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miércoles 08 de abril del 2020
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El arte de matar el arte

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Hans-Joachim Bohlmann fue un hombre prolijo en lo que le gustaba hacer: malograr obras de arte. Durante casi treinta años se dedicó a la innoble tarea de rociar ácido y acuchillar famosas pinturas. En este tiempo dañó más de cincuenta cuadros y su destrucción estuvo valorada en unos 140 millones de euros. Otros números se le pueden achacar, pues fue prolijo también en tranquilizantes, electroshock, tratamientos con insulina, antidepresivos, terapia de comportamiento y de grupo, etc. Cada uno de estos tratamientos cayó en saco sin fondo. Tal vez, la más desafortunada de todas fue la incursión en museos. Fue como tratar de apagar, sin éxito, el fuego con fuego. A este peculiar método de cura se sometió en compañía de su esposa. Luego de la muerte de su señora, a causa de un accidente, mientras limpiaba una ventana, Hans-Joachim la emprendió contra los museos. Su arma preferida fue el ácido.

El primer bote de este fatídico fluido lo compró allá por el año 1977. Así comenzó su larga carrera de “Articida” y la implantación de varios record que ojalá nadie intente superar. La lista es grande: Rembrandt, Paul Klee, Dorst, Durero, Rubens, etc. La mayoría de su oscura época Bholmann la pasó internado. Si restamos este tiempo tendremos una idea de cuán grande fue su gesta. De estos internamientos escapó raras veces; pero sí pintó millar y medio de cuadros, por órdenes de los psiquiatras, quienes pensaron sanarlo; sin embargo, unos meses más tarde, al recuperar su libertad (2006), Hans se personó en el Rijksmuseum, en la capital de Holanda, y regó líquido incendiario sobre tres cuadros de Van der Helst. Luego les prendió fuego. En otros tiempos su suerte habría sido peor, en este caso, dado su grado de locura, cumplió una pequeña condena y luego murió de cáncer en Hamburgo, Alemania.

 

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Alejandro Cernuda

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