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miércoles 19 de febrero del 2020
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Sabemos que es asi

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Cecilia sabe que no me distingue la paciencia y a pesar de ello aquí estoy, todavía esperándola. Su ausencia se ha dilatado tanto que solo cabe en el espacio que me brinca entre los pulmones y el corazón, debajo de los piquetes de mosco y la comezón desquiciante. A esta hora de lunas huidas la luz a dejado de ser novedad para convertirse en molestia, correteando al alba que se me ha ido metiendo, sin notarlo siquiera a pesar de mi parpadeo insistente, y ha invadido la superficie horadada de los muebles que no llenan la habitación pero que siempre están ahí, esperando el polvo y la polilla. Igual estoy yo. Después de una jodida noche sin sueño no puedo evitar preguntarme si todo este asunto vale algo, escondiendo desde ya la intención de mentirme y decir que no, que me vale madres ahora que ella no está. Pero decirlo es tan fácil y se siente tan cierto que es imposible olvidarse del truco y tengo que admitir sin testigos que sí me importa, pero también que ya ni la chinga. Después de tanto teorizar, ayudados por el café, sobre la libertad, el sexo y lo que es de uno, pues ese uno que vive dentro de todos accede, confía, se relaja y luego........ te ven la cara. Pero si te opones o haces un comentario en contra te sueltan un choro sobre la desgracia de ser costillas en esta sociedad misógina, que en eso se ha aferrado a la misma historia. Yo lo único que sé es que a estas horas ya deberíamos ir por el segundo. Habrá que explicar muchas cosas cuando regrese, si regresa. El reloj me hace cosquillas en la muñeca, llamándome la atención. A estas alturas poco importa la hora y saberla no me sirve de nada. Pero si pienso en los diez minutos de adelanto con que siempre lo cargo, sé que mi impaciencia tendrá ese tiempo extra para convertirse en rabia y hasta quizá ella cuente con ese tiempo, llegue a la hora que llegue, para alegar que no es demasiado tarde. Mejor lo ajusto para no concederme la salida de admitirle ese argumento y claudicar. La de anoche fue una sesión prendida, como no la habíamos tenido desde que comenzó con su histeria y ese afán de escaparse en plena tanda o a media rola. Pero anoche estuvo bien, con el bar lleno y el dueño disfrazándonos una sonrisa idiota con el gesto añejo del pulgar hacia arriba. Creo que no se dio cuenta del desfase que nos traíamos, ni cuando las improvisaciones se repitieron igualando dos piezas, sacándonos de onda a todos menos al Robe que le hace segunda el muy... Si no les cambiamos el tiempo y la progresión se siguen de filo. Y a pesar de todo, se oyen bien. Hasta eso. Las cosas deberían llegar hasta ahí y quizá no habría problema. Pero.. ¿ Quién se conforma con medio mundo, cuando tú lo que quieres es uno entero?. ¿ Donde carajos andas?. Siquiera no se hubiera ido la Lola y ahorita tendría con quien sacármela. De todas maneras, se va a armar el circo, y si le digo, Cecilia terminará por recriminarme el haber pasado medio despierto lo que quedó de la noche. Además, a Lola no se le llama ni se le invita. Viene sola. Como la canción. Pero eso es distinto. Algo que Cecilia no terminará de aceptar nunca. El güey de al lado ya empezó con su radio. La música no me molesta pero sí el tener que escuchar lo que otro escoja. Y luego no son ni las siete. Miro los bultos que forman mis pies bajo las sabanas. Hay un solo par y eso hace más grande su ausencia . La luna me traicionó desde hace rato, llevándose la corte de estrellas que a mi me late se la pasan soplándole. Y ¿a quién nos deja? Al solecito este que atraviesa cortinas y abre pupilas hasta que los ojos me arden, sacando remedos de sombras de todo lo sorprendido a medias despierto. Me levanto a orinar para no dejarme vencer por el sueño y