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viernes 10 de abril del 2020
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Algún tiempo atrás

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Algún tiempo atrás

Hace algún tiempo atrás, cayó en mis manos un libro que comparaba entre líneas la vida con un viaje en tren. No recuerdo el título de libro, tampoco su autor, pero su lectura me hizo reflexionar sobre mi propia vida y la de mis allegados. Se que fue una lectura extremadamente interesante, llena de recuerdos y sentimientos aflorados. Tras meditar mucho sobre lo que había leído, interpreté aquello mismo que había tomado entre líneas, que la vida no es más que un viaje en tren, repleto de entradas y bajadas, salpicado a veces de accidentes con diferentes resultados, unas veces leves y otras graves, con sorpresas agradables en algunas estaciones, y profundas tristezas en otras.

Al nacer, nos subimos al tren y nos encontramos con algunas personas las cuales creemos que siempre estarán con nosotros en ese viaje, y los identificamos como nuestros padres. Lamentablemente la verdad es otra, no están siempre con nosotros. Pero hay otras personas con las que sucederá lo mismo a lo largo del recorrido.

Ellos se bajarán en alguna estación dejándonos huérfanos de su cariño, amistad y su compañía irreemplazable. No obstante, ese sentimiento de impotencia pasajero no impide a que se suban otras personas que nos serán muy especiales a lo largo de otra parte del trayecto.

Podrán ser nuestros hermanos, amigos y esos amores maravillosos que aparecen para llenar un hueco especial en nuestro corazón y llenarlo de sentimientos extraordinarios.

De las personas que toman ese tren, habrá también los que lo hagan como un simple paseo, mientras que otros encontrarán el sentido de la vida durante el viaje…

Y habrá otros que, de forma anónima y circulando por el tren, estarán siempre listos en ayudar a quien lo necesite sin pedir nada a cambio. Muchos al bajar, dejaran una nostalgia permanente…otros pasaran tan desapercibidos que ni siquiera nos damos cuenta que dejaron un asiento próximo al nuestro.

Resulta curioso constatar que algunos pasajeros, quienes nos son más queridos, se acomodan en vagones distintos al nuestro y nunca por mucho que lo intentemos podemos ocupar el asiento contiguo, la circunstancia del espacio nos separa y nos obliga a realizar el trayecto separados de ellos, sin transigencias. Sin embargo, si nos aferramos a nuestros deseos, durante el viaje recorremos con cierta dificultad nuestro vagón y llegamos a ellos...

Pero lamentablemente, no podremos sentarnos a su lado pues habrá otra persona ocupando ese lugar...

No debe importar, el viaje se hace de este modo, lleno de desafíos, duelos, a veces desdenes, sueños, fantasías, ilusiones, esperas y despedidas... pero jamás regresos.

Entonces, pensamos que lo mejor será hacer el viaje de la mejor manera posible, afrontando las circunstancias no tan sólo personales sino las que nos rodean y que interactúan de forma implícita en nuestro destino, sin que nuestros deseos y esfuerzos puedan remediar un cambio.

Trataremos pues de relacionarnos y correspondernos bien con todos los pasajeros, buscando en cada uno, lo mejor de sí mismos. Recordando siempre, que en algún momento del trayecto, ellos podrán también titubear y probablemente precisaremos y a entenderlos…atenderlos e incluso nos obligaremos a echarles una mano u ofrecerles un hombro para su desahogo.

Yo misma también dudaré muchas veces, y estoy segura que habrá alguien en ese tren que advierta mis temores y dudas, se acerque a mi lado y me comprenda.

Pero ciertamente, no sabré jamás en qué estación me apearé, mucho menos dónde bajarán mi familia, mis compañeros, ni siquiera el que ocupe el asiento contiguo al mío.

Me quedo pensando y me pregunto si cuando baje del tren, sentiré nostalgia... Tal vez sea así, imposible saberlo. Domina la ignorancia, pero si de algo estoy segura es que separarme de algunos amigos con los que hice el viaje será doloroso. Inequívoca certeza.

Dejar que mi hijos sigan solos, será muy triste, pero trato de imaginar otra estación. Me aferro a la esperanza que en algún momento, llegaré a esa otra parada y tendré la gran emoción de verlos llegar con un equipaje que no tenían cuando emprendieron viaje. Y en ese momento, lo que pueda hacerme sentir más feliz será esa contribución desinteresada con el fin de que ese equipaje creciera y progresara, y se hiciera valioso e inestimable con el paso de las estaciones.

Por todo ello comprendí que debía concebir mi estancia en el tren de mi vida de manera tranquila, serena, que sintiera que todo ese largo trayecto hubiera valido la pena y considerase positivamente en el momento de apearme, que lo había hecho bien, de manera que aunque mi asiento quedé vacío en algún momento, pueda dejar recuerdo a otros pero que las memorias más bellas del viaje permanezcan en mí.

Gemma Llauradó

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Acerca del autor

Gemma Llauradó Sanz

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