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domingo 24 de marzo del 2019
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Si usted me hiciera ese favor...

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Su nombre es Víctor Escobar, nació en El Molino, un bello e increíble pueblo de la Guajira, y ejerce la profesión de Ingeniero Industrial. Es la persona más cordial con la que he tratado: nunca le falta una sonrisa y en todo momento saluda con palabras amables. Esta forma de ser le ha granjeado la simpatía de todos sus amigos y alumnos de las instituciones donde labora como instructor de informática. Buena parte de su tiempo lo dedica a desbloquear, vacunar y reparar computadores ajenos; a dar consejos para mejorar las presentaciones de power point y el aprovechamiento de buscadores en el internet. En resumen, es una persona dispuesta a hacer todo favor que se le pida. Bueno en realidad todos, menos uno: prestar plata. En eso es claro, categórico y sincero: no me gusta prestar plata, primero porque no tengo y segundo porque nunca me la devuelven.

Así es mi amigo y compañero y también la mayoría de la gente. Cada quien tiene un inventario de los favores que nunca haría por ningún motivo. En la lista de casi todos figura el de no prestar plata, pero también otros como se verá en las siguientes líneas.

En primer lugar de los favores prohibidos pudiéramos consignar el de salir de fiador. Más de una historia se cuenta en los pasillos acerca de los piadosos y desprevenidos ciudadanos cuyo único error en la vida ha sido el de figurar como codeudor en algún préstamo, contrato de arriendo o venta a plazos. Al final el deudor disfruta y el codeudor paga. Dineros perdidos de este modo no se recuperan nunca. Además la víctima queda con el estigma de haber sido tontamente engañado, pierde la amistad del timador (mejor, ¿para qué sirven los amigos así?) y las ganas de seguir haciendo éste y otros favores. A la larga lo que se pierde es la confianza en el género humano completo.

En la lista sigue el préstamo de libros. Salvo que sea una persona bien ingenua y no haya sido hayan tumbado nunca, se abstendrá siempre de hacer este favor. No sé si fueron las víctimas o los victimarios quienes acuñaron aquella frase según la cual “no se sabe quién es más tonto: el que presta un libro o el que lo devuelve”. En mi humilde opinión es más tonto el que no lo devuelve por una razón bien sencilla: se auto rotula como roba libros y pierde la credibilidad.

Por supuesto no todos los favores tienen las mismas consecuencias. Algunos han prestado su nombre para la firma de un contrato con la administración pública y hoy se encuentran en líos penales. Otros prestan sus casas para reuniones comprometedoras y al final afrontan problemas con las autoridades. Las cárceles se encuentran llenas de inocentes y también de ingenuos cuya única equivocación fue la de ayudar a alguien.

Es difícil encontrar quien quiera trasladar un herido al hospital: hacerlo significa, a juicio de algunos, perder el tiempo y meterse en dificultades con la familia y las autoridades; evitar un problema es más importante que una vida en la nueva escala de valores. Si usted es prudente se negará a hacerle favores a un desconocido y si es pragmático nunca le dará dinero al indigente de la esquina: tal vez sea un pícaro con más dinero que usted. Y así sigue el nuevo ciudadano, negando hasta los favores posibles por eludir los imposibles. Y desacreditamos la confianza de en la raza humana, de manera que nadie confía ni en su sombra. Yo solamente espero que Víctor Escobar siga siendo cordial y que todo lector de esta columna tenga el gesto amable de leer hasta el final y luego regale el periódico al primer transeúnte con quien se encuentre en el camino. Este favor no está prohibido, ni implica riesgos, ni problemas.

Por: Alejandro Rutto Martínez

http://maicaoaldia.blogspot.com

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