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viernes 18 de septiembre del 2020
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Islandia: Cromatismos al borde del ártico

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Islandia: Cromatismos al borde del ártico

Para su visita, la red de carreteras islandesa nos proporciona una ruta fácil que circunvala todo el perímetro de la isla y que es muy apropiada para un primer contacto con el medio. Pero lo más interesante se encuentra hacia el interior, o por lo menos lo más agreste y virgen. Allí se pierde el asfalto y sólo hay pistas poco o nada transitables con vehículos que no sean todo terreno, haciéndose necesario cruzar ríos en los que el agua puede llegar con facilidad a cubrir una cuarta parte de su altura. Esto nos dará acceso a las Tierras altas, desiertos del interior o a regiones como Sprengisandur con sus arenas negras.

Landmannalugar, situado en el interior sur, por ejemplo, es un paraíso de colores y senderos, planicies de lava con formas agónicas y pasillos caóticos, enervadas aristas de piedra o suaves colinas de riolita, andesinas y obsidianas, ríos de aguas termales, pozos de barro burbujeante o nieblas sulfurosas que emanan de sus fumarolas. Si a esto le sumamos ese color obsesivo del mugo por destacar sobre una superficie ya irreal en si misma, los cielos amenazantes con sus perfiladas nubes y ese ambiente prehistórico de las primeras eras de la tierra, decir que has estado en Islandia es como decir que has viajado a la luna. La región de Landmannalugar, en particular, es accesible a través de la red pública de transportes; muy enfocada y preparada, por cierto, a los espacios naturales, pero que no cubre las zonas más aisladas, en las que casi no hay infraestructura alguna, ni tampoco islandeses.

Otro espacio singular y poco conocido es Hólaskjól, también al sur. Enclavado en un entorno de coladas de lava y ríos encajonados por estrechos pasos rocosos, no deja de ser un lugar solitario y esquivo, por el que muchos pasan y pocos se detienen. El trekking que lleva hasta la laguna de Alftavôtn sigue el curso de las oscuras aguas, descubriendo parajes insólitos, cubiertos completamente por líquenes y bañados por sucesivas cataratas de hilarante belleza. En la misma región, y a pocos kilómetros, la falla del Eldgjá nos muestra un cañón, que en cuanto a su forma me recuerda en parte al de Ordesa, en Aragón, pero con la peculiaridad de los materiales volcánicos que lo recubren y el manto verde que pinta las faldas de sus estilizadas paredes. La cascada de Ófærufoss, por la que entra el río Nyðri en la fisura, no deja de ser un reducto idóneo para la contemplación y el deleite de las aguas esmeralda que rompen las coladas y el móberg, creando dos niveles en su caída, antes de abrirse paso a través de la cuenca fluvial que aparece en su base. Y todo esto sólo supone una ínfima parte de lo que se originó por las erupciones del Eldgjá, mil años atrás; un cataclismo geológico que influencio en la orografía de gran parte de la isla y repercutió sobre la atmósfera y la climatología del hemisferio norte y en particular, de Europa.

A pesar de todo, y en contraposición al propio significado del nombre de la isla, la tierra del hielo, Islandia sólo retiene bajo su manto gélido el 12% del territorio. Circunstancia que no le impide presumir de poseer el glaciar más grande de Europa, el Vatnajökull, accesible a través de Skaftafell, y en cuyo Parque Nacional, sus circos, lenguas y morrenas se expanden, creando lugares espectaculares, como el lago Jökulsarlôn, con infinidad de icebergs a la deriva. Decir que el espesor medio del hielo ronda los 400m, llegando incluso en algunos lugares a 1 km, nos da una idea de las magnitudes de este espacio helado, que cubre más de 8100 km2 de superficie. Pero como siempre y a parte de las cifras, integrarse en el entorno es su mayor atractivo. El trekking, que partiendo de la zona de acampada de Skaftafell asciende al pico de Kristínartindar, nos ofrece una bella vista de una de las lenguas mayores, que bordea en toda su extensión, hasta ganar altura para acceder a la belleza de su circo. La catarata de Svartifoss, entre columnas de basalto, nos sorprenderá en su recorrido, y si hay suerte y hace sol, podremos ver el arco iris que decora su base.

En resumen, describir la sensación de libertad y descubrimiento que ofrece Islandia, el país más joven del mundo, así como sus paisajes remotos y vivos, no es trabajo de unas solas líneas, si no de muchos libros y buenas palabras. Viajar a sus tierras, aquí o allá, nos abrirá un mundo de posibilidades que nos hará pensar abiertamente, que por mucha experiencia que tenga uno, aún hay lugares que nos recuerdan, que no lo hemos visto todo.

®2006 Miguel F. Martín

Escritor y fotógrafo.

www.mundo-mfm-web.com

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