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lunes 25 de octubre del 2021
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La formación a partir de la reflexión de las propias prácticas docentes

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Fundamentos y acciones a realizar

La realidad cotidiana en la cual estamos inmersos como docentes muchas veces nos atropella dejándonos llevar por la vorágine de la clase, del estar frente a adolescentes, del estar atento a que no se lastimen y finalmente en tratar de transmitir algún contenido, de esta manera se nos hace profundamente difícil poder salirnos del acto educativo y su contemporaneidad para reflexionar sobre nuestra propia labor docente. En otras palabras se nos hace sumamente difícil objetivar nuestras prácticas docentes para tratar de mejorarlas, lo que no puede invalidar la necesidad de interpelar aquello que pensamos, aquello que hacemos y cómo interpretamos el mundo educativo en el cual nos encontramos inmersos.

Ante la realidad incontrastable de la crisis que atraviesa la educación y siendo que nosotros como docentes, somos la principal herramienta de cambio, se hace necesario preguntarnos:

¿Estamos preparados para enseñar en el siglo XXI? ¿Nuestras herramientas y prácticas pedagógicas pueden realmente educar en los términos que requieren nuestros alumnos? ¿Será que nuestra formación académica y profesional quedó obsoleta ante la gran cantidad de cambios producidos?

Si bien las respuestas son de difícil elaboración, nuestra ética profesional y la crisis endémica que sufre la escuela nos obligan a esbozar alguna solución.

Para comenzar nuestro análisis debemos partir de la idea de que la escuela es una institución y como tal se encuentra atravesada por los intereses, pensamientos y acciones de los gobiernos de turno, de manera que toda acción educativa se convierte finalmente en una acción política, ya que la escuela responde a un proyecto socio-educativo y a un modelo de país. Entender esta realidad nos va a permitir comprender muchos elementos del mundo escolar. En segundo lugar, debemos señalar que la escuela es una institución esencial para la conservación y expansión de los sectores más poderosos de la sociedad, entre ellos debemos mencionar a políticos, empresarios, corporaciones internacionales, entidades supranacionales, de esta manera la escuela se transforma en una institución que establece un sistema autoritario, disciplinador, enemigo de la creatividad y finalmente, pero no menos importante, reproduce los intereses de los sectores dominantes. Como señaló muy acertadamente Freire, “las clases dominantes no se suicidan…”[1]. Es por ello, que los programas de estudio en las casas de formación, se encuentran vetustos ya que obedecen a una lógica tradicional y de reproducción de intereses muy alejada de las necesidades de una escuela del siglo XXI. Párrafo aparte merecen los cursos de capacitación docente ya que no solamente reproducen la falla congénita de la formación obsoleta-tradicional  sino que al ser creados con fines esencialmente económicos, poco pueden sumar en este cambio de paradigma docente que necesitan los nuevos jóvenes, me estoy refiriendo al quiebre del modelo tradicional de docente para dar lugar al docente progresista, caracterizado por la creatividad, la crítica, la reflexión y la coherencia[2], elementos fundamentales de la nueva escuela del siglo XXI.

Una vez abordado e interiorizado los conceptos anteriores, debemos comenzar a replantearnos nuestras propias prácticas, objetivando las mismas a partir de tomar distancia epistemológica de las mismas[3], para poder transformarlas en un objeto de estudio, sin este paso fundamental jamás podremos develar realmente las características de nuestro quehacer cotidiano. Buscamos un salirse de sí mismo y de la actividad práctica docente, es pasar de la praxis al logos en términos filosóficos. El docente progresista es una persona que toma conciencia de la importancia de esta interpelación a partir de la propia reflexión de las prácticas, dispuesto a una modificación de las mismas, de nada sirve buscar respuestas sino estamos dispuestos a llevarlas a la práctica.

A partir de lo dicho anteriormente, debe llegar el momento de “accionar” de acuerdo a lo develado por la reflexión epistemológica sobre nuestras prácticas docentes, estos nuevos aprendizajes que nos van a transformar en docentes progresistas, abiertos al cambio, la creatividad y la reflexión deben operar en tres planos de forma simultánea e interrelacionada:

1) Como docentes, 2) En relación a la institución en la cual nos desarrollamos, 3) En relación a nuestra función social,

En primera instancia debemos dejar en el olvido nuestra propia historia escolar como alumnos, aceptando que recordamos una situación escolar y una concepción de alumno muy distinta a la existe actualmente en las aulas. El rol de alumno es una construcción social e histórica, de modo tal que el alumno actual no es el mismo de nuestra época escolar y cotidianamente se evidencia dentro del aula el desencuentro entre los jóvenes y los docentes, lo que hace necesario un perentorio cambio de estrategias pedagógicas e institucionales.

De modo tal que es fundamental que hagamos el “duelo” de nuestro propio alumno antes de sentar las bases de una propuesta pedagógica basada en la problematización, dado que para utilizar la palabra y “el diálogo como encuentro de los hombres para la tarea común de saber y actuar”[4] es necesario que seamos humildes, la autosuficiencia hace imposible el diálogo.

Tengamos siempre en cuenta que “no se nace alumno, como tampoco se nace docente”, de modo que mediante la relación dialógica el docente y los alumnos unen fuerzas en la búsqueda del conocimiento y del re-conocimiento del objeto de estudio, en un clima de confianza, participación activa y compromiso por parte de los alumnos.

Tal vez uno de los atajos posibles para el encuentro sería entender que la escuela recibe jóvenes pero los mira como alumnos sin arbitrar los medios para que esos jóvenes puedan devenir en alumnos. La escuela al pasar de ser un lugar de privilegio a ser un lugar accesible para todos, hace que los jóvenes que asisten provengan de culturas diferentes y de contexto socio-familiares distintos y que, por lo tanto, que haya una gran diversidad entre ellos, así los docentes frente a esta juventud que le es desconocida debe habilitar un espacio donde, a través de la comunicación, se puedan establecer otros vínculos con los jóvenes y se pueda comprender al sujeto “real” dejando de pensar en las representaciones del sujeto “ideal”.  

Bolla, Emanuel

Brissio, Mariano

Estela, Mariana A.

Ibarra, Clarisa

[1] Material teórico de la cátedra, 2015, Unidad 1, SCEU FRBA UTN, Buenos Aires, Pág. 16.

[2] Freire, Paulo, 1970, Pedagogía del oprimido, Tierra Nueva, Montevideo, Pág. 79.

[3] Material teórico de la cátedra, 2015, Unidad 2, SCEU FRBA UTN, Buenos Aires, Págs. 5 y 6.

[4] Freire, Paulo, 1970, Pedagogía del oprimido, Tierra Nueva, Montevideo, Pág. 73.

 

 

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