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domingo 24 de marzo del 2019
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Una carta misteriosa

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He recibido una carta de mi antiguo profesor Pedro Manuel. El "duro" de los tiempos del colegio. El que más nos ponía a estudiar. El temible profesor Pedro Manuel nunca me habló con cariño ni sin cariño en los tiempos de la secundaria. Simplemente no le hablaba a nadie por fuera del salón. Pero hoy me escribió para responderme a una carta en la que le pregunté por qué calificaba como lo hacía y si no estaba arrepentido, veinticinco años después, de tantas masacres académicas, de tantos homicidios escolares, de tantos crímenes evaluativos.

A decir verdad cuando le escribí al profe no utilicé esas duras palabras que en aquel tiempo y ahora también, solo nos atrevíamos a pronunciar cuando él no estaba y cuando no había la más remota posibilidad de que nos escuchara.

Bueno, sin más rodeos paso a transcribir la carta en la que el profesor responde a mis preguntas.

Señor:

¿????? Perdóneme los signos de interrogación pero no sé a quién dirigir esta carta. A decir verdad no lo conozco bien a usted. No lo recuerdo porque de por medio hay muchos años de distancia. Esta carta puede ir dirigida a un ex alumno de los buenos o también de los malos. No sé de cuáles puede ser usted. En el colegio había de los unos y de los otros aunque yo siempre parecía destinado a tener en mis clases a los no muy buenos. Espero que usted no pertenezca a estos grupos. Me ha interrogado usted en un tono que, para serle franco, no me ha gustado, sobre cómo calificaba mis exámenes y qué ventajas me ofrecía mi método. Primero que todo permítame decirle que nunca había pensado en un método de calificación. Yo simplemente me esforzaba por dictar mis clases y por hacerlo de la mejor manera.

No sabe usted todo lo que me esforzaba para preparar una buena clase, eran muchos los libros que me leía y los resúmenes que sacaba. Claro que al principio era mucho más difícil. Ya después tenía el material siempre disponible porque el material del primer año me servía para el segundo y para el tercero. Yo en ese tiempo era muy ordenado. Guardaba celosamente todos los papeles y así podía utilizarlo siempre. Nunca se me llegó a perder un papel. Finalmente, de tanto usar las hojas en que tenía escritas mis clases, éstas cambiaban de color y comenzaban a romperse en los bordes, pero aún así seguían siéndome de utilidad.

Pero regresemos a su pregunta. Usted no me pidió que me refiriera a cómo preparaba las clases sino a cómo hacía los exámenes. Quise referirme, eso sí, a mis esfuerzos por dictar una buena clase para que usted tuviera una idea de mi sacrificio y de mi abnegación, pero sobre todo para que comprenda por qué era tan exigente. ¿Cómo no iba a ser exigente con los alumnos cuando yo me esforzaba tanto para dictarles una buena clase? ¿Cómo iba yo a aceptar que después de tanto sacrificio de mi parte los alumnos no respondieran de igual manera? ¿No era justo acaso que después de todo el interés que yo ponía ellos no fueran capaces de dar la lección?

Algunos estudiantes esforzados eran capaces de responder los exámenes como se les pedía. No cambiaban ningún dato. La señorita Pomárico, por ejemplo, tenía unas respuestas sensacionales, iguales a las del libro y a las de mis apuntes. Ella siempre obtuvo buenas notas. Sin embargo otros... otros daban lástima... empezaban a divagar, a colocar una palabra aquí y otra allá, eran unas incoherencias que no daban ni para colocarle un uno. Lo que más rabia me daba

A lo largo evaluaciones no tienen mayor misterio. Las pruebas las hacía en cualquier momento. Los alumnos estaban advertidos de que en cualquier momento los mandaba a sacar una hoja para hacer el exámen.

No les avisaba cuando era la prueba para que vinieran siempre listos, y no se descuidaran en los estudios. Una vez hice el examen después de las vacaciones de carnavales y todos se "rajaron" ¿Qué culpa tengo yo de eso si todos sabían que cualquier hora podía examinarlos?

Una de mis pruebas predilecta era la de pasar a los alumnos al tablero porque ahí si debían demostrar que sabían los copiones, los que pasaban toda la hora pensando siempre fracasaban. Yo trataba de ayudarlos diciéndoles que no fueran miedosos, ni cobardes, que temblaran tanto esto parecía ayudarle al grupo porque todos soltaban la carcajada todos menos los que estaban en el tablero, debemos aclarar porque ellos se asustaban todavía más cuando sus compañeros se reían y todo eso por no estudiar. Mis evaluaciones, aunque usted no lo crea, me ayudaban a saber quién sabía más, quien ganaba y quien perdía. Algunos estudiantes eran dos centésimas más inteligentes que otros y no faltaba aquel que por dos décimas no pasaba la materia. Y algunas veces más de la mitad del curso sacaba malas calificaciones y perdían la materia.

Ya le dije yo era muy pero muy exigente y me gustaba que los estudiantes me dieran tanto como yo le daba a ellos.

Quisiera seguir escribiéndole pero como usted sabrá ahora soy abuelo y las tareas que me traen mis nietos me tienen bien ocupado. A veces me toca ir con ellos al campo a las empresas a los barrios y a los laboratorios para acompañarlos y ayudarlos en lo que pueda a hacer unos trabajos rarísimos que los tienen ocupado todo el tiempo. Yo no entiendo nada pero los acompaño a todas partes. Deberíamos regresar a los tiempos de las previas y las pasadas al tablero. No le quito más tiempo, estimado amigo, que tenga usted un buen día.

Atentamente,

Su porfesor, Pedro Manuel

Por: Alejandro Rutto martínez

Alejandro Rutto Martínez es un prestigioso escritor y periodista ítalo-colombiano quien además ejerce la docencia en varias universidades. Es autor de cuatro libros sobre ética y liderazgo y figura en tres antologías de autores colombianos. Contáctelo al cel. 300 8055526 o al correo alejandrorutto@gmail.com. Lea sus escritos en MAICAO AL DÍA, página en la cual usted encontrará escritos, crónicas y piezas hermosas de la literatura colombiana.

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