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miércoles 22 de enero del 2020
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Un aplauso, por favor

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Tanto hemos extendido la politización en todas las facetas de nuestra vida cotidiana que ahora resulta un inmenso disparate prescindir de ella para poder sobrevivir en este tiempo dominado por las ideologías. Desde luego, fue esta actitud la que se dejó ver en la pasada gala de los premios Goya cuando algunos actores galardonados convirtieron sus palabras de agradecimiento en auténticos discursos de denuncia contra el Gobierno, contra sus reformas y contra la creciente injusticia social. Al ministro de Educación y Cultura, por citar un ejemplo relevante, no le sentaron del todo bien las acusaciones de aquellos rostros conocidos, si bien en declaraciones posteriores Wert afirmó que respetaba las críticas pero que no las compartía, lo cual revelaba su orgullo herido, su disfraz camaleónico y, hasta cierto punto, su prepotencia innata.

Verdad es que la pluralidad de opiniones constituye uno de los tesoros más valiosos, brillantes y consagrados de cualquier democracia. Hay contextos, sin embargo, en los cuales es preferible guardar silencio antes que avivar la hoguera de la opinión pública. ¡Diablos! Aquellos actores premiados con el Goya podían haber expresado su descontento en una entrevista particular, en un mensaje de las redes sociales o en un sencillo artículo de opinión, de modo que quienes viven ajenos a los intríngulis ideológicos del cine español no se hubieran llevado la impresión de que en nuestro país la política se encuentra incluso en el plato de comida. Ciertamente el caso que aquí traemos supuso una excepción, se mire como se mire, y su impacto quizá oscureciese el verdadero propósito de la gala pasada. Ahora bien, espero que lo dicho no sobrepase la simple curiosidad anecdótica o alcance dimensiones desproporcionadas. En caso de que eso ocurriera, España sufriría una nueva sacudida, hasta tal punto que la desconfianza que injustamente transmitimos al resto del mundo aumentaría trayéndonos las sombras de conflictos inesperados.

He de reconocer, con todo, que mis conocimientos sobre cine son escasos, pues nunca he manifestado una fascinación desmedida para con el Séptimo Arte.  Mi atención hacia la pasada gala de los Goya se centró más bien en la reacción del público ante las proclamas de los actores que en el galardón a tal película o a tal reparto. Me considero, en consecuencia, íntimo amigo de la cizaña. ¿Acaso los medios han dejado escapar esta noticia sin haberla sometido previamente a un juicio somero? Al menos en la prensa que ha llegado a mis manos semejante episodio sembró un revuelo sustancial allá donde uno dirigiese la mirada. Será que a la opinión pública le gusta hacer de piedras pan sin ser el Dios verdadero, como diría Quevedo. De lo contrario, no me explico las llagas que han causado en gran parte del sector político y actoral unas declaraciones repetidas hasta la saciedad.

En fin, amigos, dejemos que los “progres”  y los actores famosos, los no Depardieu, según los ha bautizado el hacendoso Montoro, critiquen cuanto les venga en gana y acabemos para siempre con esta politización extrema bajo la que nos ha tocado vivir no contra voluntad, sino porque así lo hemos querido. Y una vez que las reyertas por episodios tan triviales como este desaparezcan de la sobremesa diaria, una vez que la Oposición deje de acusar al Gobierno y el Gobierno deje de acusar a la Oposición o una vez que las personas abandonen esa costumbre mostrenca de pertenecer a un bando u otro, sólo entonces podremos vilipendiar las opiniones de quienes se guían únicamente por el panorama que contemplan. Ruego, por tanto, señores miembros del jurado, concedan a estos controvertidos actores el Goya al mayor escándalo, puesto que han conseguido amenizar con sus reivindicaciones las tediosas jornadas en el Congreso de los Diputados.

 

Un aplauso para ellos, por favor.  

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Abraham Ferreira Khalil

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