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sábado 15 de agosto del 2020
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Postrimerías de un loco en el fin de año

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Criticar las endebles decisiones de este Gobierno que España habrá de padecer con cierta resignación masoquista puede resultar tan satisfactorio como hacer el amor con la más hermosa de las mujeres, o con el más apuesto de los hombres, si alguna lectora o lector “especial” se sienten excluidos.  Ciertamente ha tenido que transcurrir justo un año para que la mayor parte de la sociedad española, pues siempre quedan algunas mentes obtusas y testarudas, comprendiera que nuestros mandatarios actuales no son benefactores de los ciudadanos, sino lacayos de los voraces monopolios y de las élites bancarias donde no se han hipotecado coches o pisos de lujo, sino el futuro y la dignidad de las personas.

Lo cierto es que una vez que consigan desplumarnos el verdadero signo de la democracia habrá triunfado sobre todas las quimeras que vagan en el paisaje de la rutina. Sólo así, hasta los luchadores más desengañados con la política reivindicarán, por encima de todo, la integridad de los ciudadanos dentro de las preocupaciones principales de quienes nos gobiernan. ¡Cuán  difícil es para los políticos cumplir su cometido conforme lo exige el código de su profesión!

Es ahora, sin embargo, tras haber devorado toda la carnaza ideológica de cada partido, tras haber mordido el anzuelo de sus mentiras, tras haber sobrevivido a innumerables avalanchas de recortes, tras haber presenciado infinitas protestas que únicamente han hecho temblar de risa a los gobernantes y tras haberse enfrentado a los terribles monstruos de hoy, al desempleo y a la indiferencia, cuando uno empieza a preguntarse si los ciudadanos de un Estado de Derecho cuentan con alguna alternativa para que sus representantes los escuchen. En realidad, así es. Toda persona consciente de su situación política y de su papel en la sociedad, aunque estas características formen la especia más extraña del Estado, dispone de cuatro caminos a través de los cuales el eco de su voz puede llegar a oídos del gobierno.

El primero de ellos ,que es quizás el más viable no tanto por su importancia en el sistema cuanto por su éxito inmediato, consiste en la elección democrática de líderes competentes que desempeñen la difícil tarea de dirigir un país. Ahora bien, el tiempo de las buenas voluntades políticas ha pasado a mejor vida; y más en España, ya que hemos visto como las elecciones generales del pasado año sólo han servido para enterrar aún más a los españoles entre la escoria y la crisis. Quienes ocupan ahora el asiento del poder  gracias al voto de tantos corazones resentidos, desesperados e indecisos actúan sin tener en cuenta las penurias que atraviesa la nación, destruyen con sus actos el presente, dibujan un porvenir cada vez más confuso. Las elecciones, por esta razón, tienen  que ser la primera vía a través de la que los representantes cuya legitimidad les viene por las urnas encarnen la justicia social, pero no por ello la única.

Respecto a las otras tres maneras de ser escuchados por el gobierno, hay que decir que se han repetido tanto a lo largo de la historia que uno podría ahorrarse largas e inútiles explicaciones. Hablamos, en efecto, de las huelgas, las revoluciones y los golpes de Estado, cada una de ellas más peligrosa que la anterior. Lo que podamos contar sobre las huelgas viene respaldado por la realidad que vemos todos los días en las calles. En un principio, no son actitudes que nos hagan temer por la estabilidad del país ni por nuestra imagen, siempre y cuando no se descontrolen y acaben en guerrillas urbanas e incendiarias. De hecho, una huelga, si se abandonan los prejuicios ideológicos que la suelen acompañar, es tan efectiva como elegir libremente a nuestros políticos. Los Estados realmente “liberales” muestran un profundo respeto a la manifestación de sus ciudadanos, mientras que en España, esta pequeña democracia de sainete, el Gobierno vitupera y condena cualquier acto de protesta porque cree ver radicales en todas partes.

En cuanto a las revoluciones y los golpes de Estado, no existe una opinión más acertada que la de la historia por su largo alcance y sus desastrosas consecuencias. Es más, desconocemos  revoluciones o alzamientos militares en los cuales no se haya derramado sangre inocente, de modo que, ante estela tan macabra, deberíamos guardar estas armas en el último cajón de nuestra conciencia.

De todas estas opiniones, a fin de cuentas, se desprende una última idea, la cual  impide conseguir la democracia absoluta en un Estado: La sociedad, incluso distinguiendo diferentes formas de gobierno, siempre será un mosaico de desigualdades y, por lo tanto, unos coronarán la cima del poder a costa de los más débiles, a no ser que estos últimos se rebelen contra tal indecencia.  Ignoro, sin embargo, si mis palabras pueden considerarse verdades firmes o, por el contrario, absurdas postrimerías de un demente a las puertas del nuevo año. Y, por eso, no puedo evitar sentirme un loco entre tantos hombres cuerdos. 

    

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Abraham Ferreira Khalil

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