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domingo 04 de diciembre del 2022
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Cómo fue que conocí el piso 13 y otras anécdotas de la vida laboral tradicional

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Cómo fue que conocí el piso 13 y otras anécdotas de la vida laboral tradicional

Por Marcela González

Eran las 7:30 de la mañana cuando llegué a formar parte de una llamativa fila de mujeres. La gran mayoría de ellas llevaba falda corta. Yo también. Realmente me sentía un poco disfrazada. No sé si las demás también, sin embargo era el atuendo que la ocasión ameritaba.

Algunas llevaban todavía el pelo mojado cayendo sobre su espalda húmeda. Mi pelo corto desentonaba en la fila de mujeres de cabelleras largas algunas onduladas y otras perfectamente alisadas. Los tacones empezaban a estorbar conforme pasaban los minutos y yo muy precipitadamente empezaba a desesperarme.

Cada 5 o 10 minutos salía un guardia para indicarnos a todas y cada una que por favor permaneciéramos pegadas contra la pared. El frío viento se colaba por uno de los extremos de la calle atravesando el primer nivel del edificio para desembocar en la siguiente calle. El efecto túnel helaba nuestros huesos. Algunas llevaban los pezones erguidos en espera de una oportunidad laboral.

Una a una, las mujeres se fueron sumando a la fila conforme llegaba la hora en la que se abriría la puerta principal. El guardia seguía revisando con la mirada, que todo se encontrara en orden. Repasaba bolsos, sobres, medias veladas, labiales, tacones, miradas y demás.

Hacia las 8 de la mañana la fila se estremeció para dar inicio a la entrada formal de mujeres en espera de una entrevista de trabajo. Algunas subieron al tercero, otras al octavo. A mí me tocó en el Piso 13.

Yo ya había pasado una hora y treinta, en un apretujado bus en donde sentí verdadero pánico. Temía lo peor. Temía que en medio de la muchedumbre, sacudidas y desquilibrios, mis medias veladas fueran rasgadas. Así no podría llegar a la entrevista.

Era realmente mi preocupación, después de haber superado la angustia de colarme en contra de todas las leyes de la física, en ese mismo bus. Es decir pasé del alivio al desespero. Alivio al subirme y desespero al bajarme. Todas las emociones juntas.

Una vez en el Piso 13 la puerta del ascensor se abrió. Alguien me indicó que ya había llegado al Área de Servicios Administrativos. Observé las caras de algunos trabajadores que empezaban a acelerar el paso para no evidenciar su retraso en la llegada.

A mano derecha había una salita que dejé rápidamente atrás. No tuve tiempo de acercarme a la ventana para mirar la vista de la ciudad, a esa altura. La observé de lejos y con un aire de confianza, pensé en acercarme tan pronto terminara mi entrevista.

Me anuncié en una pequeña ventanilla en donde me atendió una mujer con una sonrisa enorme y unos cuantos pelos en su cabeza. Fue la primer mujer calva que vi en mi vida. Me pregunté por un momento qué le estaría pasando para estar así, pero jamás sospeché del piso 13.

Conforme avanzaba en mis pasos, las miradas me traspasaban de arriba a abajo y de adelante hacia atrás. Supongo que de atrás hacia adelante también, pues a medida que avanzaba, los murmullos se hacían cada vez más evidentes detrás de mi.

Nuevamente me acerqué a una pequeña recepción en donde otra mujer de pelo negro, gafas gruesas y melena desordenada me pidió que me sentara en un sofá que estaba justo delante de ella y desde donde se veía un gran reloj acomodado en la parte alta de una columna.

Su apariencia desordenada me transmitió el poco tiempo que la mujer debería de tener.

“No tiene tiempo ni para pasarse una peinilla” pensé para mi.

Pero aún así seguía sin sospechar en absoluto del Piso 13.

Me senté cómodamente en el sofá viendo literalmente la gente pasar. Algunos más de prisa que otros. Hombres y mujeres apenas notaban mi presencia. Yo observaba cada movimiento, cada rincón, cada detalle.

Los muebles eran absolutamente viejos. Pero no viejos por su estado si no viejos por su estilo. Se trataba de sillas y mesas de madera robustas con algunas peladuras en sus apoya brazos que recordaban las oficinas de los años 70´s u 80´s. Reinaban esos grandes escritorios imponentes y autoritarios con figuras fantasmagóricas que deambulaban de un lado para otro, como si fuesen de otra época.

Algunos individuos eran llamativamente jóvenes, vestidos igualmente de faldas y zapatos de tacón. Algunas de estas criaturas lucían corbatas y zapatos esmeradamente brillantes.

Yo notaba que así como había gente que me ignoraba en sus afanes, también había otra que no me quitaba la mirada de encima.

