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viernes 22 de marzo del 2019
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Semana Nacional de Liturgia 11

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La presencia corpórea es el mejor modo de presencia, solo cuando existe la intercomunicación. Por lo tanto una presencia física corpórea tiene que tener una relación entre las dos personas, pero esa intercomunicación es una llamada y una respuesta, es decir la persona (y esto lo voy a insistir constantemente), es una llamada y la otra persona responde a la llamada, es cuando se establece esa comunicación y es cuando hay una autentica presencia de una persona delante de la otra persona. Es entonces cuando la presencia corporal del otro deja de ser presencia simplemente de objeto o de indiferencia, para convertirse en presencia personal y humana, comunicativa y enriquecedora.

Sin embargo no toda presencia personal se clasifica con el máximo grado de presencia humana, hay presencia en que vienen condicionadas, por el interés o el egoísmo, por el trabajo o por la diversión el grado máximo de presencia personal es aquella que se fundamenta en el amor. He aplicado la mutua comunicación y la capacidad relacional de acogida al otro en su propia singularidad, y en la aceptación plena de su ser, es decir que cuando hay una presencia personal activa, es cuando una persona tiene una comunicación mutua entre las dos, una comunica a la otra, su ser, comunica su pensar, comunica su sentimiento, le comunica su preocupación, la alegría, su tristeza, pero la otra persona tiene que recibir todo aquello personal y responder también en la misma clave. Y es cuando hay una presencia personal y hay una relación.

La presencia entre dos personas depende de la intensidad del acto espiritual por el cual se comunican, si una pues comunica todo un secreto interno, hay algo muy profundo, y la otra persona tiene que creer que dice aquella persona que le comunica el secreto, por lo tanto hay una que habla y la otra que cree y acepta y responde.

Para detectar dicha intensidad es necesario valorar la fuerza la eficacia objetiva y el numero de los signos empelados para comunicarse, en esa comunicación personal, humana de esas dos personas. Evidentemente el gran valor está en los signos, y el signo principal es la palabra que comunica relaciona, etc.

También hay otros signos que expresan quizás sin palabras, y quizás el singo puede llegar mucho más allá que la expresión de la palabra, es que tiene más valor muchas veces el silencio. La mayor o menor intensidad de los signos y la repetición de los mismos muestran una voluntad mayor o menor de comunicarse o de hacerse presente en el otro.

Una persona se hace presente a otra cuando se proyecta fuera de sí misma, por lo tanto se hace presente en la otra persona cuando sale de sí misma y se proyecta hacia la otra persona. Esto es muy importante para la presencia de Cristo. Cristo se  proyecta hacia nosotros, se abre totalmente hacia nosotros. Cuando se entrega y se da a conocer, cuando es auto expresión y auto donación, se da completamente a la otra persona, y eso pues también lo aplicamos a Cristo que es pues la auto donación total a la humanidad, a la Iglesia, y a cada uno de nosotros. El permanece, y es auto donación., vive una correspondencia por la otra persona, y esa correspondencia es de creencia, creer aquello que nos dice, aquello que manifiesta, aquello que comunica, pero no solamente una creencia, sino acoger aquello que dice. Entonces vemos que hay una llamada y una respuesta, solo así se crea comunicación con fuerza interior.

El encuentro con la otra persona se convierte así en un camino portado de vida, creador de aspiraciones y de necesidades. Cuantas veces quizás tenemos la experiencia de estar hablando con una persona manifestando pues todo nuestro interior y de esa conversación salimos renovados ¿Por qué? porque aquella persona que me ha escuchado, ahora transmite vida, crea esperanza, nos anima a seguir en camino ante las dificultades, etc.

El tipo de presencia personal fundada en la entrega, y en el amor, es la presencia de Cristo en la Eucaristía. El la hace posible desde su Gloria, por la acción del Espíritu Santo, y permite la máxima realización de comunicación y de presencia que el hombre puede imaginar, que es la presencia de un Dios que continua su historia de amor y de auto donación con el hombre y por esto le llamamos  el Emmanuel “Dios con nosotros”. Y es la presencia capaz de comunicarse y hacerse presente dando de comer su Propio Cuerpo, beber su Propia Sangre, Cristo está presente, y habita en su Iglesia por medio del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, es el agente, el portador de la presencia del verbo encarnado, el Espíritu Santo, es el que constituye a la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, El actúa a través de la predicación de los Apóstoles, El suscita la fe en los hombres, El está presente en todos los Sacramentos, no hay oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo.

Si nosotros comenzamos la Eucaristía cantando, es la acción del Espíritu Santo, si decimos en el nombre del Padre, es su acción, si pedimos perdón, es su acción, si escuchamos la palabra, es su acción, si el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo, es su acción. Y El Espíritu nos convoca, y nos une a todos en el mismo Cuerpo de Cristo, por eso es que la acción del Espíritu Santo, no la podemos olvidar en toda nuestra vida cristiana, es el que nos va santificando, y llevando por el camino que nos conduce al Padre.

Continua.

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Acerca del autor

Andrés Arbulú Martínez

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