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martes 25 de febrero del 2020
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Desde la ventana

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Desde la ventana

Era este viernes fatal, fuera de cualquier libreto o guion que antes haya podido escribir, mi vida y mis planes se tropezaban con otra amarga y vulgar decepción y yo intentaba darle color a mi noche pensando quizás, que un color como el azul sería el correcto, mientras la esperanza se tornaba oscura e ignoraba lo festivo que son los viernes para quienes son felices.

Jamás descubriría que tan perdido estaba de mí, hasta que me choqué con tu llamada. Jugabas una y otra vez con mi subconsciente, mientras mi cabeza era tentada por la sola propuesta de verte. Tus palabras eran cada vez más sinceras y claras, correctas en lo preciso, directas en lo casual y ahí estaba yo, pensando sobre la moral y la química de por qué no deberíamos estar juntos ese día. Parecías tan justo y corriente, que a lo mejor en esa noche sin ninguna otra pretensión, estabas solo para mí, y yo en la más irónica de mis realidades posibles, estaba para ti. 

Llegué calmado a la fatiga de mis 29 con tu obvia necedad de encontrarme, ignorando si en esa búsqueda también me encontraría a mismo en la marcha de mis aflicciones. Tuve que saber que tan hondo había caído, cuando ambos probamos un poco de locura para intentar sobrevivir.

Fue tarde, y la noche cae arribando las doce, parece una indiscutible decisión desesperada, pensaba entonces.

Encuentro entre mis desdichas y tus desvaríos la coincidencia de una oportunidad jamás imaginada sin saber si somos dos personas esperando algo más en una noche de viernes o sólo dos extraños con algo en común.

Intento seguir tus pasos en medio de los confines de un lugar desconocido, mientras la novedad de tu presencia parece llenar toda mi vida con una mortal pero narcótica fascinación. Te veo y eres el anfitrión de todos mis sueños y deseos para ese instante y la tristeza intenta marcharse. Me invitas a pasar a la penumbra de un comedor con una enorme y ceñida ventana de aquel tercer piso.

El éxtasis del momento pasa desapercibido al verte de frente a la ventana. Los pliegues de tu cara sobre luz y sombra, parecen hacerte otra persona, mientras la brisa sopla sobre la mesa al costado de los dos. La noche y el silencio de ese lugar eran el escenario perfecto para conocerte, mientras mi mente sucumbía a la incredulidad de estar ahí. No era yo quien te veía entonces, porque quizás jamás te habría visto en esa forma, era el momento y las ganas de estar ahí.

Preguntaste sin curiosidad sobre mis desventuras, pero para entonces eran tan poco frente a ti, que solo me limité a decir que fue un cambio inesperado de planes.  Tu sonrisa parece iluminar todo el sitio, y siento la presión de estar a solas los dos, disimulando con mis ojos perdidos, al horizonte de la ventana.

La ventana es el testigo -pensé- pero ni siquiera habíamos acribillado la soledad para llamarla testigo de algo. Entre la inocencia de las cosas simples y la facilidad de la libertad, nos sentamos sobre tu cama. Frente a frente, te fundiste conmigo en un abrazo prometido y siento por primera vez tu calor sobre mi cuerpo.

No podría describir cuanta plenitud sintió mi alma sobre tus brazos, aun siendo efímeros y casuales, sólo puedo decir que avivaste mi sed de vida, cuando un desengaño sepultaba mis ganas de continuar. Tu rostro mostraba la familiaridad de quien está seguro de hacer algo, mis ojos se detenían con desdén intimando con tus formas y grabando en la mente cada uno de los pliegues de tu cuerpo.

Me abordaste por segunda vez con el mismo predicamento, pero esta vez, mi respuesta perece ofrecida a todo tu ser y cariño. Mis tristezas se fugan vagas en el ocaso de la luz y tus brazos descansan sobre el arco de mi espalda. Con fuerza acaricio tu rostro intentando conseguir una respuesta definitiva a todas mis dudas, pero hallo los labios sumisos y entregados de quien me invita a su cama.

Tus besos enternecen mi espíritu y los años en regresión me llevan a la nostalgia de la niñez, mientras la suavidad de la piel de tus mejillas se transforma en mi almohada y descubro extasiado lo más cálido de tu esencia. Me pregunto cómo llegué aquí y por qué lo hice, pero justamente me enfrasco en el pensamiento de que antes de esa noche desde tu ventana, sobre tus pliegues, sobre tu desnudez, no habría podido entender como dos extraños se dan amor sin pretensión ni motivo en el destierro de la vida.

La madrugada avanza, y quisiera vivir perennemente en tus brazos. Despierto recordando que hoy no nos conoceremos ni nos veremos, que el secreto de la oscuridad aviva nuestra sed de compañía y que en el partido de nuestro diario vivir y nuestras alejadas realidades, tendré el feliz recuerdo que una noche cualquiera, desde una ventana conocí tu calidez y que dió aliento a mi vida en una madrugada que quise fuera eterna.

Me marcho con un último abrazo sin sospechar que esperas de mí, pareciendo costumbre un beso de despedida. Pienso en ti sin apreciar la belleza de lo fortuito sin la necesidad de prendarme a tu lado, esperando lo convincente; compartir un poco de tu vida aguardando tropezar con el sentido de la mía, en otra noche como ésta, desde una ventana admirando cautivado contigo, una ciudad dormida. 

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Acerca del autor

El caribe, Colombia

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