Miré el reloj durante los primeros 15 minutos. Pedí a la chica de al frente, la de la melena desordenada, que me facilitara la clave de la wifi de la oficina. Me miró con una cara de pánico que le recorrió desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie.

Realmente fue una osadía de mi parte… pensé mientras me iba contextualizando un poco con la escena.

Nuevamente me senté en el sofá a esperar como el minutero era perseguido por el segundero de forma cíclica y paulatina, hasta que me dormí.  Lejos, muy lejos, oía voces, pasos, risas…Cuando desperté habían pasado unos 45 minutos. El reloj seguía allí donde yo lo había dejado. Las mujeres se miraban entre ellas y se sonreían frente a mi. Tuvieron 45 minutos para reírse mientras yo dormía con la boca abierta y con un desparpajo nunca antes visto.

Aunque hice el payaso un rato, la verdadera noticia, la real expectativa, la ferviente última hora, que sólo unos sabios y eruditos poseían era: 

¿A quien viene a reemplazar?

El miedo se apoderaba de todos los que me observaban. Nadie sabía si yo era mecanógrafa, contadora pública, bachiller, abogada, arquitecta, o lo que fuera. Mi apariencia física no sólo no reflejaba mi aptitud laboral, si no que conforme pasaba el tiempo y no era atendida por mi entrevistadora, mi estatus disminuía.

¿Quien es capaz de dejar esperando a alguien una hora para una entrevista de trabajo? Pensaba para mi.

Luego me repetía ….y ¿Quién es capaz de esperar una hora para ser atendido en una entrevista? Yo, me contestaba, débilmente. Casi sin que yo misma me escuchara.

La mujer despeinada me miraba con cierta tristeza camuflada de vergüenza. Era la única que me mostraba su cara frente a frente.

Ya por curiosidad, empecinamiento y por qué no decirlo, terquedad, decidí esperar el tiempo que hiciera falta hasta que la persona encargada se permitiera atenderme, pero la impaciencia me ganó. Así es que por un acto de cortesía decidí ir a buscar a la psicóloga que había programado mi entrevista, para decirle que me iba y que cuando ella estimara conveniente, reprogramara el encuentro.

Cordialmente me solicitó que volviera al piso 13 en donde sería inmediatamente atendida.  Yo inocentemente volví. Me senté nuevamente en el sofá de la eterna espera, a ver pasar los minutos y los segundos. Realmente, las horas.

Después de dos horas y media, salió de una gran oficina llena de gente, una mujer muy maquillada, zapatos rojos, traje en conjunto, labios deformes por el botox, cabello estático de color amarillo y unos 65 años encima. Idéntica a los muebles.

Me invitó a formar parte de una gran mesa redonda en donde parecían estar los segundos y terceros en mando de la gran jefa, cuyas funciones pasaban por la compra de un lápiz hasta la construcción de un gran edificio. Qué gran embudo, pensé: La mujer embudo…Y se siente orgullosa…

“Si usted no tiene paciencia, definitivamente no puede trabajar con nosotros”

Yo sentí que entraba en una gran función circense, pero hice caso omiso a mis pensamientos dispersos y por qué no, desvergonzados. Rápidamente le dije que yo le explicaba mi currículum en 5 minutos, ya que era obvio que ni ella ni los que se encontraban allí tendrían tiempo para realizar una entrevista como Dios manda, o mejor dicho, como cualquier ser humano se merece después de haber esperado dos horas y media.

“Me dijeron que ya bajó usted a Recursos Humanos a decir que no le habíamos atendido”, dijo la mujer

Técnicamente, si. Bajé a hablar con la psicóloga para que me reprogramara la entrevista porque no me habían atendido, pero por supuesto no fue mi intención dejar en evidencia el garrafal plantón. Aunque…Si, fue así.

Un hombre con mirada sonriente bajaba la miraba cada vez que la mujer hablaba. Iba a ser mi jefe directo en caso de que fuera elegida. Sonreía como si quisiera decir algo constantemente, cuidando siempre de no ser observado por la mujer. Su actitud poco directa, atemorizada y sumisa, provocó en mi una especie de lástima que poco a poco se fue convirtiendo en consideración.

Finalmente me dijeron que me esperaban para trabajar al día siguiente. Nunca supe por qué me eligieron… Realmente si lo sé. Por las condiciones ofrecidas, el trato despectivo y la cantidad de trabajo absurda que prosiguieron, era obvio que no había muchas opciones para ellos… Y para mi tampoco.

Porque como bien dicen en mi tierra:

Por la plata baila el perro

Otro día te cuento cómo fue que llegué a la mesa de mi antecesora para decirle que yo era su reemplazo…cómo fue que me enteré que realmente el Piso 13 no existía y otras anécdotas de la vida laboral tradicional.

Desde la comodidad de mi casa, me despido no sin antes mencionar que en esta historia hubo muchos ángeles.

 

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Acerca del autor

Marcela González Arquitecta y Escritora

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