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viernes 03 de diciembre del 2021
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Frenada en seco

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Es recomendable y bueno, para nosotros que nos gusta escribir; escribir los acontecimientos que ocurren en nuestras vidas, después de un tiempo de ocurridos los mismos; porque de ésta manera, nos libramos, de que al escribirlos en el mismo momento de ocurridos, podamos perder la objetividad del asunto y, escribir con rencor, pena, alegría, etc.

Los seres humanos que por genética estamos inmiscuidos de una manera activa, con actividades artísticas (llámense: pintura, teatro, literatura, música, etc.), tenemos la particularidad de ser más sensibles a los acontecimientos en nuestra vidas. Nos podemos conmover   más fácilmente, que el común denominador de las personas.

La música, siempre ha sido lo mío. He trabajado de manera estable y esporádica en muchísimos lugares: (restaurantes, eventos particulares, etc.), es por eso que mi conocimiento musical – gracias a Dios – es vasto. En la actualidad, trabajo por mi cuenta con mi agrupación musical y, con una persona que tiene también un grupo de esta naturaleza; que cuando yo no tengo nada con el mío, voy con él.

Quiero describir a la persona en mención, pero no con una intención negativa y maliciosa, sino, para que se pueda entender el objetivo de este artículo. La persona con la que voy a trabajar en su orquesta - cuando no tengo nada con la mía -, es un hombre de unos 70 años de edad. Tiene 12 hijos en tres esposas diferentes – la mayoría mujeres –. Ha tenido (porque ya no lo tiene) problemas de alcohol y drogas. En la actualidad, es viudo y siempre ha sido un mujeriego empedernido (y ahora con más razón lo sigue siendo). Este es a groso modo, el perfil de este “señor” del cual no mencionaré su nombre, por ética profesional; pero lo llamaré con el apelativo de “Juan” – por lo de: “don Juan” -. 

Mi esposa y yo -(como ya lo mencioné en otro artículo)-, conocimos en las terapias de ‘Ceragem” a una de las monitoras, jovencita de 20 años, con la que llegamos a tener muchísimo afecto. Nos tratábamos de padres a hija; a la cual le gusta mucho el canto –  no lo hace mal -, y su nombre es Jenny.

En cierta oportunidad nuestro amigo Juan, necesitaba para su grupo, incluir a una cantante y, enseguida pensé en Jenny; pero conociéndolo a este “señor” decidí – por supuesto en complicidad con Jenny  y mi esposa – presentársela como mi hija.

Ese domingo por la tarde – porque domingo fue la presentación – Jenny llegó a nuestra casa, y de ella me fui con Jenny hasta la casa de Juan, para irnos a trabajar. Llegamos, y se la presenté a él, al cajonero y al taxista que siempre nos moviliza, como mi hija. No les miento… la teatralización fue tal, que en mi subconsciente se formó la paternidad y literalmente, yo también me lo creí. Y esto para mí, era altamente peligroso, por lo que menciono en el segundo párrafo de este artículo. Cuando estábamos actuando y la veía cantar, yo me decía: -“si hubiera tenido una hija, hubiese sido exactamente como ella”-.

Luego pasaron los días y Jenny vino a nuestra casa; grabó tres canciones en nuestro pequeño taller de grabaciones musicales, quedamos en que le iba a enseñar a tocar la guitarra, el teclado y un poco de canto. Con mi esposa la tratábamos de hija. Cuando ella se iba, yo ya no la mencionaba por su nombre en conversaciones con mi esposa, sino, yo decía: “mi hija”.

El domingo 4 de marzo de este año (2012)  salió un contrato para nuestra agrupación musical. Ya con más confianza, fuimos con nuestra “hija”.

Ese día a mi cliente, le gustó mucho la participación de mi “hija” pero a él ya no se la presentamos como tal (porque ya no había necesidad) le dijimos que Jenny era como nuestra propia hija; pero yo…, ya estaba jodido…; yo creía que era mi hija de verdad.

Al terminar la presentación, quedamos con Jenny “mi hija” que vendría a nuestra casa el día viernes 9 con su mamá verdadera, para almorzar, y para empezar con sus clases de guitarra, teclado, canto y, para seguir grabando lo que sería su primer disco.

