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martes 19 de marzo del 2019
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El candidato que no quería ser presidente (Primera parte)

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El profesor Antanas Mockus debió sentirse muy aburrido con la idea de que era el candidato  preferido por los colombianos  para ser escogido como presidente de la república y un día, de esos en que la campaña adquiría mayor intensidad, decidió que no era posible que tal cosa sucediera y entonces comenzó a hacer todo lo que estuviera a su alcance para que la historia tomara un nuevo curso. 

Y comenzó su estrambótica  misión cuando respondió afirmativamente a una pregunta sobre si extraditaría al presidente de la república.    La opinión pública, mayoritariamente adicta al presidente Álvaro Uribe Vélez,  no tardó en pasarle factura y, cuando rectificó expresando que solo lo haría si la constitución lo obligaba,  ya era tarde pues el daño estaba hecho  y una buena parte de la masa de sus seguidores había comenzado a buscar refugio en otra parte.

En segundo  lugar debilitó su candidatura con la oferta de un programa de empleo cuyo eje central era el desmonte de los aportes para fiscales,  decisión que llevaría al país a una nueva primavera, a un estado de máxima felicidad en que abundarían los puestos  formales de trabajo formales y esto, a su vez, contribuiría a romperle la espina dorsal a la inmemorial pobreza de Colombia.   A sus adversarios no les costó demostrar que  esta medida solo contribuiría a generar entre 200 y 300 mil empleos, por una sola vez,  y esto no le haría no cosquillas a un problema que sufren más de dos millones y medio de compatriotas. Y, además, como efecto colateral, dejaría sin esperanzas a varios millones de aprendices del SENA y sin trabajo a miles de madres comunitarias del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar. Una buena cantidad de funcionarios de las dos entidades a quienes les sonaba el discurso del ex alcalde, sintieron que se les  arrugaba el espíritu como producto del fuego amigo proveniente desde  la entusiasta trinchera de la ola verde.

Un asesor que Mockus había contratado para que lo ayudara en la tarea de despresidenciarse lo felicitó por los logros de esta primera acción y le dijo que aún había mucho por hacer, pues las encuestas tercamente los seguían mostrando como favorito. Le recomendó entonces confesarse ateo y acto seguido retractarse. Con el primer gesto perdería el favor   de los millones de personas que creen que existe un Presidente de todos los presidentes, un Rey de todos los reyes. Con el segundo renunciaría al respaldo de quienes aborrecen las expresiones electoreras y su retractación fue vista como eso: anunciarse como creyente no porque le interesaran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sino porque descubrió que en Colombia Dios es un personaje más querido que todos los personajes que puedan existir  y  cobijarse en su sombra daba buenos dividendos.

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