significa como especie, lo que quiere para su futuro y para el futuro de las especies que coexisten con ella, sin presiones indebidas de grupos cuyos intereses sean de tipo patrimonial o político, sin manipulaciones informativas y sin interferencias eclesiásticas, pero sí con un profundo sentido de lo moral y de lo bueno, y sobre todo con temor de Dios. Sólo después de esas reflexiones, partiendo, eso sí, de la base de una correcta información sobre el tema, se podrán adoptar reglas claras que encaucen la actividad tecnocientífica hacia los fines del bien común y la justicia.
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