La palabra tabú se utilizó durante mucho tiempo para designar aquellas cosas, actividades, gustos y placeres comunes a todas las personas pero de las cuales no se podía hablar en público. Por lo menos no en voz alta. ¿Cuál era el más grande tabú? La respuesta: No sé. Pero de seguro que el sexo ocupaba un lugar destacado en el escalafón internacional de los más conocidos. De este tema solo hablaban los amigos bajo la protección de la mutua promesa de no revelarle a nadie el motivo de sus conversaciones. Estaba claro para todos el tema: el sexo se reservaba para el matrimonio y punto. Pero llegó el momento en que el velo se descorrió y el tabú llegó a su final. La sociedad entera comenzó a hablar de lo anteriormente prohibido y un buen grupo pensó que hablar no era suficiente. En muy poco tiempo pasamos de un extremo a otro. De la prohibición a la libertad. De las precauciones al desenfreno. De la moderación al libertinaje. De la prudencia a la obsesión. Las consecuencias no se hicieron esperar y entonces los problemas comenzaron a cambiar: ahora no se trataba de jóvenes reprimidos; de lujuriosos asolapados; de contactos clandestinos. Aparecieron, en cambio, problemas de otro tipo como el inicio de la actividad sexual a temprana edad, el incremento de los embarazos no deseados y, como consecuencia indirecta, la desintegración de la unidad familiar, la consideración de la mujer como un objeto de placer y la alteración del proyecto de vida de los jovencitos involucrados en relaciones sexuales prematuras. En el nuevo escenario el sistema educativo decidió intervenir y se creyó que la mejor manera de hacerlo era implementar campañas envolventes de educación sexual. El propósito era que los jóvenes conocieran del tema y lo manejaran de la mejor manera. Sin embargo, unos años después, a la hora de las evaluaciones, el balance es bien pobre. La educación sexual hoy, está en deuda. ¿Las Razones? Muchas. Pero una en especial: el sistema utilizado, en lugar de orientar a los jóvenes, le mandó un mensaje subliminal que produjo los efectos contrarios. Todas las famosas charlas terminaban con la distribución de preservativos. El mensaje que los muchachos (y muchachas) entendieron fue: “Hágalo con quien quiera y cuando quiera, pero póngase el preservativo” Y los jóvenes entendieron el mensaje. Por eso fracasó el sistema.
Por Alejandro Rutto Martínez
Fuente del artículo http://www.articulo.org/autores_perfil.php?autor=525
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Lo bueno que vaya a hacer hoy, hágalo bien, por usted, por su familia y por su país. ¿Ya leíste Maicao al Día?
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12-23-2007 at 7:09pm
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