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domingo 09 de agosto del 2020
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Arrechuchos separatistas y otras veleidades

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La última Diada ha mostrado una vez más que el diálogo y el consenso son reliquias que no pertenecen al museo mental de los separatistas; y muchísimo menos a la agobiante obstinación de Arturo Mas. En vez de un día de comunión entre toda Cataluña, aquello fue un hervidero de consignas y altercados entre unionistas y separatistas, un volcán en perpetua erupción. Cada vez que el seso común trata de apaciguar estas fieras, a los paladines del separatismo les da el arrechucho y se vuelven a desatar monstruosas tempestades. Llevamos metidos casi doscientos años en el mismo atolladero nacionalista de Cataluña y sin unidad es imposible regenerar un país y una sociedad entera.   De vez en cuando, aparece algún iluminado con la antorcha del consenso y los lunáticos se la apagan. De vez en cuando, al PSOE y al PP les entra la preocupación; pero ese momentáneo interés se desvanece al escuchar las campanillas del dinero. Si los separatistas, con Mas y Pujol a la cabeza, continúan desternillándose del Estado español, es por la inopia de nuestros gobiernos, que gustan de lamer las partes íntimas del soberanismo, en este caso catalán. Y, de este modo, siguen enriqueciendo las arcas del separatismo mientras que este, como moneda de agradecimiento, nos repudia. Porque, según los separatistas, sólo España roba a Cataluña, cuyos Mesías secesionistas son como arroyos de transparente honorabilidad. ¡Nótese la ironía!.   Me consta, pese a todo, que un ápice de sensatez queda en Cataluña, el ápice de aquellos que no han cavado una zanja en su esquema mental y que se sienten españoles, catalanes y ciudadanos del mundo. Los admiro. Sobre ellos el separatismo, respaldado por las instituciones, vierte sus calderos de aceite hirviente y son señalados con el estigma de la traición. La sociedad descerebrada del secesionismo los veja y los aparta de sí como si fuesen leprosos. Los apestados, los marginales y los paranormales son, no obstante, quienes apuestan por un islote catalán sin vínculos con España. Como nadie auxilie a los catalanes sensatos y detenga a los cazurros separatistas, España seguirá siendo península,sí, aunque sembrada de montículos inexpugnables. Como dije anteriormente, sin unidad es imposible regenerar un país y una sociedad entera.   Querría imaginar el porvenir de los separatistas si España les concediera sus caprichos. Esa aventura sería como el episodio de Sancho Panza y la ínsula de Barataria.  El que apoye dicho descalabro que lo sostenga con sus propios recursos. Que no nos vengan luego a los españoles derramando pucheritos y suplicándonos que les dejemos volver. Si creen en un país catalán, debe ser porque su economía carece de fisuras. ¿Para qué necesitan entonces que España los subvencione? Yo propondría que España y toda Europa se desentendieran de ese estrambótico Estat Catalá. ¿A dónde irían, pues, a buscar el pan, el trabajo y el progreso de su pueblo? ¿A las convulsas repúblicas del Magreb? Está claro que una Cataluña bajo el cetro de Mas no sería sino una taifa patética y efímera.   Así las cosas, seguimos sin respuesta coherente a la verbena secesionista. El gobierno de Rajoy, salpicado de asnos y corruptos especímenes, piensa que Arturo Mas se quedará en la comodidad de las amenazas. ¡Ingenua creencia! Hacen mal este gobierno y esta oposición en despreocuparse y en no encontrar una solución consensuada por todos los partidos ante la tempestad nacionalista. Creen que su verdad, el permanecer inmobles ante el aborto separatista porque la Ley lo condena, es la vía del común criterio.    La única realidad, sin embargo, es que una Cataluña independiente sería un páramo desértico, tórrido y aislado cuyo gobierno abanderaría la insensatez y el fanatismo y cuyos ciudadanos probarían los frutos de este arrechucho separatista que ahora mismo sostienen. Quiera Dios que el descalabro escocés cunda entre ellos. ¡Cuántas veleidades nos tendrá reservadas este separatismo de marujeo y escalera!  

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Abraham Ferreira Khalil

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