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domingo 26 de mayo del 2019
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La puerta de los niños buenos

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Eugene Ionesco: El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá.

Caminaba distraído por una calle atiborrada de mercaderías, algo de basura y mucha, mucha gente, cuando de pronto sentí una palmada suave en la espalda, dada por alguien que deseaba llamarme la atención. Pensé que se trataba de un roce normal de los que con frecuencia se dan cuando caminamos en medio de la multitud y volví a sumergirme en mis reflexiones cuando de pronto volví a sentir la misma palmada. Seguro, ahora sí, de que no se trataba de un roce accidental miré hacia atrás y estaba, con una sonrisa enorme aquel hombre cuya imagen me transportó de inmediato al pasado, a un pasado borroso y extraviado en algún recoveco de los tiempos idos.

¿Te acuerdas de mí? Fueron sus palabras. En su rostro moreno y atravesado por las marcas del tiempo había una sonrisa amplia y generosa como la de la gente buena y desprevenida. Algo me decía que era una persona cercana a los tiempos gratos de la infancia y comencé a registrar la sección de mi memoria en la que se guardan los sucesos de aquellos tiempos en que vestía de pantalones cortos y en los que el mundo tenía la extensión de un campo de fútbol y, según lo que nos enseñaban en la escuela, era redondo, pero mucho más redondo que la bola de trapo que hacíamos con las medias viejas para pasar toda la tarde haciendo goles de alegría.

A decir verdad no dispongo de una memoria privilegiada y con frecuencia olvido detalles que nadie debería omitir y eso me ha causado en algunas ocasiones dificultades que después me cuesta superar. Mientras seguía registrando en los anaqueles de los recuerdos vi en su rostro algo que me trasportó a otras épocas, algo que revolvió las ondas del tiempo, me devolvió en los días ya transcurridos. Debió ser una de sus arrugas, una de las hebras blancas que adornaba su cabeza o los dientes blancos de su sonrisa perfecta.

Venido de alguna parte pronuncié un nombre con la seguridad de quien por ningún motivo podría equivocarse: ¡Pedro!, ¡Usted es Pedro, el viejo amigo, el compañero de trabajo de mi padre!

Él asintió con la cabeza. Yo comenzó a preguntarme por cosas que ya hacen parte de la prehistoria de mi existencia. Y por personas por las que ya nadie me pregunta desde hace mucho tiempo.

Ese encuentro casual fue una coincidencia feliz en la que hice un viaje rápido a la etapa en que la inocencia se mezclaba con las ilusiones de un futuro en que sería un hombre hecho y derecho como mi papá y sus mejores amigos, entre quienes se encontraba este buen hombre, hoy delante de mí y a quien no había visto en 38 años.

Gracias a su bondadosa sonrisa me regresé a la etapa en que Vera, mi amiga, me tenía convencido de que el arco iris era la puerta que Dios abría para que los niños buenos entraran al cielo en las tardes de lluvia y lo pintaba de siete colores para que siete pájaros cantaran hasta la noche para que las vacas no se perdieran cuando regresaran de comer toronjil, allá lejos, bien lejos en donde los colores del cielo se fundían con el fino polvo de la tierra.

Por supuesto que no dejé ir a Pedro sin pedirle su dirección y datos de cómo encontrarlo. Creo que entre él y yo hay un diálogo pendiente, mucho más ahora que mi padre, su buen amigo, se encuentra refugiado en la eternidad. Y sé que un día de estos voy a buscar a Pedro, así tenga que ir allá lejos cerca del lugar en donde termina el arco iris y en el cual debe haber muchas vacas comiendo toronjil.

Alejandro Rutto Martínez es un prestigioso periodista y académico colombiano cuyos artículos se publican en páginas de internet, periódicos y revistas de varios países del mundo. Recientemente fue galardonado con el premio de periodismo de EL CERREJÓN en la modaidad de internet. Frecuentemente es invitado a seminarios y conferencias en diversas ciudades. Póngase en contacto con él a través del correo alejandrorutto@gmail.com y visite su página www.maicaoaldia.blogspot.com

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