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lunes 26 de octubre del 2020
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La Responsabilidad Ambiental Empresaria

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La Responsabilidad Ambiental Empresaria

Es ya conocida la idea de RSE o Responsabilidad Social Empresaria. La misma se refiere al compromiso y acciones de una compañía para con la sociedad en la que está inmersa a partir de diversas iniciativas que buscan, entre otros, apoyar el desarrollo social.

 En los nuevos tiempos que fluyen, el tema ambiental parece ganar cada vez mas terreno, no sólo en la opinión pública general sino como componente indispensable,  de las políticas públicas de un país.

 Al mismo tiempo, el sector privado busca innovar en prácticas que contemplen no sólo la dimensión social de un espacio determinado sino la sustentabilidad ambiental en deferentes ámbitos, incluido el propio. Todo esto da lugar a la parición del a Responsabilidad Ambiental Empresaria (o RSA), ya sea como complemento de la RSE o como política o estrategia  autónoma.

 Ante esta realidad emergen diversas opciones para que las compañías realicen sus acciones de responsabilidad ambiental. Entre ellas podemos mencionar:

Acciones tendientes a mejorar la sustentabilidad en los procesos productivos (o de servicios) de la empresa (materiales, generación y eficiencia de la energía). Acciones orientadas a la sustentabilidad de los productos o servicios (es decir el seguimiento o ciclo de vida del producto, huella ecológica, de carbono o de agua). Acciones que además vinculan la utilización de los productos con otros procesos domésticos relacionados a otras  dimensiones ambientales (por ejemplo la necesidad de energía adicional  que conlleva el uso doméstico de algunos productos). Acciones directas sobre grupos sociales de interés para la empresa, tales como el desarrollo de infraestructura sustentable en comunidades con las que las empresas llevan adelante estrategias de RSE. Promoción de prácticas ambientalmente saludables en la sociedad en general.

 Dependiendo del tipo de acción a  desarrollar serán diferentes las inversiones que las compañías deberán realizar. Algunas de ellas (campañas de concientización o buenas prácticas) pueden requerir menores inversiones que un proceso de reconversión industrial o un nuevo desarrollo de un servicio; sin embargo, no siempre es claro el resultado final de una acción, ya que en muchos casos, la imagen de una compañía puede verse influenciada por acciones en un plazo y ante condiciones diferentes  a las esperadas.

En muchos casos, inclusive, conlleva a un ahorro de costos, por ejemplo a partir de prácticas de eficiencia energética, eficiencia logística o reutilización de insumos. El panorama es amplio.

Lo  cierto es que, también en este ámbito, es preciso innovar. Ya no con una motivación de competencia, sino como una posibilidad de que cada empresa encuentre el tipo de acciones que coinciden tanto como sus capacidades como su sus principios o mensajes que pretenden dar.

En este sentido, “lo ambiental” ofrece un sinnúmero de posibilidades (arriba nombradas sólo algunas). Para ello puede resultar interesante observar con atención que sucede en los foros ambientales internacionales, los cuales marcan el rumbo de muchas políticas públicas y sinergias intersectoriales.

 Por ejemplo, si en la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático se están negociando paquetes de financiamiento para que los países en desarrollo  pongan en práctica políticas de mitigación (reducción de emisiones) a partir del desarrollo de energías renovables, es deseable que una compañía se sume a la promoción de dichas energías sabiendo que el tema recibirá un apoyo del sector público en el mediano plazo,  logrando así complementar impulsos políticos sobre determinados temas.

 Huellas

Otro caso importante es la aparición de huellas ecológicas.  Surgidas como parámetro de medición de impactos sobre los ecosistemas, configuran un concepto cada vez más aplicado a la hora de cuantificar la incidencia de la actividad humana (en sus diferentes manifestaciones) sobre el ambiente.

 Por ejemplo, la huella de agua[1] determina la cantidad de agua que requiere un determinado procesos productivo o de consumo. Por su parte,  la huella de carbono (carbon footprint) indica las emisiones equivalentes de carbono que se producen en la elaboración de productos, servicios y/u otros procesos  relacionados (tales como el transporte interno o externo de mercaderías).

La aparición de los conceptos de huella, especialmente el de huella de carbono, generados por las grandes cadenas de supermercados de algunos países europeos, movilizó un gran debate, al tiempo en que proliferaban diferentes estándares en diferentes países. Todo esto llevó a que se avance en la definición de parámetros globales: las normas ISO.

Se espera que en 2012 estén ya preparadas las normas ISO 14067 (norma sobre el cálculo de la huella de carbono en producto, y su comunicación incluyendo el etiquetado) las cuales condensan los avaneces del sector privado sobre el tema  y las visiones de los diferentes países sobre la huella de carbono.

Esto sumado al desarrollo de la ISO 26000 (sobre responsabilidad social) ofrece un marco global de entendimiento sobre estrategias de responsabilidad y permite que las compañías que operan en diferentes países puedan contar con un parámetro uniforme de diseño de prácticas sociales y ambientales.

En la medida que el tema entra con más fuerza en la agenda publica y social, es un buen momento para sumarse a los esfuerzos de un país o sector en tal dirección.

En este contexto, son numerosas las oportunidades para innovar en prácticas ambientales sustentables y quienes así lo hagan podrán contar con una ventaja cuyos resultados pueden ser mayores  a los esperados.

 Por todo esto, es un buen momento para pensar “por fuera de la caja”, y si no es posible hacerlo, simplemente  “agrandar” la caja, o bien, reciclarla…

 

Álvaro Gabriel Zopatti

alvarozopatti@gmail.com

[1] El concepto fue desarrollado por Hoekstra y Chapagain (2002) (www.waterfootprint.org)

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