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lunes 19 de agosto del 2019
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Lázaro Diago, un historiador que ha pasado a la historia

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La historia es como la noticia de los tiempos. Sucede en una época y se narra en otra. Para conocerla hay que estudiarla a fondo, escudriñando en  los rimeros de documentos enmohecidos y maltratados del tiempo o registrando pacientemente en los anaqueles de la memoria. De la memoria propia y de la ajena.  Una de las virtudes del maestro Lázaro Diago Julio fue la de convertirse en  el notario de los sucesos en la línea del tiempo.  Y los guajiros tuvimos la fortuna de que un día los años 90  tomara la decisión de venirse a vivir entre nosotros y se dedicara a registrar con paciencia patriarcal varios de los episodios de nuestra historia en los que tuvo una amorosa predilección por la vida del almirante José Prudencio Padilla y por Riohacha nuestra capital.

Sus estudios lo llevaron a escribir varios libros sobre diversos temas en una fecunda producción caracterizada por el rigor científico de su trabajo cotidiano y por las novedosas revelaciones que hacía en cada una de sus obras.  El almirante Padilla, Aracataca, Riohacha, La Laguna Salá fueron algunos de sus asuntos favoritos no solo para escribir acerca de ellos sino para disertar sobre los mismos, lo cual hacía con mucha frecuencia en las fechas históricas y en los programas organizados  por la Academia de Historia de La Guajira a la que perteneció durante varios años.

El maestro Lázaro saboreaba sus conferencias: al verlo hablar era evidente que disfrutaba cuando estaba en el estrado y era poseedor de la oportunidad sublime de irradiar con su sabiduría a quienes tenían el privilegio de escucharlo.

Sabiduría, conocimiento, disciplina, investigación cuidadosa, eran parte de las virtudes del historiador.  Pero él no era solo un historiador, ex alcalde de dos municipios y sargento del ejército. Además de lo anterior era un gran ser humano.

Y como ser humano tenía virtudes que lo convertían en una de las personas más queridas de su entorno. Los niños del Cooperativo, donde residió los últimos años de su vida, lo llamaban “la Biblioteca del barrio” porque  parte de su ternura la expresaba atendiéndolos con dedicación cuando les ayudaba a hacer sus tareas.

Si tuviera que elegir la cualidad  que más caracterizaba al señor Lázaro, yo mencionaría sin lugar a dudas la palabra DECENCIA, así, con mayúsculas.   En su trato con las demás personas tenía se expresaba con un gran respeto por el otro y con las expresiones adecuadas para que su interlocutor se sintiera importante.  Y de, hecho, para hacer que los demás se sintieran importantes delante de él, es necesario aludir a otra de sus virtudes, por cierto muy escasa en nuestros tiempos: la humildad.  El gran escritor, el historiador insigne nunca tuvo una expresión de jactancia, ni presumió de sus conocimientos ni de sus múltiples logros.

Me imagino que en algún lugar de la eternidad se encontrarán por estos días el almirante Padilla y uno de sus mejores biógrafos y se fundirán en un fuerte abrazo en el que ambos se sentirán felices  y realizados.  Ya me estoy imaginando la escena en la que el hombre de mar le agradecerá al hombre de letras por ayudarlo a perpetuar su recuerdo y el profesor le dirá, muy a su estilo, algo así como: “más bien gracias a usted, por permitirme escribir sobre alguien a quien admiré tanto”. Y a mí me gustaría tener en mis manos la hermosa postal de la tertulia entre el almirante de la libertad y el historiador que hoy es parte de la historia.

 

 

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