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domingo 05 de abril del 2020
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Una tragedia que recorrió el mundo

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Para llegar a algún lado siempre se requiere de un poco de confianza en sí mismo. Si consideras que no tienes la suficiente, he aquí algo que debes saber:

Corría el año 1999 y parecía que el tiempo se había detenido en el mar Caribe. Un hecho insólito ocurría sobre sus tibias aguas. Una tragedia que recorrió el mundo produciendo miles de titulares. Un acontecimiento que acabó dividiendo las opiniones en Estados Unidos. Y poniendo en tensión al gobierno de ese país durante más de siete meses. El protagonista: un niño de cinco años.

Esta pequeñita criatura de mirada inocente se grabó en el corazón de millones de personas. Casi todos vieron las imágenes cuando fue rescatado del salitre y la deshidratación en las costas de la Florida. Fue encontrado después de viajar a la deriva más de 200 Km. mar abierto. Había sido sustraído de su familia en territorio cubano días atrás. El pequeño fue uno de los únicos tres sobrevivientes de una balsa que zozobró. Los otros dos eran adultos.

Todo comenzó cuando la madre emprendió viaje hacia lo que pensó le garantizaría una vida de prosperidad. Con incalculable irresponsabilidad expuso a su propio hijo a una muerte probable. Arriesgó la vida de él y perdió la propia. Ella, sus acompañantes y el niño vieron tiburones ávidos preparando su ataque final. Pero solo el niño y otras dos personas los pudieron ver alejándose ya saciados de su hambruna. Él vivió todo ese horror. La vida más frágil bajo ese sol quemante y aun así persistió.

Las aguas poco a poco retomaron su antiguo color azul marino. Pero a partir de ahí, los minutos no duraron solo segundos, sino días. El único ruido que el niño escuchaba en su soledad era el tímido chapoteo de la balsa contra la oscura profundidad. El niño lloraba abrazado al caucho de un neumático. Los rayos ultravioletas ulceraban su delicada piel. Mientras se moría de sed flotando sobre millones de metros cúbicos de agua.

La intensa claridad apenas le permitía abrir sus irritados ojos. Eran esos mismos ojitos tristes que podían recorrer cansados el ininterrumpido círculo del horizonte. Cuando no hay ningún objeto de referencia se tiene la sensación de estar varado en medio de la nada. Las náuseas vienen y van al compás de las olas. Estaba mucho más cerca de la muerte que de los juguetes abandonados tres días atrás.

A pesar de todo el niño sobrevivió. ¿Suerte? Es un factor pero nunca basta. ¿Dios? Infinidad de niños e inmigrantes han muerto ya y siguen pereciendo en el Estrecho de la Florida. También ocurre en el Paso de los Vientos que separa a Cuba de Haití. Igualmente es de ese modo a través del Río Bravo en la frontera mejicana con Estados Unidos. Y así sucesivamente sobre cualquier frontera que separe a los países pobres de los ricos.

Entonces, ¿sobrevivió porque los adultos lo protegieron? No lo sé, la mayoría de ellos no pudieron protegerse siquiera a ellos mismos. Incluso la propia madre del menor, la más interesada en protegerlo, pereció.

Muchos adultos hubieran perdido el juicio en esas circunstancias. No habrían podido soportar la llamarada solar, la sed, la soledad, el hambre y el miedo… Casi 14 personas murieron trágicamente enfrente de él. Una de ellas fue su propia madre la cual le fue arrebatada a pedazos. Sin embargo, él no enloqueció, él no se rindió ante su infierno. El pequeño héroe lo único que hizo fue resistir y resistir. Cuando parecía que ya había aguantado demasiado, aguantaba todavía más.

No querremos vivir nunca tal experiencia. Pero sí necesitamos recordar a Elían González, el niño que me enseñó una lección extraordinaria. Siempre se puede resistir un poco más si todavía estamos con vida. Siempre se puede esperar tiempos mejores por quemantes que sean las brazas de la vida. Si el pudo vencer, nunca te des por vencido, tú también puedes.

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Acerca del autor

Alejandro Capdevila

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