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martes 22 de septiembre del 2020
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Donde habita Dios

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Cree el vulgo de hoy, y más en concreto quienes se confiesan fieles de la religión católica, que sólo en Semana Santa puede el hombre descubrir a Dios, y no en cualquier otro momento del año. Tal vez estos santurrones, al ser de voluntad débil y ánimo caprichoso, cierran su corazón durante un tiempo y cuando se acerca la Pascua lo abren para sentir directamente la presencia del Señor en su espíritu. En verdad, lo único que transmiten con esa actitud es la extravagante idea de que en Lo Alto se recompensará mejor a un penitente nazareno o a un costalero, aunque se olviden de Cristo casi todo el año, que a un auténtico cristiano, el cual no necesita de procesiones ni saetas para amar al prójimo y respetar a Dios. Lo cierto es que al vulgo le entusiasman cantares, ofrendas y via crucis, pero su verdadera satisfacción debería llegar si el que está a su lado es feliz; porque esa felicidad, esa empatía y ese afecto, al fin y al cabo, son los únicos pilares del cristianismo, al contrario de lo que afirman algunos sermones adornados con una belleza hueca y engañosa.

Habría que ser un demente sin cura, como quien esto escribe, para no sentir cierta repulsa o indignación hacia lo que hemos dicho antes. Pero ¿acaso vamos a encontrar a Dios, los pocos insumisos que aún le buscamos, en fabulosos templos, iglesias y catedrales? ¿Acaso hallaremos la caridad y el perdón que Jesucristo trató de enseñar en las imágenes de santos, vírgenes o nazarenos? Si el vulgo juzga que estos actos son síntoma claro de devoción a Dios, es libre de opinar así, a pesar de que se engañe. Realmente no hay que buscar la Verdad en el cielo, en el mar o en el rincón más remoto de la tierra, sino en lo más profundo de nuestro corazón. Y una vez que hayamos encontrado esa huella perdida dentro del alma, quienes necesitan ver para creer, quienes se guían por apariencias y quienes reniegan de su origen podrán conocer en su conjunto a Dios, sin importar su fe, su pensamiento y sus costumbres. Sin embargo, antes me temo que cada cual tomará un camino distinto y los que no creen continuarán sin creer, los que persiguen fantasmas seguirán tras ellos y los que aborrecen su origen cultivarán el odio hacia lo incierto. Mientras tanto, el vulgo, ajeno a todas estas reflexiones y quejas, acude como bestia en celo a donde se celebren verbenas, partidos de fútbol o procesiones religiosas.

No tenemos nada que perder si intentamos encaminar el verdadero cristianismo hacia quienes ignoran a Dios, a pesar de que pueda ser una tarea harto complicada, controvertida y fascinante. Así pues, no hay que reprimir los instintos del vulgo ni cargarle con el peso de una cruz que no le corresponde. Dejémosles más bien que calmen su apetito de ocio y ya ellos mismos caerán en la saciedad. El buen cristiano no sólo tiene que cumplir a rajatabla los preceptos de su religión, sino también orientar al prójimo por el sendero que juzguemos más correcto. En suma, un cristianismo “ideal” se basaría en creer y hacer que otros crean, en respetar a quienes ya han escogido otro camino y en intentar recorrerlo juntos para llegar a Dios. No consistiría en la imposición, sí en el consejo y en la guía para el que duda.

Es por estas razones que Dios sólo habita en el corazón del hombre y el único mecanismo con que contamos si pretendemos acercarnos a su verdad somos nosotros mismos. Por lo tanto, ahora que estamos en estas fechas tan señaladas, sería conveniente replantearnos nuestras convicciones y tener en cuenta la que acaso es una de las vías más extrañas hacia la Providencia. En fin, hay que seguir a nuestra intuición, que por su propia naturaleza es la verdadera partícipe del misterio divino.

¡Bienaventurados los que buscan en el fondo de su corazón, porque allí, y sólo allí, descubrirán a Dios algún día!    

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Abraham Ferreira Khalil

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