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jueves 29 de octubre del 2020
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MARIA ZAMBRANO, POESIA Y AMOR

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La lucidez de la razón poética radica en recuperar la persona oculta tras el personaje que la razón social impone. EL guión, el papel que nos han asignado, nos encorseta en unos determinados límites. El espacio social se nos hace angustioso cuando la persona no se identifica con el personaje. El malestar de la angostura del personaje intruso puede incitarnos tanto a la revolución –que se alimenta de la rabia que nace de la indignación- como a un ensimismamiento –que busca nuevos espacios de libertad-  ajeno a las miserias cotidianas.

La escritura para Zambrano surge de la derrota, de la necesidad de salvar a las palabras de la momentaneidad:  “se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente”. El decir es evanescente, esfumándose como el humo en el frío invierno, con unas cenizas inservibles para reconstruir fielmente lo vivido. El escritor aspira a reconciliarse con lo perdurable, con aquello que se resiste a desaparecer y, finalmente, pretende acallar las pasiones para hacer sitio a la verdad. La pasión nos ata al momento y ahuyenta a la verdad.

La verdad es que todo pasa, que el agua del río corre pero el cauce y el río mismo permanecen. El cauce es tan necesario al río, que sin él no habría río, sino pantano. Para la autora malagueña el cauce es la verdad, es aquello que perdura.  San Agustín pensó que el hombre es un ser que muere con la muerte y se salva con el amor.  Así, para el filósofo cristiano el amor es el cauce, aquello que perdura y permite sortear la fugacidad. El amor se resiste a ser homogeneizado, ataviado con los ropajes de una ciencia podadora.

La razón poética pretende captar la radical heterogeneidad del ser, el cauce que cada uno tiene que delinear con las circunstancias que le definen. Platón rechazaba la poesía porque pensaba que nos ata al mundo de las sombras, impidiendo que nos soltemos de las cadenas de la opinión. El poeta está santificado a una divinidad que perece, a unas apariencias que desdeña el filósofo. La belleza, que es fugaz y sorpresiva, no puede poseerse y el poeta más que poseer, se siente poseído. Zambrano lo expresa bellamente: “el filósofo quiere poseer la palabra, convertirse en su dueño. El poeta es su esclavo: se consagra y se consume en ella”.  

Hemos asumido el presupuesto que la verdad no es evidente, que su desvelamiento exige de una lectura lenta de los acontecimientos. Por otra parte, la intuición –la vía poética- construye imágenes para “ver” con los ojos del amor. Un amor que aspira a sentir “lo otro” como tal, sin esquematizarlo en una abstracción. 

   

 

 

 

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