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miércoles 26 de junio del 2019
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Maicao, etapa de crecimiento y bonanzas

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Etapa del crecimiento

El pueblo se hizo grande y atractivo y eso significó la llegada de ciudadanos colombianos procedentes prácticamente de todas las latitudes. Maicao tenía un atractivo especial: quedaba cerca de todas partes o, para decirlo más exactamente, era un cruce de caminos por donde llegaba el que venía y el que iba de un lado para otro.  Y, además, era un lugar con un toque especial para la prosperidad de los negocios de todo orden.   Y a esto súmele su relativa cercanía con los puertos del norte del Caribe y su vecindad con Venezuela Todo estaba dado para que el pueblo creciera y creciera rápido y así sucedió. En un tiempo relativamente corto el antiguo caserío respiraba y palpitaba con fuerza. Su evolución era irreversible y su prosperidad también.

Un poco más adelante arribaron los primeros extranjeros: un grupo de sacerdotes capuchinos nacidos en Italia y los primeros comerciantes árabes.   Los primeros se dedicaron a su labor de evangelización y los segundos a  abrir establecimientos comerciales formales en donde expenderían productos provenientes de los más remotos rincones del mundo.  Era el preludio de una bonanza comercial que convertiría a Maicao en uno de los poblados más conocidos de Colombia.

Época de bonanza comercial

A mitad del siglo XX el Gobierno colombiano decide cerrar sus fronteras a las mercaderías extranjeras como una medida para proteger a la industria nacional e impulsar el desarrollo del país. Solo se permitiría le entrada de productos extranjeros siempre y cuando éstos pagaran unos altos aranceles lo cual elevaría sus precios hasta hacerlos casi inalcanzables para la mayoría de la población.    El país blindó sus puertos, aeropuertos y fronteras para garantizar el cumplimiento de tal medida pero los guajiros se las ingeniaron para  abrir el único orificio por el cual entrarían esos productos sin el pago de los onerosos aranceles y, por lo tanto a precios muy bajos. Esa fisura única, fue, desde luego Maicao. 

Como si lo anterior fuera poco Venezuela vivía su propia bonanza  petrolera y su moneda, el bolívar, adquiría una cotización sin precedentes en los mercados internacionales.   Cargados de bolívares los turistas venezolanos llegaban a Maicao para comprar casi cualquier cosa que se les vendiera al precio que se les pidiera. Maicao estaba viviendo una era sin igual, una bonanza sin comparación, un verdadero  cuento de hadas.  

Millares de personas inundaban todos los días el centro de Maicao y dejaban millones de pesos y de bolívares en las cajas registradoras de sus almacenes, en los bolsillos de sus taxistas, en los bolsos de los vendedores ambulantes en las alcancías de las vendedoras de empanadas y en las bóvedas del Banco de Bogotá, Banco del Comercio, Granahorrar, Banco de Colombia, Banco Popular y Banco Ganadero.  A Maicao llegaban comerciantes de todas partes a comprar a vender y también a quedarse. Las ventas eran multimillonarias y cada quien ganaba lo que se proponía. El centro de la ciudad parecía un eterno 24 de diciembre en el que todo el mundo corría a toda hora de un lugar a otro para comprar o vender grandes cantidades de mercancías.  Todos se hicieron ricos. O casi todos porque toda regla tiene su excepción y en esta bonanza sí que las hubo. Entre las excepciones de quienes no se hicieron ricos la más notable de todas es…la propia ciudad de Maicao.  

Es un hecho que mientras más plata se producía en suelo maicaero más deteriorada estaba la imagen del pueblo. Sus calles permanecían llenas de lodo y basura y sin pavimento; sus servicios públicos eran deprimentes (igual que ahora)  sus colegios no ofrecían el bachillerato completo; su hospital se moría víctima de una enfermedad incurable llamada negligencia y sus inmigrantes  solo pensaba en seguir acumulando riqueza para luego irse por donde habían venido.

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