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sábado 25 de enero del 2020
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Carta para un desahuciado

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Querido compañero:

Tiempo ha que te has manifestado con atractivas consignas y te tomaron por iluso combatiente, por atrevido soñador y por quijotesco personaje. Sin embargo, ahora que la templanza y el buen juicio han abandonado España, quisiera sincerarme contigo, pues mi pensamiento antes nublado ha sido testigo de una claridad reveladora. Bien sabes que tus desdichas, es decir, nuestras desdichas, no son las únicas de este país, sino también la corrupción, el descrédito y la discordia ciudadana. Por consiguiente, tu lucha por conservar la dignidad de cuantos habitamos este suelo se ha convertido irremediablemente en mi lucha; mas permite, antes de nada, que te avise de ciertas actitudes que conviene evitar y deja que te prevenga de sus desastrosas consecuencias en caso de seguirlas.

Seguramente habrás visto en incontables manifiestos o habrás escuchado a diario idolatrar a la revolución violenta como único recurso para construir un nuevo sistema sobre los escombros del actual. Pues bien, sería conveniente que te apartaras de quienes piensan así; de lo contrario, tus honorables pretensiones se ensuciarán con su incorrecta rebeldía. Confía en la paz y en el justo equilibrio, los cuales guiarán tus pasos en todo momento. Es más, para que España recupere el brillo arrebatado por el cáncer de la política tienes que rebelarte contra la indecencia, tienes que dibujar en tu mente el porvenir, y cuando todos tus sueños puedan palparse, te recomiendo actuar con moderación. Sé, ante todo, prudente, perspicaz y comedido. Si ves que el odio empieza a adelantarse y el prosaísmo va ganando terreno al idealismo, nada has de temer, porque el desaliento suele rondar por cualquier batalla, pero al final termina desvaneciéndose en el instante en que se proclama la primera victoria. Aunque tu lucha pueda ser llamada “guerra”, no será necesario derramamiento de sangre alguno ni represión exagerada para quienes han puesto el entusiasmo y la esperanza por estandarte. Aléjate, por tanto, de aquellos adversarios que ocultan bajo hermosas palabras soluciones hostiles, puesto que en lugar de otorgarte el triunfo te dejarán, en el mejor de los casos, con una sensación desoladora de haber hecho el ridículo más espantoso de tu vida.

¿Sabes? En realidad a España no le afectan tanto las protestas de corte pacífico como el pasotismo o las proclamas incendiarias a las que me he referido arriba. A buen seguro que averiguarás cuál de las alternativas anteriores puede ser más dañina para nuestro progreso. Quizás ambas se te antojen desafíos insalvables y te hagan tropezar con cientos de enemigos antes de que puedas enfrentarte a los verdaderos culpables de tanta calamidad. Desde luego, si tienes que lidiar contra dos bestias, una de ellas más feroz que la otra, difícil te va a resultar obtener la victoria definitiva. Así pues, que la apatía general y la exaltación de algunos no te aparten del camino apropiado, el cual, como has podido ver, consiste en el justo medio. Añade a tu prudencia, a tu buen criterio y a tu osadía la perseverancia cuyo fruto ninguno de nosotros ha probado aún. Ciertamente tendrás que caer miles de veces en los obstáculos de esta competición antes de alcanzar aquella meta a la que nunca renunciaste.

Es probable que en estos momentos te sientas presa del desánimo y, a pesar de tu constancia, quieras claudicar, abandonar esta lucha que sólo has empezado a bosquejar. En caso de que esta sea tu intención, no conserves esta carta, arrójala al fuego o hazla mil pedazos hasta que no quede de ella ni el recuerdo ni la intención con la cual se compuso. Para serte sincero, esta misiva no fue escrita para un espíritu indeciso como el de su autor, ya que de personajes resignados está repleta España, sino para los rebeldes sin causa, para los que ya se han atrevido a alzar la voz, para quienes no han permitido que la fe se desvaneciera, para quienes tratan de recuperar la dignidad que les han hipotecado… En definitiva, esta carta está dirigida a cuantos soñadores mantienen intacta la ilusión de reinventar este país sobre cuyos hombros la decadencia ha delegado el peso insoportable de su obra.

Vaya desde aquí mi aliento para todos ellos. 

    

 

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Acerca del autor

Abraham Ferreira Khalil

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