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martes 23 de julio del 2019
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Las groserías como parte de la cultura mexicana

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Las groserías como parte de la cultura mexicana

Las personas dejan correr libres las palabras cuando sus sentimientos los inundan y no encuentran más expresión que decir, verbi gratia “hijo de la chingada”. Otros utilizan este lenguaje atávicamente como un típico sujeto autómata mexicano, el cual las pronuncia con una variedad que va desde la amistad, enemistad, autoritarismo, agresividad o cariño. Sin importar su uso es una prenda lingüística que siempre viste el hablar del mexicano.                                                                                                               

      Como trata Octavio Paz en el Laberinto de la soledad 1,“en nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen.” Esto nos hace reflexionar sobre el porqué los mexicanos utilizan groserías como una potencialización de los adjetivos calificativos.                                                                  

     Este ensayo servirá para mostrar cómo en México las groserías son parte de nuestra identidad, cómo nacieron al mismo tiempo que nuestra patria y por qué son tan necesarias en la cultura. El maestro Octavio en El laberinto de la soledad dice que “el mexicano es una persona hermética, un ser insondable e indescifrable con un recelo hacia los que abusan del poder esto desde la conquista de México” esto ocasiona ese sentir nacional de ira revolucionaria y furia independiente que se muestra en la necesidad de gritar con palabras desgarrantes nuestra realidad. Desde la traición de la Malinche hasta los ultrajantes navíos y violadores cuerpos que tocaron la tierra de nuestro continente, se muestran las heridas históricas que nuestras civilizaciones indígenas sufrieron, sin importar su trabajar en la tierra, el amor a su naturaleza y lo respetuosos que fueran con sus Dioses.

1 Paz, Octavio (1975). El laberinto de la soledad. Editorial: Fondo de Cultura Económica, México, (2000). Capítulo: “Los hijos de la Malinche”. Página: 81.

     Sabemos que en el conquistar de una nación o un pueblo siempre existe una represión para los conquistados, provocando el ahogo de su alma entre arenas de silencio y mares de pensamientos rebeldes. En tiempos de la conquista los vencidos tienen una visión muy particular sobre lo que aconteció, existe la incertidumbre de conocer a los nuevos, de saber el porqué vinieron, como llegaron y el que harán. También hay esa creencia constante de que los conquistadores son dioses y que son la reencarnación de Quetzalcóatl, lo que afectó a los indígenas incluyendo a su gobernante Motecuhzma, este dato se basa en los escritos donde se marca el resurgir del Dios, de la serpiente emplumada que regresará a reinar, como se dice en el libro Visión de los vencidos 2,        < “Los dioses”, o unos extraños forasteros, venidos de más allá del mar inmenso, amenazan con acercarse a la gran capital Mexica. El texto indígena nos pinta algo así como un relato psicológico de la figura de Motecuhzoma agobiado por las dudas y las vacilaciones. Al fin Veremos el gran tlahtoani (o rey) resignados, dominando su corazón para ver y admirar lo que habrá de suceder.> En párrafo anterior se aprecia cómo el pueblo y el rey mexica tienen que adoptar un papel de sumisión puesto que no saben a lo que se enfrentan y qué podrá pasar, esto acompañado de la traición de la Malinche y del descubrir por parte del pueblo mexica que no eran Dioses sino humanos de los cuales se podían defender, luchar contra ellos por sus tierras y asesinarlos, marcará la historia de nuestro México y su lengua española.                                                       

     Las represiones que sufrieron nuestros pueblos antiguos harán que florezca de las palabras mexicanas espadas cortantes que serán utilizadas para la defensa, el asesinato y la liberación del yugo opresor de los conquistadores. Entendiendo que se tiene una variada gama de agresiones verbales en nuestro lenguaje y no solo chingar y sus adaptaciones y específico que existe la posibilidad de que esa palabra no se usara en tiempos de Motecuhzoma, utilizando como referencia el ensayo de Serna, Enrique. La edad de la chingada. Febrero de 2002. Giros negros, donde menciona que el historiador William B. Taylor, autor del estudio Embriaguez, homicidio y rebelión en las poblaciones coloniales mexicanas, aporta pruebas muy verosímiles de que la expresión “hijo de la chingada” no se utilizaba en México a principios del siglo XIX. Aparte dice que “Taylor examinó la única fuente documental que proporciona datos fidedignos sobre las malas palabras en tiempos del virreinato.”

2  León-Portilla, Miguel (2010). Visión de los vencidos, relaciones indígenas de la conquista. Editorial: Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México. Paginas: 39, 40, 41.

     Entendiendo todas estas faces históricas que vivió nuestro pueblo, desde la fusión de las razas hasta el establecimiento del castellano como lengua oficial, damos por sentado que en México y en su cultura siempre existirán groserías.                                                                  

     Como dice el maestro Paz en El laberinto de la soledad “son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos. En México son breves y desgarradas, agresivas, chispeantes sílabas, parecidas a la momentánea luz que arroja el cuchillo cuando se le descarga contra un cuerpo opaco y duro, se condensan todos nuestros apetitos, nuestras iras, nuestros entusiasmos y los anhelos que pelean en nuestro fondo, inexpresados. Esa palabra es nuestro santo y seña. Por ella y en ella nos reconocemos entre extraños y a ella acudimos cada vez que aflora a nuestros labios la condición de nuestro ser.” Concibiendo así que las malas palabras son una piedra angular en la edificación de la expresión del mexicano.                    

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