Yo estaba haciendo planes de lo que conversaríamos con su mamá verdadera. Pensaba en lo que ella misma me había dicho – Jenny –: quería seguir estudiando y trabajar a la vez. Yo quería aconsejarle que todo era posible, si organizaba su tiempo. Se podía perfectamente, estudiar, trabajar y dedicarse a la música. Le iba a contar la experiencia de un médico que conocí en un restaurante donde yo trabajaba cantando y tocando teclado. Este médico pediatra - Alberto Leiva - trabajaba en el Seguro Social del Empleado y tocaba piano, pertenecía – no sé si hasta ahora – a la ‘orquesta de médicos’. Cierta vez que estuve con él en una actuación en el mismo ‘Seguro Social’; él se puso a tocar piano y, una de sus colegas le dijo: -“No sabía que tocaras el piano”- y él le respondió: -“¿Con qué crees que me he pagado mi profesión?”-  Este era un clásico ejemplo que le quería contar a Jenny, para que se diera cuenta, que si uno se decide, se puede hacer todo.

Llegó el día viernes 9 de marzo. Fuimos al mercado con mi esposa para comprar las cosas para el almuerzo. Entre los dos preparamos el almuerzo. 12 del día, y no llegaban – Jenny y su mamá -. Una de la tarde y nada. Adriana mi esposa me dice –“¿Por qué no la llamas y le preguntas a qué hora van a venir?”-.  Me siento en el sillón de nuestra pequeña sala y le envió un mensaje de texto por el celular, en el que le digo textualmente: -“hija de mi corazón ¿vienes?”-. Al instante recibo su llamada por el mismo teléfono celular, y me dice: -“Api, no puedo ir porque tengo que trabajar… yo te aviso el día que vaya…”-

Mi esposa no se dio cuenta, pero se me hizo un nudo en la garganta (ya estaba jodido). Pero lo que hice, fue lo siguiente: -“Inmediatamente en mi mente, pisé el freno a fondo. La inercia de semejante frenada, hizo dar mi cara, contra el parabrisas del vehículo. Desde allí, pude ver que me había detenido justo al borde de un precipicio. En ese precipicio se podía ver claramente, que para llegar al fondo del mismo, me iba a tropezar con muchas ramas. Con las ramas de la tristeza, de la desolación, de la nostalgia, de la angustia, de la congoja, de la melancolía y de la pena. Y al fondo del mismo, se podía ver como un resplandor, a la depresión. Pensé enseguida, que si no hubiese frenado a tiempo, hubiera sido bien difícil que alguien me rescatara del fondo ese abismo… apreté  la palanca de cambios, puse retroceso y pisé el acelerador a fondo. El chirrido de los neumáticos me daba a entender que me estaba alejando a toda velocidad de aquel siniestro precipicio, atropellando todo lo que he mencionado en los párrafos anteriores. Llegué al comienzo, giré el timón hacia la derecha levemente y emprendí el nuevo camino, ya más calmado, y con una tremenda sensación de alivio al darme cuenta que no caí en el abismo ese”-.

Ya más calmado, me levanté del sillón, después de haber hecho ese ejercicio mental y, me dirigí a la computadora; la encendí y, empecé a borrar todo archivo relacionado con la persona en mención (fotos, videos, audios, escritos, etc.). Luego, en mi laptop, hice lo mismo. Por mi bienestar, tenía que hacerlo.

Este capítulo en mi vida, me enseñó algunas cosas positivas. Me enseñó – despertó, diría yo –, el amor de padre para con su hija, que tenía yo, escondido en el fondo de mi alma. Me enseño – ahí si está bien dicho – que mi percepción frente a la presencia de jovencitas  entre 18 y 22 años, ya no sería la misma. La vida me enseñó clara y objetivamente, que podían ser mis hijas.

La vida nos enseña a punta de cachetadones, que cuanto más viejos nos hacemos, más sabios nos volvemos. Pero también: no comprendo y no me cabe en la cabeza, como un hombre, teniendo tantas hijas mujeres – “Juan”- pueda ver de otra manera, a cuanta jovencita se le aparece en el camino. Tampoco me la quiero dar de santo; pero creo que el ser humano, tiene que saber ordenar sus pasiones, sentimientos y afectos. Por supuesto que yo puedo apreciar la belleza física de una jovencita – ni loco que estuviera – pero mis pasiones, tienen su orden y control. Esa es la gran diferencia.

Muy respetuoso de su decisión, estuve esperando la llamada de Jenny, pero nunca se produjo. Quizás nunca más la vuelva a ver, pero la vida es así; y sabe Dios, que más tendré que aprender en este camino existencial.

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Acerca del autor

Andrés Arbulú Martínez

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