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viernes 22 de marzo del 2019
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Julio De la Rosa patriarca de los maicaeros

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La palabra que mejor define a Julio de la Rosa, el legendario patriarca del barrio el Carmen, es vitalidad.    Los inviernos y los veranos han pasado por su vida sin dejar   en él más huella que la de algunas tenaces arrugas en su rostro siempre adornado por su inconfundible  sonrisa  y sus múltiples gestos de alegría.   Su registro civil dice que nació en Barranquilla, información consignada en su renovada cédula de ciudadanía. Sin  embargo, su acento, su corazón, su apego a la tierra y su entrañable afecto por los amigos que la vida le ha regalado le dan otra identidad: la de maicaero de carta cabal.   Puede sonar a paradoja pero es la verdad. Julio de la Rosa es un maicaero nacido en Barranquilla.

Su arribo a Maicao se produjo por allá, a mediados de los años cuarenta cuando aún se escuchaba el golpe del envejecido martillo clavando sobre los invulnerables maderos: se construía poco a poco un nuevo vividero en esta zona del Caribe colombiano.   Unas pocas casas de barro y techo de zinc, ranchos dispersos por un lado y otro,  una iglesia de bahareque con techo de paja, tres o cuatro  calles y un puñado de personas conformaban  un naciente proyecto de pueblo que más adelante sería uno de los polos de desarrollo del Caribe colombiano.

Poco después de bajarse del vehículo   en donde llegó se dedicó a lo que más ha hecho en toda su existencia: trabajar. Sus manos curtidas por las múltiples faenas cotidianas,  sus largos brazos  dispuestos a transformar el mundo y su pensamiento de avanzada eran las herramientas que traía, junto con una montaña de ilusiones y de sueños acerca de su futuro inmediato.

No le costó mucho insertarse en la pequeña comunidad y  muy pronto se vinculó a  la campaña que por esos  días ocupaba  a los maicaeros: recolectar fondos para la construcción de un cementerio.  La idea de construir el campo santo nació de la necesidad, pues los difuntos debían ser llevados a los cementerios indígenas, quienes  de manera generosa  accedían a colaborar con sus vecinos, pero era hora de tener un lugar de propiedad de todos y a esa tarea se dieron los dirigentes cívicos de aquel tiempo.

Un reinado de belleza sirvió como pretexto para reunir una cuantiosa suma de dinero que, bien empleada por quienes la administraron,  dio no solo para que se hiciera el cementerio sino para  dar inicio a la obra relacionada con otro palpitante sueño: el aeropuerto San José.

Cementerio y aeropuerto fueron al fin una realidad.  La aldea se extendió hacia el occidente   y hacia el norte y en las dos obras quedó impregnado el sudor y el esfuerzo de  Julio   De la Rosa y sus hermanos.

Más adelante contrajo uno de esos matrimonios a la antigua de los que son como dice el ministro de la iglesia “hasta que la muerte los separe”  y fundó una familia que le ha dado a Maicao un buen número de buenos ciudadanos entre quienes se cuentan deportistas (de los buenos), dirigentes comunales, trabajadores incansables, actores y directores de teatro. Todos ellos con el sello De la Rosa Robles, como dignos herederos de la nobleza y tenacidad de Julio De la Rosa, el hombre de la sonrisa perenne por quien los maicaeros sienten gran afecto  y profundo respeto.  

 Y a quien toman como punto de referencia como símbolo de la maicaeridad.

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