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viernes 21 de febrero del 2020
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Dancefloor love

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La música en las venas, se arrastraban, se apretujaban. Pequeñas gotas de sudor corrían por la espalda de Esteban. A partir de esa noche ambos se volvieron reyes del movimiento, se amaban con pasión en la pista y en el silencio su amor era sadismo. ¿Bailamos? le preguntó directamente a los ojos y Laura sin anillo de bodas de oro y sin chistar se puso de pie, se conocieron al ritmo de un grupo versátil de 12 miembros, le sacaron brillo a la pista de baile con las suelas.

Día y noche recorrían todo tipo de lugares donde pudiesen estar amándose y bailando, recorrían la ciudad de un lado a otro, de día y de noche, resistiéndose al terror de estar juntos y quietos. Su búsqueda incesante por nuevos y diferentes lugares impedía que dejaran de verse, de quererse.

Llegaron a un club alternativo donde los azulejos del suelo brillaba con luces intermitentes y su delirio se desbordó como nunca antes lo habían vivido, los destellos azul y violeta en las piernas de Laura se reflejaba en las pupilas de Esteban dilatándolas. Rozaron sus hombros, estallaban con cualquier movimiento deseando que no dieran las tres de la mañana y encendieran las luces del lugar media hora después de terminar la barra.

Aunque agotaron todo los lugares no pudieron dejar de odiarse en silencio. Recorrieron bares con música en vivo, antros, discotecas, fueron a todos los conciertos de rock, cantinas con rocolas, restaurantes con marimba, brincaron frente a un hombre orquesta en la alameda y hasta se colaron a una fiesta de bodas en Cuernavaca. Pero al llegar el toque de queda les aborrecía el silencio entre los dos. Su amor era imposible, piel encrespada, el mutismo les hacía arder en deseos de matarse, Esteban repentinamente le puso las manos en el cuello y Laura se abalanzó para enterrarle las uñas cuando una larga caravana circense, con música a todo volumen pasó por la calle y la agresión se volvió un romántico paso de baile.

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Acerca del autor

Lorena Somocurcio

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