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domingo 24 de marzo del 2019
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UN VIEJO SIN REMEDIO

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La historia que les relato a continuación ocurre a eso de las diez de la mañana en una playa del hermoso Caribe colombiano. Un grupo de personas, visitante del lugar, se ha dividido en dos. Por un lado está el combo de los alegres y entusiasta, quienes han prendido un ruidoso equipo de sonido y escuchan a Diomedes Díaz cantando uno de sus más pegajosas canciones. El volumen está al máximo y la música se escucha en todas partes. Una botella de licor pasa de mano en mano con sus voces altas, casi con sus gritos, sostienen una amena conversación. Obviamente todos están disfrutando al máximo los placeres de la vida y la brisa fresca del mar.

No muy lejos de ese lugar está Elver José, quien a sus treinta años recién cumplidos piensa como un hombre de setenta. “Como un pobre viejo de setenta” según el decir de sus amigos. En esta ocasión, como en las anteriores, cuando comparte los paseos con sus amigos, se ha alejado todo lo posible de ellos, cuelga una hamaca en la enramada y se dedica a leer el libro “Asombro en la Tierra de los yolujas” de su amigo Abel Medina Sierra. El hombre aún no es viejo pero lo va siendo a pasos acelerados, por lo menos así piensan los demás al observar su actitud.

Vicente, uno de los más alegres del grupo grande, se ofrece para rescatar al amigo de la perdición, del vicio de la monotonía, de los sinsabores del aburrimiento. Se dirige a la hamaca y le ofrece un trago generoso del más fino Whisky de contrabando. Su gesto es rechazado con una frase corta y decente: “Gracias pero ahora no deseo beber”.

Vicente no se da por vencido e insiste. “Tómese uno compadre, uno solo no le hace daño”. Como todos los bebedores Vicente sabe que un solo trago no hace daño pero invita al segundo y al tercero. Su experiencia le indica que si logra que el licor llegue a las manos, y luego a la boca y por último al organismo del amigo, la batalla estará ganada y un pobre ser humano aburrido y melancólico será sumado a las filas de la alegría. Por lo menos esas son sus cuentas.

El otro, sin embargo, sigue firme en la decisión de no beber. Vicente no es hombre que se rinda fácilmente y vuelve a la carga. “Tómate uno solo, uno y no más” ¿Y para qué pregunta Elver”? . –Para que estés contento, contesta su interlocutor. ¿Y después? Sigue preguntando Elver. –Pues, estarás más contento todavía. ¿Y después? Vicente se empina de la botella y le dice, para que te sientas bien. ¿Y después? -¡Después, te sentirás feliz, disfrutarás de la vida, te sentirás como un rey!

Es entonces cuando Elver lo mira a los ojos y le pregunta ¿Y qué crees que estoy haciendo en estos momentos? Sin esperar la reacción del otro vuelve a la lectura temporalmente suspendida. Vicente camina de regreso hacia donde están los demás. En su cabeza flota la idea de que su amigo es ya un viejo sin remedio.

POR: ALEJANDRO RUTTO MARTÍNEZ

http://alejandrorutto.blogspot.com/

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