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sábado 19 de septiembre del 2020
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El sueño del Presidente

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Un presidente a solas en palacio

contemplaba en la lumbre el breve espacio

 

que formaban las llamas crepitantes

como moles terribles y gigantes.

 

Y mientras con sonrisa traicionera

veía el redentor de España entera

 

que el pueblo a sus espaldas suplicaba

una hogaza de pan y un techo, oraba

 

a Dios por esas almas inocentes

que él mismo convertía en indigentes.

 

Así, con su plegaria exagerada

limpiaba su conciencia atormentada.

 

De súbito, un estrépito resuena

y a la Moncloa con su sombra llena.

 

¡Pavor, espanto, angustia e incertidumbre

consumían el brillo de la lumbre!

 

Por un instante el noble Presidente

dudó en parar o en proseguir al frente,

 

pues era en su carácter nota clara

comparecer sin dar jamás la cara.

 

¡Pum, pum, pum, pum, pum, pum! A sonar vuelve

la puerta y don Mariano se revuelve.

 

Al fin, con paso firme y decidido

avanza el mandatario estremecido.

 

No en vano su concierto la tormenta

en perpetuo crescendo ahora aumenta.

 

Relámpagos furtivos como instantes

azotan las ventanas inquietantes

 

y, al tiempo, en el zaguán gira Mariano

el pomo con su temblorosa mano.

 

“¡No hay nadie!”, exclama el hombre pensativo

y retrocede con un gesto altivo.

 

Mas vuelve a retumbar la vieja puerta.

El pánico mantiene todo alerta.

 

“¡Demon ios del abismo!¡Oh, insistencia

que agotas esta noche mi paciencia!

 

Si es mi imaginación la responsable,

siga llamando, pues, imperturbable”.

 

Con ademán exhausto el gobernante

regresa a su descanso confortante.

 

En tanto sigue golpeando el viento

la estampa del palacio macilento.

 

Ya es de madrugada cuando cesa

el tormentoso salmo, aunque aún pesa

 

el recuerdo de aquella sinfonía

que en adagio pianísimo se oía.

 

Y el noble Presidente del Gobierno

prosigue navegando en sueño tierno.

 

Mas otra vez resuena la madera

cual si toda la estancia se cayera.

 

Un ente misterioso se aparece

y el blanco de su rostro resplandece

 

con una voz, tan torrencial y clara

que el trueno al escucharla se aplacara.

 

“Nada temas, Mariano, que he venido

de donde no existió jamás olvido.

 

Me envían a mostrarte el sufrimiento

que a España pesa ya hasta en el aliento”.

 

Y así como una hoja estremecida

que a nadie anuncia voz ni despedida,

 

el cuerpo asustadizo de Mariano

flotaba por la estancia tan liviano.

 

“¿A dónde vamos, raro mensajero?

¿Por qué es tu gesto gélido y severo?”

 

“No temas, ilustrado Presidente,

que cuando te demuestre a cuánta gente

 

el verdugo del hambre ha recluido

volverás a tu tálamo mullido”.

 

Diciendo estas palabras le traslada

ante una triste y sórdida fachada

 

que apenas es recuerdo de un pasado

más próspero, aunque ahora esté olvidado.

 

“¿Me llevas a este hogar para que vea

desdichas y pretendes que me crea

 

que España toda es este vil tugurio

cuando en mi mente luce un nuevo augurio?”

 

El Siervo no contesta y, señalando

a Mariano la puerta, va avanzando.

 

Una vez dentro, ven tanta tristeza

que el gobernante atónito tropieza;

 

mas nadie puede oírle ciertamente:

es una sombra, un visitante ausente.

 

En una mesa austera hay una anciana

leyendo unos papeles con desgana,

 

según los cuales cuando acabe el día

su hogar ha de dejar sin otra vía.

 

Al verla el Presidente, sorprendido,

al Enviado mira compungido,

 

pero este con severo fundamento

reprochó al mandatario en el momento:

 

“Bien sabes, soberano gobernante,

que de este aprieto tal vez seas causante.

