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lunes 26 de octubre del 2020
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La izquierda española: ¿Un cadáver político?

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Vendida, exhausta y calumniada por quienes en otro tiempo creyeron en ella con una fe casi dogmática, la izquierda española se debate entre reformar sus idearios desde la base o pasar a mejor vida y desaparecer así del ruidoso escenario en que se ha convertido la política nacional. Desde luego, no veo otro porvenir para los simpatizantes de esta ideología como no tomen de inmediato una decisión apropiada, puesto que urgen cambios fundamentales que frenen el imparable ascenso de las fuerzas conservadoras y derechistas. A nuestra maltratada izquierda, por tanto, se le plantean dos direcciones y es hora de elegir la que más le convenga: O renovarse o morir. Creo, no obstante, que elegirá con criterio suficiente, a menos, claro está, que pretenda abandonar para siempre el tablero político, dejando a sus votantes en situación de desamparo, negándoles el apetitoso manjar del gobierno e impidiéndoles llevar a la práctica sus ideales.

Visto el aprieto en que se encuentran las facciones izquierdistas de nuestro país, no puedo dejar de sentir lástima ante su confusión, incluso un leve y doloroso sentimiento de empatía. Ahora bien, los principios son los principios y las ideas pueden más que cualquier forma de altruismo; sobre todo si las trasladamos hasta esos extremos irreconciliables a los cuales tememos por razones consabidas y justificadas. Tanto dolor han provocado las versiones exaltadas de la derecha como el radicalismo de la izquierda, que hoy prueba el fruto de sus desatinos por no contemplar la moderación como única guía; de modo que ningún lector habría de sorprenderse cuando reflejo aquí este panorama desde una visión pesimista y poco amable con el progresismo. Efectivamente, muchos se preguntarán: “¿Por qué no censura o ataca a la derecha con todos los sinsabores que nos está trayendo?” “¿Acaso está tan aferrado a sus ideas que sólo ve defectos en las opiniones ajenas y no en las suyas?” Me explico. He olvidado incluir a la derecha en esta crítica porque, al contrario que su rival político, da pasos de gigante cada día que pasa, aunque sea para desgracia de muchos y beneficio de unos  pocos. Por otra parte, estas opiniones tan crueles sobre la izquierda tienen una intención constructiva, es decir, pretenden que los adeptos a esta ideología tomen conciencia de su situación y puedan continuar en el aburrido juego de la democracia. Sin embargo, todo parece tan lejano todavía…

Bien tengo por sabido que me dirigirán un sinfín de piropos y bellas palabras una vez que estas líneas vean la luz. Es más, a los ojos de la izquierda el que no piense ni actúe como ella está bajo sospecha de ser "fascista" y "opresor"; en cambio, si alguien desaprueba los argumentos de la derecha, pasa a ser de manera automática un “progre”, un “rojo” o un enemigo de la patria. ¡Cuánta exquisitez hay en su vocabulario para expresar un mutuo afecto! Quizá por eso, entre cientos de elogios posibles, me llamen entrometido, reaccionario, incongruente, picaflor, sabelotodo, demagogo, antisocial, instigador al odio, exaltado y cuantas lindezas más quieran salir de sus labios. A pesar de ello, aceptaré sus cumplidos en silencio, ya que los merezco de buena voluntad. 

No quiero concluir sin manifestar la esperanza de que los partidos políticos en general y la izquierda en particular acaben resolviendo sus lides personales, más que por su propia conveniencia por la de toda España. Esta, a fin de cuentas, no es una batalla que afecta a las dos caras de siempre; al contrario, todos los ciudadanos españoles, sin importar la bandera a la que sirvan, están metidos en este tumulto y es su objetivo común salir de él cuanto antes. Luego todo lo que hemos dicho se reduce a las opciones indicadas más arriba: O renovarse o morir. Y si nuestra izquierda no se decanta temprano por la primera alternativa, que es la más conveniente, corre el riesgo de desaparecer y convertirse en un cadáver político por los siglos de los siglos. De hecho, ya comienzo a respirar el hedor mortal de la podredumbre.    

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Abraham Ferreira Khalil

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