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martes 21 de enero del 2020
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¡A la calle, que ya es hora!

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Hay en España un mal muchísimo mayor que nuestros políticos parasitarios e indecentes y es la turba que tolera sus devaneos y fechorías. Porque una muchedumbre sometida a la voluntad de la casta gobernante es, al fin y al cabo, un reflejo desolador de aquellos estados que se confiesan demócratas pero que en la práctica no lo son tanto. Es más, cuando la abulia invade los espíritus y se tiende a pensar , tal vez de manera infantil, que la sociedad es justa, libre e igualitaria, toda expectativa de regeneración se devanece para siempre en el vertedero de la ignorancia.       Por desgracia, la lepra del siglo ha llegado a nuestro país en el momento menos inidcado para manifestar apatía o conformismo con el sistema vigente. Si bien cierto es que a menudo las calles empiezan a verse abarrotadas de pensamientos de indignados, la silenciosa mayoría continúa reposando en el hogar, al calor de la televisión y del fútbol, fanfarrias estas que al vulgo de hoy fascinan e idiotizan. Esa mayoría taciturna, de hecho, es la que nos debe preocupar, puesto que de su juicio tan simple han salido los malhechores que ahora nos gobiernan. Es esta una multitud rutinaria, sin instrucción política alguna, sin más filosofía que el egocentrismo y sin otra religión que el amor propio. Saber que esta masa ha de decidir cada poco tiempo en manos de quién estará el destino de nuestra nación me provoca infinito pesar y furia decontrolada.       Tengo por cierto, no obstante, que si este pensamiento infectado se regenerase y se purgaran  todos sus prejuicios, surgirían frutos aprovechables. Si de la abulia se pasara a la iniciativa individual y al compromiso, o sea, a tomar las calles, bien podríamos hablar de una recuperación, aunque lenta, de toda la confianza perdida en la democracia. Regeneremos, así pues, la mentalidad de los ciudadanos y la sociedad asistirá a esa aurora que espera. Infudamos a nuestros gobernantes el afán por hacer el bien común y veremos cuán armónico será nuestro sistema. Sería ideal conciliar los intereses del pueblo y los de su gobierno con la finalidad de reconstruir el país; pero el egoísmo de unos y la apatía de otros se hallan tan injertados en la mentalidad común que todavía resultan difíciles de extirpar.       No sabría decir si algún hombre de bien ha instruido en la rebeldía a estas gentes que ahora toman las calles. Sin embargo, es un buen síntoma observar tanta protesta contra lo que nos desagrada. Parece como si en estos momentos volviesen a resonar en los ánimos de la multitud aquellos versos inolvidables de Gabriel Celaya: "¡A la calle, que ya es hora de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo!". En efecto, estas masas preludian el despertar de muchas conciencias que hasta entonces habían permanecido aletargadas. Es hora ya, por tanto, de ceder la palabra a esas mayorías silenciosas y de gritar a nuestros gobernantes con voces frescas, potentes y dispuestas a erradicar esta plaga de una vez por todas.         

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Abraham Ferreira Khalil

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