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domingo 29 de noviembre del 2020
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El Viejo y el Frac

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El Viejo y el Frac

Tal vez a los historiadores mexicanos más ortodoxos, y al pueblo en general, nunca se les ha ocurrido, ni por un minuto siquiera, no han jamás contemplado la idea, de que Porfirio Díaz alguna vez fue joven. No señor, nació de 85 años, tal y como murió…, y siempre, absolutamente siempre se vio viejo, de cabello y bigote blanco y vistiendo un uniforme militar cargado de medallas, a grado tal que ni el propio Porfirio podía ya mantenerse en pie.

Del mismo modo, Benito Juárez estuvo toda su vida de mal humor, siempre fue serió, jamás se le movió un cabello, ni en plena guerra de reforma, al puro estilo James Bond…, y de hecho también al estilo del famoso agente secreto, toda su vida vistió frac o smoking, siempre negro, nunca arrugado. Así se iba a la cama y así despertaba, como si fuera a la ópera. Más importante aún, desde que era un pastorcito humilde y hasta el último de sus días, iba todo el tiempo por todos lados, diciendo a todos los que se cruzaban en su camino: “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Así puesto por escrito parece burla y resulta absurdo, y sin embargo son los estereotipos históricos que nos han vendido siempre, así aparecen en los textos, en los murales y en las estampitas de las papelerías. Todo para mantener el mito respectivo de cada uno.

De Juárez se nos dice que es el humilde pastorcito que llegó a presidente, lo cual es cierto; la historia de Juárez, le caiga bien o mal a quien sea, como historia de superación personal es insuperable, venció todos los obstáculos posibles, y era, efectivamente indígena, zapoteco para ser más exactos.

Así pues, es correcto mostrarlo así, con su rostro zapoteco. Pero seguramente reía, sus cartas de amor a su mujer demuestran que era un ser humano pletórico de sentimientos; y si bien es cierto que mostraba su austeridad en el vestir, pantalón negro, camisa blanca y una levita; también vestía de gala y de colores.

Pero la imagen muralista de Juárez presenta a un héroe de tipo griego, incorrupto, inamovible, siempre perfecto…, lo cual es imposible, ya que fue un ser humano y no un semidiós…, pero esa es nuestra versión de la historia, los buenos eternamente buenos. Siempre adusto ya que sólo piensa en la patria, siempre con la misma ropa porque era austero, siempre con el coraje del que se defiende contra el enemigo. Pero Juárez también se equivocó, también pasó miserias y también tuvo momentos de arrogancia excesiva

Pero más importante aún, Juárez era un hombre leído e ilustrado, que era perfectamente capaz de tener más de una frase. Eso de que “tanto entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, lo dijo específicamente sólo una vez, después de la derrota de los franceses y el fusilamiento de Maximiliano…, y como hombre culto que era, estaba parafraseando a Kant, en su libro La Paz Perpetua.

De todo el pensar y actuar juarista, los historiadores mexicanos se quedan con su ser pastorcito humilde y su frase eterna, lo hicieron ídolo de mármol, y se le evoca todo el tiempo…, cuando otra de sus frases era: “futuro y no pasado es lo que México necesita”, que sería como decir: “dejen de evocarme y solucionen sus problemas.

Por otro lado, Díaz también fue el presidente indígena de México, ya que también era zapoteca de Oaxaca…, pero en nuestra versión de la historia tipo “nosotros los pobres”, donde todos los ricos son malos y todos los pobres buenos, sumado a nuestra triste realidad donde casi todos los indígenas son pobres, tenemos como resultado que los indígenas son buenos, ya que además, son los conquistados a los que llevamos 500 años sin hacerles justicia.

Entonces, si todos los indígenas son buenos, y Porfirio Díaz es un villano, tiránico dictador, malvado de nuestra historia maniquea, donde los malos son perversos y no hacen nada bueno nunca…, pues resulta que Díaz no puede ser indígena; así pues, siempre aparece de 85 años, con los rasgos atenuados y todo cabello blanco. Así, de 85 años y cabello blanco se fue a la ciudad de México en 1847 para tratar de sumarse a alguna fuerza contra la invasión norteamericano, así de vetusto luchó contra el imperio de Maximiliano, así de octogenario derrotó a los franceses el 2 de abril de 1867.

Si promoviéramos las imágenes de Porfirio de Díaz en sus 37 años, a caballo, sin tanta condecoración, joven, fuerte y vencedor de los franceses, quedarían evidentes dos cosas: que es un héroe que derrotó al invasor…, y que sus rasgos son innegablemente indígenas. Dos cosas que no podemos decir de alguien que ha pasado como malo de la historia.

Pero Díaz fue indígena y llegó a presidente; igual que Juárez, sin democracia de por medio, aunque nunca se diga eso sobre Juárez. Fue voluntario a sus 17 años contra la invasión norteamericana, fue del partido liberal igual que Juárez, luchó la guerra de Reforma a su lado, escoltó a don Benito hasta la frontera para ponerlo a salvo en la intervención francesa y luchó en más de 30 batallas victoriosas contra los ejércitos del Imperio de Maximiliano, para finalmente entregar la capital de la restaurada república al presidente Juárez.

En conclusión, ni Juárez estuvo siempre malencarado, vestido de frac y repitiendo la frase kantiana, ni Díaz fue siempre el dictador octogenario con el que se pretende representar a un régimen decadente. Ambos fueron seres humanos con luces y sombras haciendo lo que el contexto de aquel tiempo requería.

Pero el problema va más allá de discutir cómo se representa a dos personajes, la cuestión de fondo es lo que importa, y es el hecho de que así es la historia de México, como los arquetipos de Juárez y Díaz: es inamovible como el primero y vetusta y arcaica como el segundo.

Inamovible como el arquetipo de Juárez: nunca se mueve, no se analiza ni se cuestiona, no hay crítica, está tallada en piedra la versión oficial y no hay lugar a revisiones, a interpretaciones diversas…, es el mito de que la historia es subjetiva y está formada por hechos, que en el caso de México muchas veces no se conocen pero se establecen por decreto.

Arcaica, vieja y gastada como el de Díaz: ya se hizo la versión oficial hace décadas, es un dogma al estilo bíblico, revelado e incuestionable. Se repiten los mismos mitos, se alimenta al pueblo de las mismas mentiras, se repiten las mismas versiones aunque no tengan sentido.

Juárez y Díaz, o las caricaturas que la historia oficial hace de ellos, representan la gran problemática de nuestra historia; mejor dicho, de la forma en que se enseña nuestra historia; como telenovela barata, buenos y malos, blanco y negro, patriotas y antipatriotas, aliados y vendepatrias. No hay matices y por tanto no hay posibilidad de análisis, es una historia de héroes y traidores de la que nada podemos aprender para el futuro mientras se siga enseñando así. Benito Juárez y Porfirio Díaz son tan solo un ejemplo.

Juan Miguel Zunzunegui es ante todo, escritor, pensador y un eterno inconforme en busca de respuestas. Ha publicado más de 200 artículos en diversos medios. En  el 2004 publico su primer Libro "El Imperio del Terror". En 2010 publicó la novela histórica, El Misterio del Aguila, primera parte de una Trilogía de la Independencia.  Actualmente imparte el seminario en línea “Las Grandes Mentiras de la Independencia y la Revolución”. Visite su página: http://www.lacavernadezunzu.com/

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http://www.lacavernadezunzu.com/grandes-mentiras-independencia-revolucion.html

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