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lunes 26 de octubre del 2020
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Sembrar para compartir

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Sembrar para compartir

Había una vez un magnánimo rey que tenía tres hijos, y quería elegir a uno para ser su heredero universal. Era muy difícil, dado que los tres eran muy inteligentes y valientes, cualidades necesarias para ser regentes.

Sin embargo, este rey pensaba que eran imprescindibles otros valores para legislar su reino. Como no tenía forma de decidir adecuadamente, pues eran trillizos, le preguntó a un gran sabio, y este le sugirió una idea.

El rey volvió a su casa, reflexionó y reunió a sus tres hijos. Le dio a cada uno una bolsa con semillas y les dijo que él se iba a un peregrinaje para encontrar el sentido de su reinado. "Me tomará un tiempo volver, quizá uno o dos años, e incluso mucho más, y ésta es una especie de prueba para vosotros.

Tendréis que devolverme estas semillas cuando regrese. Aquel que mejor las proteja se convertirá en mi heredero". Dicho esto, el rey partió hacia un destino desconocido.

El primer hijo se preguntó: "¿Qué debería hacer con estas semillas? y las guardó en una caja de seguridad de hierro, porque al regresar su padre debía devolverlas como las había recibido y no debía ni podía desobedecer sus órdenes".

El segundo hijo pensó: "Si las guardo como hizo mi hermano, morirán. Y una semilla muerta no es una semilla. De modo que fue al mercado, vendió las semillas y guardó el dinero. Y se dijo: "Cuando mi padre regrese iré al mercado, compraré semillas nuevas y le devolveré unas semillas mejores que las que me entregó ya que así mi padre se dará cuenta que he sabido ser muy ingenioso y con pocos recursos he sabido obtener unas mejores".

El tercer hijo pensó: "Si las guardo para que se conserven si no les da la luz del sol morirán, si las vendo obtendré unas monedas aunque no serán las mismas semillas; en cambio si las siembro .... y eso fue justamente lo que hizo, sembró las semillas y esperó a que dieran su fruto".

Y así, fue cosechando las semillas que su padre tan amorosamente le había entregado antes de marcharse a su peregrinación. Sus hermanos, entre tanto, se reían de él y pensaban que era un esfuerzo en vano. Su padre sólo les había pedido que le devolvieran lo que les había dado. Además ellos eran ricos y no necesitaban trabajar.

El consejo de su padre había sido muy claro. Dejaría su herencia a quien protegiera mejor las semillas.

Después de tres años, cuando el padre regresó, el primer hijo abrió su caja fuerte. Y se vieron claramente todas las semillas muertas, apestaban, y el padre le dijo: "¡Qué! ¿Son éstas las semillas que te di? Tenías la posibilidad de hacerlas crecer y germinar, y ahora están podridas. ¡Estas no son mis semillas!".

Fue entonces cuando el segundo hijo fue al mercado a comprar nuevas semillas. Volvió a la casa y se las presentó a su padre. El padre dijo: "Estas no son las semillas que yo te entregué. Tu idea es un poco mejor que la de tu hermano; sin embargo, no tienes las cualidades que yo quisiera para mi sucesor. Tu comportamiento es el de un calculador avaricioso".

El rey se acercó con gran esperanza y cierto temor a su último hijo. "Y tú, hijo, ¿Qué has hecho con las semillas que te encargué?".

El tercer hijo pidió a su padre que le acompañara a ver los campos que había sembrado año tras año desde su marcha. Y le dijo: "Padre, las semillas que me has dado están en estos campos. Cuando recoja la cosecha podré devolvértelas. Estos campos han ampliado tu fortuna y han servido para alimentar a tus empleados. La labor la han realizado labriegos que no tenían trabajo, y así han podido proteger a sus familias. Pensé que era más sabio sembrar que guardar unas semillas hasta que volvieras".

Y el padre contestó: "Tú eres mi heredero. Es así como deberíamos actuar todos con las semillas que la vida nos ofrece, así como con el conocimiento que compartido dará siempre muchos más frutos".

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Acerca del autor

MariCruz Gomar Domínguez :) http://cruzcoaching.blogspot.com/

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