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viernes 24 de enero del 2020
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Constituciones fantasmas y otras indecencias políticas

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Hace una semana los españoles, incluyendo partidos de diversa ideología, homenajearon la Constitución de 1978 según es costumbre desde que aquellos políticos con un recuerdo más o menos franquista decidieron renunciar a su pesada herencia y abrir su mente a la regeneración de España. A decir verdad, nuestra Carta Magna actual no es fruto de la voluntad ciudadana, sino de un grupúsculo ilustrado con aires de cambio; pero dudo que muchos políticos de hoy renieguen de su descendencia o se arrepientan del dolor y el hambre que sus antepasados causaron a nuestros padres y abuelos. Más aún, con que analicen la agitada historia del Partido Popular descubrirán que lo que les digo tiene un fundamento de realidad.

Por más que a algunos les escueza esta afirmación, nuestro sistema democrático es vástago de la dictadura de Franco, es una continuación de su régimen desvelada por quienes gobiernan ahora. No ha tenido que transcurrir mucho tiempo para que nos percatáramos de ello y comprendiéramos hacia qué polo señalan las intenciones de esta lepra política que padecemos.

Es por esta razón que el pasado seis de diciembre tanto ciudadanos como políticos rindieron tributo a una Constitución que ninguno de nuestros mandatarios ha desempolvado desde hace décadas, sumergida ya en las ruinas del tiempo. La nota distintiva, sin embargo, consistió en que la mayor parte de la sociedad acudió a aquella parafernalia y se comportó como siempre, a pesar de que este año con sus reformas y sus polémicas tiene algo de especial que se debería haber cuestionado. En fin, nadie reflexionó acerca de cuáles son las causas por las que el sistema político actual se encuentra en la cuerda floja.

Será a medida que los derechos del ciudadano se desvanezcan y aumenten los conflictos sociales cuando unos despierten de la inopia y otros se echen a temblar; mas no de risa como ocurre ahora, sino de pánico. ¿No habremos perdido entonces la poca lucidez que nos quedaba? Espero, por mi parte, que no sea así, pues me gustaría ver las caras que exhiben los políticos y el resto de farsantes en el momento en que les expulsemos de su atalaya privilegiada y sientan en sus carnes este miedo tan surrealista que nos atrapa a todos.

Ahora bien, tampoco España saldría beneficiada si usáramos la Constitución actual como servilleta, sabiendo que sus artículos, en realidad, contemplan la dignidad de los ciudadanos. Lo único que sucede es que nuestros sucesivos gobernantes han borrado del disco duro los capítulos que no les interesaban a la vez que han añadido nuevas propuestas de las que pudieran sacar partido; obviamente ellos no iban a perjudicarse con estos leves retoques y, por lo tanto, buscaron al eslabón más débil y elemental del Estado, esto es, al ciudadano de a pie. ¿Acaso a estos buleros con aires de demócrata no les han dicho que su único objetivo consiste en cumplir todo lo redactado en la Constitución y no ensuciar o ignorar sus decretos?

Nuestra tarea y la de las generaciones futuras, por lo tanto, es hacer ver a todos estos maleantes que la Constitución actual, al igual que otras tantas, no debería estar dirigida solamente a una clase social, como lo fue la Constitución republicana de 1931, exclusivamente marxista, sino al conjunto de la sociedad; al menos esa es mi noción de democracia y de Estado de Derecho. No obstante, puesto que nadie se ha rebelado aún contra esta indecencia política, esa novela bizantina publicada en 1978 no me representa, a no ser que se tome en serio su argumento. A fin de cuentas, el sabor de la democracia depende, como el buen vino, del tiempo que se deje en reposo, de la paciencia, del esmero. Cuantos más años se conserve mayor calidad tendrá, si bien hay ocasiones en las que termina por convertirse en un vinagre rancio y amargo.

 

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Abraham Ferreira Khalil

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