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jueves 21 de marzo del 2019
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Una historia conmovedora

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La escena ocurre en un barrio humilde de  una populosa ciudad de cualquier país latinoamericano: una señora regresa de sus faenas en el campo y ve con horror como las llamas consumen su casa.   Ella se preocupa al máximo porque está a punto de perder todo lo que tiene significado en su vida  y no es precisamente el rancho sino el pequeño  José Carlos quien se encontraba solo en el lugar. Sin meditarlo y aún a riesgo de su propia integridad física, penetra por entre las amenazantes llamas, recoge a su hijo y sale inmediatamente con él junto a su pecho.   La casa queda reducida a  cenizas pero madre e hijo sobreviven y se reponen sin problemas de las quemaduras sufridas principalmente en sus extremidades.   

La madre siente nuevos ánimos para lugar por su existencia y, especialmente por la de su hijo. Con mucho esfuerzo logra educarlo y unos años más tarde José Carlos es un reconocido personaje en su entorno. Cierto día lo invitan a dar una conferencia en la universidad y alguien le pregunta por el incidente de la infancia  en donde solo pudo salvarse por la valentía de una noble y amorosa mujer. Todos se conmueven con el relato pero llegan al clímax de la emoción cuando les muestra las cicatrices de sus tobillos y sus pies.  

 Un momento después, mientras se pone nuevamente los zapatos dice: “Pero esto no es nada. Las cicatrices verdaderamente reveladoras de los hechos son las de mi madre. A ella no le importaron las quemaduras de sus manos, de sus pies, inclusos de su rostro, sino el rescate de su hijo y ese hijo soy yo”  Los estudiantes comenzaron a aplaudir y se pusieron en pies en homenaje, no tanto a quien disertaba, sino a quien había arriesgado la vida para salvarlo de las llamas.

El amor debe darse a tiempo y en  todos los tiempos. Quien mejor define las características de este bello sentimiento es San  Pablo en su primera carta a los corintios cuando escribe:  “…el amor es paciente, es servicial, el amor no tiene envidia,  el amor no es jactancioso, no se engríe, no hace nada  indecoros, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal, no se goza de la injusticia, más  se goza de la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, . El amor no caduca jamás…”  Esa última frase contiene toda la filosofía del amor: no caduca jamás. Y parece estar reafirmada en la célebre  frase de San Agustín: “l medida del amor es amar sin medida”

Felicidades a todos los lectores en estas fechas de amor y amistad. Portémonos con los amigos como querríamos que ellos se portaran con nosotros y recordemos con  Aristóteles que la amistad es un alma que habita en dos cuerpos y un corazón que habita en dos almas.

Alejandro Rutto Martínez es un prestigioso periodista y escritor colombiano, vinculado como docente a varias universidades colombianas. Es autor de cuatro libros y coautor de otros tres en los que se aborda el tema del liderazgo, la ética y el Desarrollo Humano. Con frecuencia es invitado como conferencista a congresos, foros y otros eventos académicos. Póngase en contacto con él a través del corrreo alejandrorutto@gmail.com o llámelo al celular 300 8055526. Visite su página www.maicaoaldia.blogspot.com

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