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martes 21 de enero del 2020
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Cuando en España dejamos de soñar

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Cuando en España dejamos de soñar los ciudadanos se echan a la calle cual marabuntas desbocadas para protestar contra las injusticias que su feroz Gobierno está llevando a cabo. Quizás sea esa su manera de terminar con el dolor de la sociedad, pero lo que debemos tener en cuenta, antes que nada, es que los españoles de a pie no son responsables de este despliegue, sino las altas, inaccesibles y casi divinas esferas de los partidos políticos, los cuales bien por altruismo, bien por demagogia, se aprovechan de las circunstancias y reivindican lo que creen necesario para todos, o sea, su permanencia en la jugada democrática. ¡Jamás vi tamaña muestra de cinismo! Muchos representantes de este sistema vendrán con el pretexto de que sus intenciones tenían motivos desinteresados y puedo respetar sus argumentos, pese a que no se correspondan con la realidad.

Estas consideraciones, sin embargo, no son más que pamplinas. Que nadie se ofenda ni me bautice con el sambenito de “caduco” si afirmo que estos señoritos progresistas que se dicen salvadores del Pueblo español sólo buscan su bienestar y el de sus partidos. Lo que le suceda al ciudadano común les importa lo mismo que aquellas hojas arrastradas por el viento. ¿Hasta cuándo, pues, vamos a confiar en los políticos? ¿No contamos con testimonios suficientes en España para saber cuáles son sus verdaderas intenciones? El sentido común me dice que en este país o somos corderillos ingenuos o nos deleitamos con el sufrimiento y el martirio, hasta el extremo que nadie puede explicar tanta pasividad, tanta indiferencia y tanta resignación ni puede comprender por qué España duerme plácidamente mientras las tempestades se están fraguando dentro y fuera de ella.

Nuestra patria descansa dulcemente en los brazos del sueño. Entretanto, los salteadores de la noche, los bandidos, así como cientos de trúhanes más pasean a su antojo, roban hasta que su instinto está satisfecho y huyen después con calma, sin que nadie les reprenda por sus fechorías ¡Españoles, despertad! Pedid la dignidad que el olvido os arrebató hace lustros y haced que el maleante expíe sus pecados en el Juicio de los juicios para que se salve o se condene. Haced que la justicia recobre su virtud. Hemos derramado tanta sangre que ahora nos resulta imposible encontrar una huella de pureza.

Parece, sin embargo, que hablo con el silencio, como si ninguno de cuantos habitan este suelo envenenado pudiese escuchar mi soliloquio. ¡Cuán bien sabéis lo que frustra suplicar al vacío! ¡Cuán bien sabéis, además, lo que escuece escudriñar las esquinas de la noche sin encontrar a nadie con quien compartir esta indignación a flor de piel! Aun así, intuyo que en algún lugar hay sombras escuchándome; sombras que tarde o temprano serán criaturas de carne y hueso; sombras a las que la podredumbre de España les apena igual que a mí. A medida que despierten todas aquellas imágenes amnésicas y ausentes, nuestro país verá el soñado reflejo de lo que sólo comienza a presentirse. Tal será su empatía que el latrocinio hasta ahora impune conocerá castigo y la honradez perdida volverá a acompañarnos.

Soñar, a pesar de todo, es un ejercicio extraordinario de libertad. Nadie puede poner obstáculos a lo que pertenece al inconsciente si no somos nosotros mismos. Eso sería, cuando menos, impensable, tanto como comprimir el universo en una pelota y hacerlo rodar, en palabras del poeta T. S. Eliot. Creer, por consiguiente, en una España distinta donde la honestidad se imponga sobre cualquier otra virtud, donde los fariseos se conviertan en auténticos seguidores de una idea y la política consista en la paz común, sin caer en el relativismo, como ha solido ocurrir, no es el desvarío de una mente enferma.

A buen seguro que podemos conseguir lo que nos propongamos y hacerlo realidad, siempre y cuando este torbellino nos cambie con la intención de transformar nuestro alrededor. Con todo y eso, España no parece dispuesta a cultivar los sueños para que florezcan y sean así una verdad palpable. Prefiere el letargo permanente en lugar de la prosperidad, aunque se trate de un logro pasajero. Y es que cuando en España dejamos de soñar nos convertimos en ciudadanos imperfectos, nos sumimos en un aislamiento consolador, nos conformamos con el orden asentado. Pero esta obediencia nunca puede significar una voluntad democrática sincera, sino que, por el contrario, siempre será un pensamiento ciego, voluble y dominado por la rutina.     

     

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Abraham Ferreira Khalil

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