 

No des todo al que tiene de sobrado

a costa de un sudor hipotecado

 

y por justo sendero a España lleva

para que sea fuerte, altiva y nueva.

 

Si sigues cultivando los espantos,

habrás de cosechar muertes y llantos;

 

calamidades estas previsibles

por seguir con decretos impasibles”.

 

Cual flecha misteriosa el Mensajero

clavó en el corazón tiro certero

 

y Mariano, sintiéndose culpable,

abandona la estancia miserable.

 

Ahora en una calle transitada

detienen con firmeza la mirada

 

y en una esquina, acaso por abrigo,

limosna pide un mísero mendigo.

 

“Muestren su caridad, nobles señores-,

 suplica aquel extraño sin honores-,

 

pues mis hijos no tienen alimento

y en lágrimas se eclipsa su contento”.

 

Mas ¡oh, pobre infeliz! Todo es en vano,

no ve dinero de ninguna mano,

 

pues ¿qué le importa al mundo su castigo

si es solamente un mísero mendigo?

 

Mariano con el ánimo dudoso

mira a su acompañante, temeroso,

 

mas este con severo fundamento

reprochó al mandatario en el momento:

 

“¡Homb re de poca fe! Ejemplos sobran

de almas como esta que zozobran

 

y, escapando de un cáncer que se ensaña,

pobremente se esparcen por España.

 

Por eso, yo en verdad, buen Presidente,

te pido que retengas lo siguiente:

 

Que nadie buen cristiano se pretenda

mientras al débil con solaz no atienda”.

 

Al cabo de un instante, se acercaron

hasta una plaza donde contemplaron

 

cómo la indignación, si se levanta,

a todos cubre y a la paz espanta.

 

Todo en aquel reducto algarabía

parece, y se aproxima la agonía,

 

porque Mariano al verse acorralado

huía siempre en cabizbajo estado.

 

Fue, en fin, un gobernante de esta tierra

el sembrador del celo y de la guerra.

 

Y viéndose el demócrata abatido

al Mensajero dice compungido:

 

“¡O h, Enviado de Lo Alto! Bien pretendes

culparme a mí del mal, mas no me entiendes.

 

¿Qu&eacut e;; horror causé a estas gentes afligidas?

¿Acaso fui la ruina de sus vidas?

 

Respóndeme, Señor, pues me arrepiento

de obrar sin diligencia y fundamento”.

 

El Siervo una mirada de ternura

dirige al Presidente y con dulzura,

 

casi con una voz entrecortada,

contesta a la pregunta formulada:

 

“¡Ho mbre de poca fe, ejemplos sobran

de almas abatidas que zozobran

 

y, escapando de un cáncer que se ensaña,

pobremente se esparcen por España!

 

No les queda presente ni futuro.

Su pasado es un túnel ahora oscuro.

 

De tu mano quizás una esperanza

escape y los bendiga mi bonanza,

 

siempre y cuando, querido gobernante,

al prójimo se ponga por delante.

 

A quien te pida afecto presto acude

y de su rostro la inquietud sacude.

 

A quien veas desnudo da vestido

y se dará con eso por servido.

 

En fin, si el desahuciado encuentra techo

de nuevo España abrazará el provecho.”

 

Habiendo hablado el noble Mensajero,

en una nube asciende a lo primero

 

y Mariano regresa confundido

a su tálamo, cual si hubiera sido

 

todo una ensoñación de algún espacio

mental entre las sombras del palacio.

 

El alba ya ha rayado los caminos

y vuelven a salir los peregrinos;

 

unos al desamparo y a la ruina;

otros a la verdad de la rutina.

 

Mariano, en tanto, ya se ha despertado,

y de su travesía no ha olvidado

 

ni un gesto ni una voz de sufrimiento

cuyo dardo alcanzó su pensamiento.

 

Desde que la visita recibiera,

todo dejó de ser una quimera

 

y España caminó pacientemente

por su senda de luz, mirada al frente.

 

Mas temo que mi fábula sencilla

no deje de ser eso: maravilla.

 

Porque al hablar del bien sin sufrimiento

cuanto se diga siempre será cuento. 

 

FIN

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Abraham Ferreira Khalil

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