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viernes 06 de diciembre del 2019
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Una figura en las sombras

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Una figura en las sombras

La danza es la lengua oculta del alma

Martha Graham

La danza cubana tiene muchas caras. Posee un rostro clásico en la figura de Alicia Alonso y el Ballet Nacional de Cuba, un rostro folklórico principalmente a través del Conjunto Folklórico Nacional y un rostro moderno y contemporáneo. Este último se presenta de variadas formas: una danza – teatro a la manera de Danzabierta, una danza que mixtura varias tendencias del cuerpo y el movimiento como Danza Combinatoria y una danza  que aúna todo lo anterior, pero que al propio tiempo posee más de cincuenta años de historia y que es el caso de Danza Contemporánea de Cuba.

Muchos son los coreógrafos y artistas que han colaborado con la compañía, comprometidos con su particular visión de la danza. Nombres como Ramiro Guerra, Arnaldo Patterson, Eduardo Rivero, Lorna Burdsall, Elfrida Mahler y el mexicano Manuel Hiram figuran en ella durante los primeros años de la compañía, a los que se suman Eduardo Rivero, Arnaldo Patterson, Isidro Rolando y Víctor Cuéllar, quienes continuarán el legado creativo de Ramiro a su salida de la compañía.

Entre 1978 y 1983 tiene lugar el período más rico y creativo de esta segunda etapa de su historia. En este momento estuvo bajo la dirección del poeta Cintio Vitier quien potenció las habilidades creativas de los bailarines, muchos de los cuales provenían de la primera oleada de graduados de la Escuela Nacional de Arte (ENA).

Estos bailarines ya tenían otras inquietudes artísticas y exploraban estéticas danzarias diferentes. Esta voluntad de experimentación provocó posteriormente los primeros desgajamientos de la compañía en grupos independientes. Coreógrafos como Marianela Boán, Rosario Cárdenas y Narciso Medina forman parte de esta generación rebelde. Sus obras con la compañía son magníficas, increíbles.  La inmensa mayoría de ellas se presentó en el teatro Mella, cuando este era aún el coliseo de la danza moderna en Cuba y constituyen un escalón insoslayable en sus búsquedas de un estilo propio.

Al llegar los años noventa, ahora bajo la dirección del bailarín  Miguel Iglesias, su mayor fuente creativa provino de Lídice Núñez, aunque figuras como Jorge Abril e Isidro Rolando desarrollaron también una obra significativa. Esta coreógrafa dominó el panorama danzario de la compañía durante casi una década, hasta el advenimiento de nuevas generaciones de graduados de la ENA, quienes llevaron el improntu creativo a otras esferas ya en las postrimerías del siglo XX y durante los primeros años del XXI, amén de colaboraciones creativas de artistas foráneos como Jan Linkens, Samir Akika, Joaquín Sabaté y el propio Mats Ek secundado por su esposa, la bailarina española Anna Laguna.

En la actualidad George Céspedes, Osnel Delgado y Julio César Iglesias (hijo del director de la compañía) son los encargados de continuar el legado de Ramiro a partir de un discurso contemporáneo, utilizando los recursos que facilita la era global e informatizada de hoy en beneficio de la puesta en escena.

Incontables son los lauros que ha obtenido la compañía a lo largo de sus casi cincuenta y  dos años de existencia. Lauros colectivos y lauros individuales, tanto para los coreógrafos que han trabajado en ella durante todos ese tiempo, como para muchos de los bailarines que han participado en sus obras. Sin embargo, en sus líneas hay alguien que no ha sido lo suficientemente reconocido. Se trata del primer bailarían y maître de danza moderna, Luis Roblejo Rivas.

El mundo de la danza es a veces muy incomprendido (e incomprensible a su vez) y quizás esto mismo es lo que ha sucedido con esta figura de la danza moderna y contemporánea cubana.

Desde su graduación de la Escuela Nacional de Arte en 1977  ha participado en la inmensa mayoría del repertorio danzario de la compañía y a pesar de ello su importancia y desempeño han sido poco valorados, cuando no completamente  pasados  por alto.

Dotado de una técnica impecable y a pesar de su corta estatura brillaba sobre el escenario por la pasión que irradiaba su cuerpo en movimiento. Por estas cualidades alcanzó por mérito propio y casi recién graduado de la ENA la más alta categoría a la que puede aspirar un bailarín: primer bailarín de la compañía. Desde ese momento su carrera se disparó y fue altamente solicitado por los más importantes coreógrafos de  aquellos años.

En su repertorio constan las más significativas creaciones de Cuéllar, Marianela,  Rosario y Narciso y asimismo las de Lídice Núñez, ya en los noventa.

Dominaba el escenario por entero y no podías dejar de mirarlo ni por un segundo.  Sí cierro los ojos puedo verlo en mi mente bailando como nadie sobre las tablas del teatro Mella, como hice tantas veces siendo apenas una niña.

