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miércoles 11 de diciembre del 2019
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Gracia, misericordia y paz

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Cuando Pablito le escribe a Tito, lo hace asumiendo su condición de siervo de Dios y apóstol de Jesucristo y deja, de esta manera, establecida su autoridad; no solo delante de Tito sino delante de todos los hombres. La salvedad y sumisión expresada por Pablito, o por cualquiera de nosotros, en cualquier momento; nos otorga un poder mayor que el que pueda ostentar cualquier mortal sin Dios.

Ser siervo de Dios es un privilegio reservado para unos cuantos y, sin embargo, a disposición de todo aquel que lo quiera recibir; implicando con esto, la disposición de ponerse bajo la voluntad de Dios.

Un siervo de Dios es alguien que permanece atento a los dictados de Dios, que escucha su voz, que lee y escudriña su palabra. Alguien quien consulta, en todo momento, la dirección que deben tomar sus asuntos; alguien quien, virtualmente, no se equivoca y no tiene miedo de hacerlo porque se sabe uno con Dios y con nuestro señor Jesucristo. Alguien, quien puede sufrir la muerte sin menoscabo de su solicitud por seguir sirviendo, dándose a los demás.

La fe, en este caso, juega un papel preponderante que debe ser alimentado constantemente, so pena de debilitarnos espiritualmente y caer por el acecho del maligno, quien constantemente nos requiere, a sabiendas que, por medio de nosotros, la verdad y piedad de Dios se difunden libremente.

Saber, conocer, conceptualizar y hacer nuestra la realidad de la vida eterna nos otorga una esperanza de vida que se trasluce, sin ningún esfuerzo, en nuestra vida, nuestros pasos, nuestras miradas, nuestra risa, nuestra voz y hasta en nuestro aliento. Hasta el común de la gente lo percibe en nosotros sin ningún esfuerzo y aun cuando no pueden explicar la naturaleza de nuestro buen talante, la realidad es que están frente a un hijo de Dios y eso no puede pasar desapercibido, aunque no abramos la boca. Debemos aprovechar esta circunstancia para la difusión del evangelio entre los inconversos. Dios no miente, es veraz por antonomasia y nos ha transmitido esta verdad para que nosotros vivamos con la esperanza de despertarnos a una vida nueva en donde la justicia reine en todas partes. El mundo sufre por las injusticias de quienes no quieren escuchar la voz de Dios que reverbera en todos nosotros, los humanos, desde que entramos a la pubertad.

Dios se comunica con nosotros a través del corazón y lo hace para que nadie tenga justificación para excusarse, a la hora del juicio final, diciendo que no sabía que las cosas eran así o que nadie les dijo acerca de actuar con justicia o no. Son nuestros razonamientos quienes nos justificarán o condenarán, porque ellos nos impelen a actuar bien o mal. La esperanza de la vida eterna es un regalo de Dios para todo aquel que quiera escuchar su palabra; no solamente la que nos transmite a través del corazón sino la que está escrita desde tiempos inmemorables. Esa que nos habla de la historia de la humanidad y de cómo el hombre fue constituido sobre la Tierra; de cómo el pecado entró en el mundo y de cómo podemos sustraernos de su fatal influencia.

Quien oye la voz de Dios, en su corazón, tiene el deseo de escudriñar las profundidades de Dios y recrearse, con admiración y gratitud, de todo aquello que Dios ha hecho a favor del hombre y de cómo la grandeza de su amor se manifestó a los hombres en la persona de Cristo; de cómo los suyos (el pueblo de Israel) no lo recibieron; de cómo lo mataron crucificándolo; de cómo resucitó de entre los muertos; de cómo subió a los cielos; de cómo adoptó a su nuevo pueblo (los cristianos) desechando a los israelitas. Tantas, tantísimas cosas son las de Dios y tan grande es el solaz que podemos darnos con ellas que, una eternidad, pareciera poco para regocijarnos de la excelencia de su magnanimidad, amor y poder; porque Él mismo excede la propia eternidad.

La encomienda de la predicación de su palabra, es un reto que debemos aceptar, porque, en su consecución, encontramos la esperanza de vida eterna también.

Hay que reconocer siempre a quienes se destacan en la práctica de la fe pues, estos, se constituyen, por antonomasia, en columnas de la Iglesia de Cristo y en referencias vivientes de lo que debe ser un cristiano verdadero porque (tristeza me da decirlo) hay quienes fingen serlo, ignorando que acarrean para sí el ardor de la ira de Dios que caerá sobre ellos destruyéndolos en cualquier momento.

Es preferible sufrir el oprobio y la vergüenza, por confesar nuestros pecados, que el besamanos de quienes se complacen a sí mismos de su incolumidad ficticia. Hay que desear, a todo el mundo, lo que Pablito deseo a Tito en su primera epístola: Tito 1:4 “…….a Tito, verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador.

Cuando deseamos buenas cosas para nuestros semejantes, virtualmente las estamos deseando para nosotros mismos; porque si mi prójimo llega a tener todas estas cosas, ello va tener un efecto multiplicador que, a la larga o a la corta, será también para mi beneficio.

¿Se ha puesto Ud. a pensar qué sería de nuestro mundo si todos actuaran con gracia, misericordia y paz? Regresaríamos al paraíso y la muerte desaparecería. Es por esto que nuestro Señor Jesucristo resucitó y todos los que creemos en Él también resucitaremos. ¿Estás entre nosotros?.......

Reflexionemos sobre el significado profundo de la gracia, la misericordia y la paz, y deseémosla a todo el mundo, principalmente a los que están cerca de nosotros.

Una de las mejores formas como podemos constituir en nosotros aquel amor que, de manera espontánea desea gracia, misericordia y paz; la conseguimos cuando nos sustraemos de la corriente de este mundo que marcha en tropel, deseando para sí, con ambición y codicia, los bienes de este mundo. Hay que estar contento si tenemos sustento y abrigo y debemos huir del maligno deseo de hacernos ricos. 1 Timoteo 6:11 nos dice: “…….Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre…….”

Los quiero mucho. Que Dios, todopoderoso, los bendiga rica y abundantemente, en el nombre precioso de nuestro señor Jesucristo, quien vive y reina en nuestros corazones hasta el fin…….

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Acerca del autor

Dante Chalco Vargas

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