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viernes 28 de febrero del 2020
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Modisto tramposo

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Manuel se comprometió a diseñar el vestido de novia más espectacular del mundo, él estaba seguro de que podía hacerlo, lo respaldan catorce años de experiencia enhebrando agujas, cortando derechito, haciendo moldes de papel destrasa. La ceda francesa color perla lo estaba esperando desde hace tres semanas en su taller.

El lunes se levantó muy temprano, antes de que saliera el sol, con el firme propósito de terminar, o más bien de comenzar de una vez por todas con el vestidos de novia. Al entrar se lleva una temible sorpresa, todos sus sobrinos habían decidido jugar a los fantasmas e hicieron con la ceda francesa los disfraces blancos. Manuel alzó el brazo a punto de soltar un grito, pero terminó por caer desmayado de la angustia. Los sobrinos felices creyeron que habían espantado a su tío con sus disfraces de fantasmitas y salieron corriendo al jardín. Cuando Manuel recobró la conciencia decidió salir a comprar una tela similar para engañar a su clienta y sacar adelante el diseño.

Recorrió todas las tiendas del centro, la tela que echaron a perder sus sobrinos era importada, única y carísima. Manuel peinó todas las bodegas habidas y por haber, ninguna tela se parecía en lo más mínimo a esa ceda francesa. Estaba entre la espada y la pared, su mente estaba enredada, deshilachada. Estaba a punto de desmayarse por segunda vez cuando de repente vio en un aparador de una tienda de prestigio un hermoso vestido de novia y ramos de novia con la mismísima tela que usaron los fantasmas, el mismo tono, la misma textura. Entró a la tienda y preguntó por la talla de su clienta. el vestido era perfecto, pero no tan perfecto como si lo hubiera diseñado Manuel, --le falta mi estilo— pensó, dio un tarjetazo y se llevó el vestido a su taller para hacerle unas ligeras modificaciones.

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Acerca del autor

Lorena Somocurcio

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