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jueves 29 de octubre del 2020
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Secuelas de mi 21º cumpleaños

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Cada vez que llegan estos días la nostalgia me invade, aunque intente rebelarme contra ella, y siempre trae a mis oídos la misma cantinela que de haberla escuchado tantas veces ya he grabado en el recuerdo: “¡Envejezco, amigos míos! ¡Envejezco!”. Sé que puede parecer exagerado, incluso pretencioso, que alguien en la flor de la juventud, como suele decirse popularmente, se angustie no sólo ante el paso inevitable de la vida, sino ante la soledad que causa pensar en un mañana de incertidumbres. Tengo mis razones para mostrarme inquieto, sin embargo. Todo ser humano teme a dos fieras, las cuales le persiguen desde que nace hasta que en la hora señalada y temida trata de vencer lo invencible, lo que el Creador ha escrito en el magma de la conciencia ¿No oís ese murmullo? Son el tiempo y la muerte que avanzan con estrépito ¡Envejezco, amigos míos! ¡Envejezco!

De vez en cuando han rondado por mi mente estas divagaciones cuyos rumores he decido ignorar para bien de mi existencia y de mi condición, pues los seres humanos sentimos repulsa hacia cuanto nos envuelve, pero no hacia nosotros mismos. El hombre, a ciencia cierta, ocupa hoy una posición privilegiada a costa de construir y desolar, de amar y aborrecer, de luchar y convivir en severa armonía. Y es que tan pronto hemos coronado la cima de la prosperidad, donde el paso del tiempo era indiferente, como nos hemos hundido en el desamparo que el curso de los años representa. El hombre común, en definitiva, no es un decidido Prometeo que soporta la condena divina al pretender el beneficio de la humanidad. Es más, el hombre de hoy, a quien otros han concedido su status, sólo busca la comodidad, a pesar de que para ello deba escupir al prójimo, pisotearle y destruirle ¿Acaso no oís otra vez ese rumor impertinente? ¡Envejezco, amigos míos! ¡Envejezco!

No quiero imaginar hacia dónde se encaminaría la estela humana si todos exhibiéramos la avaricia, la crueldad y el cinismo como nuestras características esenciales. En efecto, el género humano desaparecería sin que llegaran cataclismos desoladores; su apocalíptica soberbia y las fuerzas del tiempo bastarían para aniquilarle por siempre. ¿No somos, a fin de cuentas, misteriosos garabatos en una pizarra? Antes de que las dudas me lancen a la desesperación prefiero enloquecer por voluntad propia. Loco, al menos, mi corazón descansaría de este aburrido concierto al que los años le han sometido ¡Envejezco, amigos míos! ¡Envejezco!

Confieso que en ocasiones mi claridad de pensamiento se enturbia cuando tendría que ser el espacio más luminoso de mi identidad. ¡Jóvenes eternamente! ¡Jóvenes eternamente! Así desean algunos que la vida los trate para que los años no caigan sobre ellos como avalanchas. Algo, no obstante, me empuja a burlarme de esa interminable adolescencia. Ya lo advertía la letra de aquel célebre tango: “Desde mi triste soledad veré caer las hojas muertas de mi juventud”. Nada podemos hacer sino contemplar cómo el cortejo del tiempo desfila frente a nuestros ojos agazapados en la rabia y en la impotencia. ¿No oís de nuevo ese impertinente murmullo? ¡Envejezco, amigos míos! ¡Envejezco! Mas para cuando queramos descubrir las repuestas el ocaso habrá lanzado la primera piedra. 

   

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Abraham Ferreira Khalil

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