el dolor de cabeza. Por tres cervezas y un brandy no debería sentir este vértigo ni la resequedad en la boca, ni el dolor en la ingle que sigue extrañándola. Aunque rica la Lola, no logra quitarme esta necesidad de Cecilia. Y aquí voy, todavía no llega y ya estoy cediendo, dispuesto. Después de una sacudida menos de las que me ponen en riesgo, regreso a la cama. No hay otra cosa que pueda hacer. Con el ruido de los camiones me llega el rumor de sus pasos y luego, el de la llave en la cerradura. ¡Vaya!. Se me acelera el pulso, concentrándose en la sien izquierda y una mano se me escapa hacia el buró para buscar un libro y  disimular que no quiero hacerme el disimulado, pero no hay. Cuando entra, casi no la reconozco. Dejando de lado los formulismos, las tretas, el juego dialéctico, el reproche rapante, nos enfrentamos. Ella parada junto a la cama y yo en cueros bajo las sábanas. -Quiubo- Mi propia voz  suena extraña, a pesar de horas de soliloquio. - Nada, ¿que esperabas?- me mira de reojo, con fastidio. -Nada no, algo- -Pst- No me gusta la mueca que hace, ni el sonido chasqueante de su aliento reventado, ni la intención que lo acompaña. No me agradan los labios fruncidos ni las comisuras caídas, despidiéndome casi con desprecio. -Oye, no te me pongas así- Nunca como ahora fui más conciente de la tensión en mi frente y un pensamiento fugaz me preocupa, lanzándome imágenes que imprecisan mi nombre y precisan el de los amigos riéndose  de mi defensa anticipada de la fidelidad de Cecilia. La ira me crece hasta que reconozco que no solo es su ceño fruncido lo que me molesta. Lo que quiero creer que no estoy astado. - No jodas-. Responde rápido, repasando su pelo con un ademán suave que nada tiene que ver con su voz. Eso me enfurece. - Precisamente es eso lo que quiero ahora, aparte de oír las excusas del por qué no regresaron anoche. Yo allá varado como idiota y ustedes pasándoselas a toda madre. El equipo pesa un chingo. -Ya sé- le sale despacio y como con un matiz de remordimiento. ¿Será? -Si, ya sabes- Yo sé que no vamos a ningún lado, pero el coraje me cierra la garganta y le miro la espalda y los pechos sintiendo como me cabalga la sangre. Si no le grito, la tiendo. Por eso insisto. - Y todavía, aparte, la jeta- -Oh, ya’stuvo ¿no?, cálmate-Se levanta y camina hacia el baño, desplegando la luz suavizada en sus brazos. Nada más va para evadirme y tranquilizarse. Es claro que de continuar con esto, explotaremos los dos. Yo de pura frustración y ella quien sabe. Le escucho los movimientos y el roce de la ropa que se resiste a dejar de abrazarla. Oigo correr el agua del lavabo. Pinche costumbre. Siempre abre el grifo y mete la mano para atrapar el líquido que termina escapando. Pareciera que bebe con los dedos, pero en realidad sólo se mira al espejo. Nunca ha mirado a nadie así. Me doblo hacia la orilla de la cama, apartando las sábanas para buscar la ropa interior, abandonada en vano. Cuando bajo los pies me acuerdo y cediendo a un impulso vengativo le digo. -Vino Lola - No escucho el movimiento, pero en el último segundo percibo la velocidad de su cuerpo lanzado sobre mí. Interpongo el brazo por puro instinto, encogiendo los hombros e intentando girar para levantarme. Demasiado tarde. Me cae encima con todo su peso, sembrándome las uñas en la espalda. Trato de librarme de ella pero se me prende del pelo obligándome a doblar la cabeza hacia atrás. La tomo del cuello y aprieto, suave al principio. Nos quedamos inmóviles, aferrados cada uno a su presa, jadeando, hasta que me la paso por encima del hombro y caemos sobre las losetas frías del piso. Entonces comenzamos. - ¡ Estúpido ! - grita, sacudiéndose. Yo solo me afano. - Estúpido - dice despacio, saciándose. Yo respiro hondo y me quedo callado.

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Acerca del autor

Ricardo Simental

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