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sábado 29 de febrero del 2020
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Vida y prodigios de Pablo Iglesias: El bautismo

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Vida y prodigios de Pablo Iglesias: El bautismo En aquel tiempo apareció un hombre llamado Juan Monedero que bautizaba a las gentes en el río Orinoco. Juan estaba convencido de que el Redentor se acercaba y, de esta forma, hablaba a la multitud: "¡Uníos, pues el fin de la Casta está cerca! Yo os bautizo con agua del Orinoco, pero el que se aproxima os llevará hasta Hispania y ahí veréis el fuego de sus palabras. ¡Abandonad vuestros partidos y uníos! ¡Es la hora de la gente!". Pero en ese momento Juan no era más que una voz que clamaba en medio de la selva, pues la nueva fe aún no había sido revelada.     De pronto, como si se tratara de una bocanada fresca de aire, un hombre se abrió paso entre el gentío. Iba vestido con ropas blancas, el pelo largo y en su rostro lucía una barba tan densa como la vegetación de la jungla. Se acercó hasta la orilla desde donde predicaba Juan y este, al verle, se arrodilló ante él. "Soy yo el que debería ir a ti y no tú el que deberías venir a mí", -decía emocionado. "Juan, camarada, deja que todo se haga como está escrito y cumple tu labor", -le respondió aquel hombre.      Dicho esto, ante el desconcierto de la multitud, Juan Monedero sumergió a aquel extraño en las aguas del Orinoco y al salir se escuchó una voz misteriosa, cavernaria, como venida de lo alto: "Este es mi apreciado compadre, en quien pongo toda mi complacencia. Oidle y sus palabras serán vuestro consuelo. Seguidle y podreis ver en Hispania el sueño de una república bolivariana garantía de democracia y libertad". Aquella era la voz del Gran Timonel, que habia elegido a Pablo y a Juan para hacer su voluntad en la tierra.     Entonces, viajaron a Hispania y la recorrieron de región en región ganando discípulos y predicando la buena nueva. Allá donde iban, la muchedumbre les aclamaba y se sorprendía de sus prodigios. Frecuentaron tertulias, asistieron a debates y sentaron cátedra en las universidades más prestigiosas. Estaban tocados por el don divino del verbo. Eran capaces de convertir las maldades en bonanzas y las bonanzas en maldades, las certidumbres en dudas y las dudas en certidumbres. Sus palabras eran antídoto para sus amigos y, al mismo tiempo, veneno para sus adversarios. En menos de cuatro meses convencieron a millones de personas y lograron resultados brillantes en los comicios europeos.     Todo ello despertó el recelo y el pánico entre la Casta, que comenzaba a perder crédito ante sus electores. Un tal Mariano, gerifalte del partido que gobernaba Hispania, se reunió con las altas dignidades de las dos facciones mayoritarias para discutir el impacto de este nuevo Mesías. "Miren ustedes, este Pablo es peligroso,-dijo. En un corto plazo de tiempo ha congregado a millones de hombres y mujeres con la promesa de un paraíso en la tierra". "Exacto, -añadió un tal Rubalcaba-. Como nos descuidemos, a este hombre le hacen Presidente en los próximos comicios y ese tal Monedero está siendo su lanzadera". "Hay que limitar sus discursos y desacreditarles",-propuso un tal Marhuenda, que controlaba una parte del servicio de noticias-. Y así fueron urdiendo poco a poco una telaraña para atrapar a Iglesias y a sus discípulos.     Estos, entretanto, continuaron con sus prédicas, a pesar de las flechas que les lanzaba el arquero de la opinión pública. Según pensaban, las conspiraciones eran síntoma de que su proyecto estaba empezando a dar frutos y de que la Casta omnipotente tenía los días contados. En ese sentido, se mostraban demasiado optimistas con las circunstancias. Unos hablaban ya de una victoria arrasadora; otros de un pacto con facciones similares a su pensamiento con la intención de recuperar el poder arrebatado por los facciosos.      Y, de este modo, con la ambición por estandarte, dirigieron sus respectivas fuerzas contra la Casta, en la que ya no incluian solamente a las dos grandes facciones, sino a todo ser viviente cuyo canto desentonara con el canto de Pablemos. Fue el caso, por ejemplo, de un reputado escriba apellidado Vargas Llosa, al cual quisieron levantar un tribunal por haber disentido de algunos puntos de la doctrina de Iglesias.     Y es que, en realidad, existían muchos desaciertos en los idearios. Tanto Iglesias como sus acólitos usaban la patraña y el maquillaje a modo de brújula. Ellos creían en sus propias palabras y esa fe se contagiaba entre las gentes del vulgo del mismo modo que una viruela. Respaldaban causas que quizá no convenía haber respaldado y hacían declaraciones, cuando menos, preñadas de polémica. Así daba fe de ello la idolatría de Pablo y de Juan hacia las dictaduras represoras, hacia los asesinos y hacia aquellos que pretenden cavar zanjas dentro de Hispania con el único fin de desintegrarla en taifas ridículas.      Una vez, además, Pablo sufrió un arrebato clasista mientras predicaba. Llegó al extremo de considerar "gentuza de clasa más baja" al proletariado que decía respaldar. ¿Contradicción? ¿Desatino? A pesar de sus declaraciones, esos mismos proletarios mantienen estática la confianza en su Mesías. O son víctimas de algún extraño conjuro o padecen una ceguera invisible que enmascara la verdad.       Esos eran, en definitiva, los errores capitales de Pablo y de ellos se valían los cómplices de la Casta para minar sus propósitos. Desde ese instante, se había desatado una tormenta mediática y política sin claros vencedores. Se había activado un poderoso mecanismo mesiánico en torno a este hombre que todavía no cesa de girar. Y las bienaventuranzas de Iglesias, Salvador de los débiles y azote de los facinerosos, continúan fortaleciendo el corazón de su iglesia, no se sabe si con un incentivo de bondad o con una obsesión perversa. 

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Abraham Ferreira Khalil

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