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miércoles 22 de mayo del 2019
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Médicos de héroes a Villanos

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Hace unos días intervenía quirúrgicamente a una gestante de 8 meses y medio de embarazo que tenía el antecedente de haber sido cesareada 2 veces. Al abrir la cavidad abdominal descubrí con horror que el útero estaba tan delgado como una "tela de cebolla" y virtualmente estalló en nuestras caras. Obtuvimos un vigoroso bebé varón que con sus gritos estremeció a toda la clínica, afuera los gritos de alegría de la familia, que eran evidentes. Al salir del quirófano encontré a papá, abuelos, tíos, etc. pletóricos de felicidad. Los congratulé por tal acontecimiento y todos era abrazos y risas. El médico era un héroe y bien merecido se lo tenía. De vuelta a casa pensaba que si hubiera esperado unas 2 horas, que si hubiera postergado la operación un poquito nada más, la señora y su vigoroso bebé serían cadáveres y el héroe de aquella jornada fuera un villano. Esta y situaciones similares a diario tenemos que vivir los cirujanos. No siempre las historias terminan como ésta que les estoy relatando y justamente ahí es que empiezan los problemas.

La gran mayoría de médicos tenemos claro que hoy en día los juicios por negligencia o mala praxis han aumentado en todo el mundo, tanto es así que Nelson-Jones, en su libro "Medical Negligence case law", les llama una floreciente industria, un rentable negocio, avivado por afectados (reales o no), abogados e intermediarios, quienes sin ningún escrúpulo hacen desfilar a los galenos por la policía, fiscalía y juzgados. Estos hechos que nos pueden parecer injustos, exagerados o tal vez mal intencionados no son novedad en la historia. Esta persecución data desde los mismos albores de la medicina. Siempre hemos sido exigidos a ser infalibles (como Esculapio), generosos (cobrar barato) y solidarios (atender gratis), pero también hemos sido obligados a pagar nuestros errores con compensaciones o castigos. Así tenemos que 3000 años antes de Cristo (AC) los emperadores chinos escribieron el NEICHING, que era un código que normaba la actividad del médico pero que exageradamente castigaba sus desaciertos. Los hindúes obligaban a cobrar barato, a atender gratis, pero castigaban los errores; los incas, aztecas, judíos mataban a pedradas al curandero que provocase abortos. En el Antiguo Testamento aparece la compensación como una forma de resarcir el daño no intencionado hacia una gestante y el castigo cuando el daño era premeditado. Cuando 1800 años a.C., un rey de Babilonia fue más osado cuando escribió un código que lleva su nombre, "Código de Hamurabi" donde normó que "si un médico al hacer una incisión con bisturí o lanceta de bronce en el abdomen de un señor o en la cuenca del ojo provocase daño o la muerte del señor entonces se le cortará la mano". Toda esta severidad a lo largo de la historia ha tenido casos notables como el de la bella comadrona Loyse Bougeois, quien le atendió cinco partos a Madame Mediéis, consorte del Rey de Francia y a muchas mujeres de la realeza, pero no tuvieron ningún escrúpulo en multarla, despojarla de todas sus prerrogativas reales, prohibirle el ejercicio de su oficio por no haber podido evitar que un sepsis puérpera matase a Mary de Orleans.

Igualmente, ilustrador es el caso de Pantaleón, quien ocupaba el envidiado cargo de médico de cabecera del gran Maximiliano y gozaba de todas las gollerías de tan alto cargo, pero que no pudo evitar que lo decapitaran cuando al fallarle el tratamiento el emperador murió. Fortunato Fedoli, en 1602, escribió un tratado sobre jurisprudencia médica siendo el primer libro sobre esta materia. 400 años después, alrededor de esta materia ha surgido esa floreciente industria, ese rentable negocio que implica seguros y contraseguros y que ha terminado encareciendo el ejercicio de la medicina, realidad palpable en los países desarrollados y ha terminado por cuestionar la romántica definición de la medicina de Gregori en 1772, cuando dijo que "era una profesión liberal que es ejercida por Caballeros de Honor..." pues estos Caballeros de Honor ahora deambulan por la PIP de San Andrés, por el ministerio público y por los juzgados como si fueran delincuentes y pagando de su bolsillo los altos costos de su defensa legal, perseguidos históricamente por los fantasmas de Pantaleón y el Rey Hamurabi que busca cortarnos la cabeza y la mano, perseguidos por el fantasma del juez Michael Foster, aquel que desde su juzgado londinense condenaba cruelmente a los médicos por negligentes (aún cuando la Corte de Lores le enmendaba sus sentencias injustas. Aún en medio de esa adversidad histórica y actual sentimos el legítimo orgullo de ser paladines de principios fundamentales de la sociedad como el d£ defensa de la vida desde su concepción hasta su muerte, animado por el precepto platónico Primun Non Nocere e iluminados por el ejemplo de Daniel Alcides Carrión que ofrende su vida para vencer a la Fiebre de la Oroyft y por el ejemplo de miles de médicos que día a día, noche a noche en el más ingrato anonimato luchan por salvar vidas en los quirófanos en las UCI, en los Box dé Neonatología, en emergencias, en las salas de partos, sin buscar, muchas veces, nada más que la sincera amistad y agradecimiento? de los salvados, como solía decir Ambrosio Pare, padre de la cirugía francesa, y los errores que acontecen son esos errores, accidentes en la diaria lucha contra las infecciones, lo^ tumores, el cáncer, los traumatismos, las disfunciones, las hemorragias, que son los poderosos enemigos que ponen en riesgo nuestras vidas. Pero la balanza es inmensamente favorable a la medicina y a los médicos. Por ello conservamos nuestro orgullo y altivez, porque somos formados no para matar ni para hacer daño sino para defender la vida y devolver la sonrisa perdida a nuestros pacientes y familiares.

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Acerca del autor

Miguel Palacios Celi

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