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martes 26 de marzo del 2019
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El don que nos llevará a obtener el respeto de los demás

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Mateo Alemán: Quien quiere mentir, engaña y el que quiere engañar, miente.

La credibilidad es sencillamente lograra que nos crean. Pero mucha atención. El asunto no es algo es tan sencillo como parece. Una cosa es la definición y otra bien distinta el ejercicio cotidiano y permanente por el cual adquirimos la credibilidad. La palabra se ha desvalorizado hasta el punto de que nadie le quiere creer a nadie. Y aunque quisiera siempre habrá razones para desconfiar y tomar ciertas precauciones.

La historia bien conocida del pastorcito mentiroso, un joven a quien cualquier mal día de su vida le dio por jugar a decir lo que a su modo de ver era una mentirilla inocua, es uno de los mejores ejemplos sobre las razones para la pérdida de la credibilidad. Una mentira la afecta; dos la dejan seriamente lesionada, tres la dejan completa e irreversiblemente destruida. Y todo porque, como lo dice el refrán "en boca del mentiroso hasta lo cierto se hace dudoso". Y, ciertamente, cuando alguien miente y lo hace de manera reiterada nos quedamos sin saber cuándo dice la verdad y cuándo no. Por eso optamos por lo más aconsejable para el caso: no creerle nunca.

Queda claro pues que la credibilidad se pierde a fuerza de traicionar la verdad, pero más que la verdad algo que nos pertenece: la palabra. Para ser más exactos, nuestra propia palabra. Seamos sinceros en reconocer algo: en nuestra época es difícil creerle a las demás personas e incluso a las instituciones. Por eso podríamos decir que todos somos mentirosos hasta que demostremos lo contrario. No es a usted a quien le corresponde decir si su interlocutor dice verdad o mentira. Es a él a quien le corresponde demostrar que dice la verdad. Y por eso acudimos a los documentos, las pruebas, los certificados y, en algunos casos, a los testimonios.

La credibilidad es un patrimonio de quienes han tenido como norma de vida el respeto a ellos mismos y a su palabra. Es el mayor bien de quienes no tienen otros bienes pero hacen un esfuerzo sincero para no perder lo único que realmente tienen: el hecho de que los demás los escuchen y les crean.

La credibilidad se gana a base de ser coherente entre lo que se siente y se piensa; entre lo que se piensa se dice; entre lo que se dice y se hace. Si se presenta alguna diferencia entre lo que sentimos, pensamos, decimos y hacemos, nos estamos exponiendo seriamente a ser considerados como poco confiables y ese hecho conducirá a que se nos mire con muchísimo cuidado antes de que se acepte como cierto lo que decimos si es que logramos que lo acepten.

Coherencia es la clave. Los sentimientos no pueden oponerse al criterio que públicamente se nos conoce y los hechos no pueden tener ni siquiera leves contradicciones con las palabras que expresamos. En el momento de perder la coherencia perderemos la confianza, y con ella la credibilidad. Y la sociedad no volverá a creernos. Y será sumamente difícil volver a encontrar quien nos crea.

El mensaje que transmite una persona sin credibilidad es parecido a este: "No me crea todo lo que yo diga porque en cualquier momento puedo decirle una mentira. Incluso esto que le estoy diciendo ahora pudiera resultar siendo falso". ¿En qué quedamos? ¿Le creemos o no le creemos?

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