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sábado 23 de marzo del 2019
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Eneida Fonseca, de la mano con la vida y con Dios

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Eneida Fonseca Ortiz fue desde siempre una persona feliz. Quizá porque aprendió la lección de la alegría desde el inicio de la vida cuando sus padre, Mariano Fonseca y ------Ortiz, la llevaron a un templo cristiano en donde la presentaron a Dios como joya preciosa de su hogar y se comprometieron en el altar a responder por ininterrumpida educación, por sus sólidos valores y por rodearla de personas con las cuales aprendiera permanentemente el significado del amor al prójimo y del servicio a sus semejantes.

La edad primera de Eneida transcurrió en conversaciones en que los mayores hablaban del futuro próximo y lejano; en tertulias al lado de un fogón de brazas vigorosas en que las tardes tenían el olor grato a la leña del hogar; en medio de las alabanzas cantadas en wayuunaiki, inglés y español; y en las aulas de clases en donde se destacó como una estudiante disciplinada, apegada al deber y deseosa de superarse y prepararse para tener un encuentro feliz con su propia historia.

Una vez, cuando alrededor de la mesa familiar le preguntaron sobre su futuro, respondió con rodeos que se dedicaría por entero a trabajar en la lucha contra el dolor y el sufrimiento de miles de personas. Que no ahorraría un minuto ni un esfuerzo para lograr que en la batalla de los siglos la vida se impusiera una vez más sobre la muerte. “Quiero ser médico”, le dijo a los suyos. Éstos decidieron respaldarla y la apoyaron en lo sucesivo. Vino la época fantástica y a la vez sacrificada de los estudios universitarios: viajes que la separaban de sus amados padres y hermanos; clases en las que demostraba con entusiasmo su espíritu de aprendizaje y jornadas de estudio y prácticas con las cuales se formó como profesional de la medicina.

Una vez conseguido este objetivo intermedio la vida le da la oportunidad de pisar el suelo firme de su patria chica y conocer de primera mano el sentir de su gente. Con ellos pudo trasegar por el escenario diverso del sufrimiento; internarse en las regiones oscuras del dolor y sentir el palpitar fuerte y a veces desesperanzado de los hombres, las mujeres, los niños y los ancianos del pueblo. En su maletín de médico siempre hubo soluciones para la enfermedad; en su corazón humano siempre hubo amor y en su mente de científica siempre hubo nuevos planes para la gente a la que había prometido ayudar. Y lo hizo en un lugar y en otro. Y a todas horas. Como profesional y como persona.

Un día comprendió que un consultorio bien dotado y cómodamente acondicionado no bastaba para alcanzar todas sus metas y se fue al campo en donde en su contacto con la naturaleza encontró su espíritu de ecologista y se dedicó por un buen tiempo a investigar los medios y acciones adecuadas para proteger el ambiente, cada vez más deteriorado.

Esa faceta le permitió conocer los riesgos para la salud de la región y la ayudó a tomar la decisión de especializarse en neumología. La cara angustiada de quienes padecían tuberculosis y acudían a ella en busca de alivio y curación la llevaron a cursar su especialización en neumología, en cuyo ejercicio ha obtenido numerosas y muy valiosas victorias contra los padecimientos de los seres humanos.

Hoy, Eneida Fonseca vive cada minuto de su vida con intensidad. Su alto cargo como directora del hospital San José no la ha hecho olvidar ni de su vocación, ni de su profesión. Por eso indaga por la salud de sus pacientes y está al tanto de sus tratamientos. Hoy la vida le plantea nuevos retos y ella recuerda la promesa hecha una noche en que el firmamento se encontraba iluminado por una luna esplendorosa y el buen Dios había encendido todas las estrellas del universo: “Quiero servirle a mi gente cada minuto de mi vida”. Y así anda hoy como ayer, prendida de la mano de Dios, ante el altar del omnipotente, quien le da cada día nuevas fuerzas para servirle a su comunidad.

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