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viernes 28 de febrero del 2020
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Una fotografía vale más que mil palabras

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Una fotografía vale más que mil palabras

Mejor nunca que tarde.

Quizás hubiera sido, como indica el titulo, mejor nunca que tarde tomar un espacio para recordar a Ché Guevara, la referencia de lo tarde atiende por parámetro un nuevo aniversario de su fallecimiento y lo nunca, era quizás la actitud que creía poder adoptar, apagando su habano en los charcos del olvido.

La inquisición.

Ya casi llegando a la estación de las dos décadas, las preguntas y cuestionamientos llueven e imponen nuevos modelos. Entre ellos, inquirir en las fuentes que hasta hace meses atrás encendían fascinación por tópicos y personajes, el  Che no escapó a mi proceso inquisitorio, fue en los tribunales de mi propia conciencia donde sentencié su derrota. Pero debo confesar, aun es difícil que la idea se oponga a la magia de su boina y serio ademán.

Como verdugo benevolente que reniega de su profesión, ofrezco esta canasta de conceptos en honor a su nombre. Heteróclita y desprolija, quizás tanto como su verdadera estética personal.

El polisíndeton.

El primer elemento, barro, es previsible la dificultad de ahondar en una vida compleja, intrincada y repleta de viajes, abrupta, con erosiones y verrugas e imágenes intrasmisibles y continentes enteros… el polisíndeton más fino sucumbiría de vergüenza por su inoperancia, tomo el atrevimiento de abreviar las carreteras y saltar al papel.

El oximorón.

Directo al foquismo, sinónimo de fracaso.  La verdadera teoría revolucionaria del Che Guevara, usina de frustraciones enmarcadas desde Tierra del Fuego hasta el Sur de Mexico.

Desatinada creencia que retoza en un foco generador de combate, en lugar de levantamientos sociales generalizados. Colocar a un puñado de hombres en situación de vanguardia. Rodearlos de un aura legitimadora. Concebir la sociedad como tejido capaz de contagiar y extender una idea revolucionaria. Saltar la dialéctica, no ya bañarse en el mismo río, sino multiplicarlos. Elucubraciones que –sin necesidad de ser marxista- son demostración palmaria de antimarxismo. La contradicción se vive con la gran pitonisa barbuda y la realidad. Formula que conlleva a una resolución fatídica; traducida en guerras civiles, asesinatos, atentados terroristas, fanatismos, entre otros flagelos que aguijonearon nuestro continente. Ultimando esta cuestión, el mismo Ché encontró la muerte delirado por su propia empresa- teórica y práctica-

A su foto y semejanza. 

Su retrato, beato receptor de contenidos;  un odre que hemos llenado con nuestras propias apreciaciones es objeto de monolatría. Como todo caudillo, detenta en imagen la simbología mitológica de su personalidad. Frontal, de boina y cabellos al aire, cargando con 31 inviernos. Si Miguel Angel hubiese tenido la oportunidad de replicar a Guevara en sus refulgentes mármoles de Carrara, afirmo sin titubear, su producto escultórico sería muy similar a la foto de Alberto Diaz Korda. Hay una similitud impactante entre la mirada del Moises –tumba de Julio II- y la fisonomía de Ernesto… lo que estudiosos del arte llaman ‘la terribilitá’ el impacto enceguecedor y rapaz de una mirada penetrante. La geografía de su rostro es suficiente argumento para legitimar su grandeza. Por ello, empuñando el cincel, cada uno ha construido un Che, raspando en los mármoles de su conciencia, y en la mayoría de los casos, no hemos más que esculpido a su foto y semejanza. El Ché es una figura fácilmente apropiable, la gran mayoría de los jóvenes lo convierte en su numen, sus ideas son sencillamente resumibles, aforismos oportunos. Como mencioné anteriormente, la creación del Ché no es universal… por el contrario, es un auténtico caleidoscopio.Situados en las floreadas tierras del humanismo, el Ché es un ejemplo de abnegación y sacrificio en pos del prójimo. Desde los prismas marxistas, un teórico y práctico latinoamericano, que recordó siempre la tésis 11 de Feuerbach y la necesidad de transformar el mundo. Los empañados lentes de la rebeldía biológica enaltecen al médico como gran adalid, adolescentes ritualizan sus alcobas con reseñas y frases elocuentes que enfatizan la necesidad de atacar al ‘Sistema’ y siempre ostentar el infranqueable carácter revolucionario. El amor, el ‘otro’, la revolución, la igualdad, la justicia, el sacrifico, el voluntariado, son conceptos que en sinergia resumen la percepción generalizada del Ché. Lo cierto es que estas construcciones son místicas y relativas, basadas en una costumbre mundana facilista de evitar la profundización en el estudio. Preferir genuflexarse ante una figura simpática en lugar de cuestionarla.

El Che JojoyEl mismo Ché, cuya pluma se desliza trazando hermosas frases, fue también responsable de aniquilamientos selectivos en Santa Clara –eclipsados por los bellos versos que los trovadores dedican a su himno universal-. Tampoco escatimo en escribir tratados militares, el más celebrado es él dedicado al uso de la metralleta. ¡Sí! Era un beligerante, combatiente guerrillero, que vio en la instrumentalización del fúsil una brecha para la construcción de una realidad idílica. Creyó ciegamente que el fin justificaba los medios. En épocas donde todo era dicotómico, partición cromática de opuestos.

Semanas atrás los medios anunciaban con trompetas la muerte en bombardeo de Mono Jojoy. ¿Quién?, si, jefe militar de la guerrilla colombiana. Hoy terrorista, ayer guerrillero, hoy beligerante, ayer revolucionario. Su cadáver posa ante las cámaras, soldados se agrupan armando sádicas coreografías; pescadores que exhiben orgullosos su corpulenta victima. Un auténtico espectáculo de muerte y felicidad. Al igual que el Che su asesinato fue celebrado enérgicamente, en escenas ominosas, ambientadas por la putrefacción de la carne y el flash de las cámaras. Por supuesto, el susodicho primate Jojoy no contaba con la intelectualidad de Guevara, era diabético y bastante feo, incapaz de elaborar reflexiones, o brindar discursos ante la ONU. No obstante, sus vidas y objetivos se cruzan y dirigen hacia un mismo horizonte, ambos ingenieros de un porvenir utópico, faccioso, ideal, interesado, sangriento, pero en fin, proyectado en el futuro.

Cada uno con su estampa

A modo de conclusión y desde mi humilde parecer… es curioso que veneremos a un hombre sin adentrarnos en su vida, quizás el Che sea victima de la misma precariedad y provisionalidad que nos rige. Jardinero de un bosque perfecto, argentino hincha de Rosario. Asmático y con habano en la boca, ladrillos suficientes para edificar un altar en nuestras conciencias, rozando la irracionalidad de la religión. Cada uno toma su propia foto, y desde ella imagina un Ché Guevara.

Perdóname Ernesto, este es mi homenaje

Rodrigo Rey

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