Obras como Con Silvio, Con Pablo, Guernica y Nuestra era, de Marianela Boán; Panorama Opus 2, Canto para matar una culebra y El poeta, de Víctor Cuéllar; Metamorfosis, de Narciso Medina; Fausto, Trastornados y Cuida de no caer, de Lídice Núñez y Folía del coreógrafo holandés Jan Linkens forman parte de su extenso quehacer danzario.  De estas, mis preferidas son, sin lugar a dudas, Metamorfosis y Trastornados. Ambas requieren de una excelente técnica y un gran despliegue dramático por parte de los intérpretes. Pulsan zonas oscuras del ser humano y al hacerlo provocan una fuerte conmoción en el espectador.

Metamorfosis propone el cambio,  la evolución (o involución) del hombre. En sus doce minutos conmociona por la fuerza de su mensaje. Con solo tres bailarines Narciso logra un discurso de gran energía y dramatismo.

Trastornados está en la misma cuerda y al propio tiempo es completamente diferente.  Lídice logra crear una atmósfera dramática de tal fuerza que  establece una corriente sinérgica entre los intérpretes y el público, quien permanece en suspenso durante toda la obra sin poder siquiera respirar.  Apenas cuando termina uno siente que ha acabado de adentrarse en un mundo otro, diferente y extraño, dominado por la angustia y el dolor de seres perturbados que avanzan hacia la luz.

En ambas coreografías destacó por su increíble maestría este notable artista de las tablas cubanas. Su fuerza interpretativa le otorgó gran realce al despliegue dramático de estas y de cualquier otra obra  en la que participara.

Los que por aquellos años pudieron verlo recuerdan su magnetismo personal en el escenario, devorando con la fuerza de su ejecución al resto del elenco. Muchos se enamoraron de  su imagen bajo las luces del escenario e iban al teatro solo por verlo bailar.

Los ochenta y los noventa pasaron y su brillo comenzó a ser eclipsado por nuevas figuras, algunas recién egresadas de la ENA. No obstante, como los grandes de la danza hicieron en su momento, bailó hasta después de haber rebasado los cuarenta y a pesar de su edad todavía podía rivalizar en fuerza, elegancia y destreza técnica con los más jóvenes bailarines de la compañía sobre el escenario. Recuerdo en específico el año 1999 y el ballet “Blancanieves” de Jorge Abril, coreografía donde eclipsó por completo a sus tiernos compañeros de elenco y también Sueño de una noche de verano del 2002, adaptación danzaria de la obra homónima de William Shakespeare por Anastasia Lira, directora de la compañía griega  de danza Excedia Dircon, obra que fue además la última en la que figuró como figura principal.

Sin embargo su impronta rápidamente encontró un nuevo cauce. Se encontró a sí mismo como maestro de danza moderna, poniendo en el salón de clases las mejores lecciones aprendidas en sus ya muy lejanos días como estudiante, tomando lo mejor de sus maestros y al propio tiempo, combinándolo con elementos de su cosecha personal.

Su extraordinaria experiencia como intérprete unida a su enorme pasión por la danza, hicieron de él un excelente profesor. Al mantener intactas sus habilidades danzarias, no solo podía dictar una clase  a través del método de “marcarla” para sus estudiantes, sino que la desarrollaba a la par de ellos, dejándolos completamente exhaustos la mayoría de las veces, pero deseosos de más.

Sus clases son punto de referencia forzosa para todo aquel que se adentre en el mundo de la compañía, además de ser una de las preferidas por todos los participantes al evento anual Cubadanza, auspiciado por el propio conjunto junto a otras instituciones nacionales.

Pero su talento no se circunscribe solamente a los predios de Danza Contemporánea de Cuba.  Durante los últimos años ha colaborado con varios artistas de la escena como la bailarina y coreógrafa Jolena Alonso, directora de la compañía “Joldance” y el coreógrafo René de Cárdenas, asistiendo a este último en el montaje y producción de la reconocida Sonlar, coreografía de incuestionables méritos artísticos.

Cualquiera que camine hoy por las inmediaciones del Teatro Nacional de Cuba entre las nueve y las once de la mañana puede ver, a través de las ventanas de cristal del segundo piso del inmueble, el desarrollo de una clase de danza moderna. Seguro distinguirá asimismo la figura de un hombre trigueño de espejuelos y cola de caballo (elemento que lo distingue y caracteriza) parada al frente de esta. Si está dotado de sensibilidad artística, percibirá en él una fuerza latente y una pasión apenas contenida y al propio tiempo notará la admiración reflejada en cada uno de los rostros de los bailarines que toma la clase.  Si se queda un rato más comenzará a sentir la poderosa energía que emana de la historia contada sin palabras desde el tabloncillo bajo la guía de este artista, quien ha demostrado con su vida y con su obra que ya no es ni será nunca más una figura entre las sombras.

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Acerca del autor

Jennie Roblejo P.

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