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miércoles 12 de agosto del 2020
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Amar a España

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Es poco probable que estas palabras lleguen a oídos de todos los políticos de la Oposición o sean tenidas en cuenta por este Gobierno tan encharcado en usuras y decepciones. Aun así, con que una persona lea estas líneas me daré por satisfecho y mis pretensiones se habrán cumplido. Me pregunto, sin embargo, si a estas alturas los hechos no habrán superado a las opiniones, a pesar de que estas últimas son síntoma de una mentalidad lúcida y elegante. Pero como quiera que vivir es una de las aventuras más fascinantes que el hombre pueda tener, correré el riesgo de que me escupan, me censuren y me tilden de ingenuo entusiasta, pues, como dice el Evangelio, “soy una voz que clama en medio del desierto”.

España me recuerda a ese niño solitario cuyo deseo es compartir juegos, emociones y palabras durante la calurosa hora del recreo pero que, ya por miedo a ser rechazado, ya por su timidez impertinente, no consigue hacer amigos; con lo cual permanece cabizbajo y pensativo en una esquina del patio, como un observador de alegrías ajenas que jamás hará suyas. Así se me antoja España a partir de esta imagen de sonora elocuencia. Una elocuencia que no revela precisamente tranquilidad a quien la percibe, sino más bien una preocupación a punto de desbordarse.

A menos que nuestra pobre España encuentre algún corazón dispuesto a ofrecerle su aliento para que resurja de la miseria y elimine a cuantos patanes la pervierten, la corrupción, la ruina y la anarquía seguirán perturbando nuestra pacífica estampa y dibujando un mapa de despropósitos inimaginables. Espero, por lo tanto, que un rayo providencial nos ilumine antes de que el desánimo cunda entre nosotros como un racimo de pólvora que tarde o temprano habrá de estallar. En suma, o desterramos de España  a las alas de la locura o las alas de la locura nos desterrarán de España a nosotros, empujándonos hacia la más absoluta indiferencia, donde todas las miradas nos señalarán con sorna y las burlas nos invadirán con su enjambre de risas homicidas. Por ello, tanto si el triunfo queda a nuestro alcance como si el fracaso echa sus redes sobre nosotros, nada tiene que importarnos, ya que celebraremos la victoria o lamentaremos la derrota.

A pesar de todo, nadie parece preocuparse por España. Nadie quiere tender una mano a este muchacho indefenso y asustadizo. Sólo un rumor de voces y vagas insinuaciones se deja sentir entres quienes proclaman con labios putrefactos el nombre de la patria, entre quienes habiendo nacido bajo su enseña maternal la repudian y la abandonan como a una mísera ramera a las puertas del camino. Para ellos el amor hacia el prójimo es una idea adornada con exuberancia por fuera, pero vacía en esencia, sobre todo cuando políticos de adopción indistinta la incluyen en sus monótonos sermones con objeto de hinchar su reputación con una demagogia repulsiva. Y la muchedumbre y los ciudadanos muerden el anzuelo, sabiendo de antemano que aquellos discursos están cubiertos de orín y sus aspiraciones de hipocresía. Así es, al fin y al cabo, la comedia de la democracia: Un narrador que suelta historias como palomas al viento y un público que aplaude estos relatos. Si alguien duda de lo que este fabulador narra, es un Judas, de modo que no merece seguir viviendo. Si, por el contrario, el vulgo cree ciegamente en todo lo que los demagogos cuentan, podemos hablar de unos súbditos leales a la honorable democracia. ¡Ay, Dios mío, la pútrida y gastada democracia!

No en vano España ha soportado estas intrigas con una serenidad admirable, mas el hartazgo de sus gentes, cansadas ya de que se juegue con su inteligencia, ha estallado con una violencia desbordada cuyo fin es expulsar a la infamia de su trono. Y una vez que lo hayan conseguido, podremos proclamar el nombre de España con el respeto y el cariño que merece. Hasta entonces, hay que combatir contra la mentira, hay que arrancar la desidia que han inoculado en muchos espíritus y hay que mostrar empatía no sólo con quienes nos rodean, sino con este pobre y retraído país. Esta, a mi entender, es la única manera de superar la insensatez y la corrupción omnipresentes, de decir a cuantos nos aborrecen que amar a España no es un concepto trasnochado, como ciertos individuos quieren hacernos creer, sino el paso previo para alcanzar esa dignidad que tantos buscan y tan pocos encuentran. Es más, con un sistema corrupto hasta la médula, con una derecha que adolece de craso patriotismo, con una izquierda insolidaria y revanchista y con una crisis no sólo económica, también moral, ¿qué más podemos pedir si somos pobres pecadores?     

 

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Abraham Ferreira Khalil

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