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martes 18 de febrero del 2020
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Cliper, Escritor de Articulo.org


Lo que se oculta tras la vagancia tiene muchas caras. Es una entidad de manera frecuente multiforme, un laberinto complejo de sensaciones, emociones y pensamientos contrariados que no siempre y en todo momento sabemos de qué manera desgranar. Sin embargo, el rumor de esa abulia, de esa desmotivación que consume las ganas y la energía es una cosa que nuestro cerebro comprende bien por el hecho de que es quien produce el inmovilismo físico. Seguramente alguna vez te has preguntado: ¿soy un psicópata por esto? Pues no, puedes hacer mil test de psicópata pero no te saldrá nada positivo.



Hay quien afirma que la vagancia es un reclamo, como quedar atrapado en un presente congelado donde medra una sensación, la de que es imposible cumplir con todas y cada una de las obligaciones anotadas en la agenda. Por su parte, la propia sensación de cansancio y desánimo profundo asimismo nos frustra, y ese enfado con nosotros mismos acaba por bloquearnos todavía más, sumiéndonos en una situación tan incómoda como molesta.



Ahora bien, esta dimensión tiene su sentido y su explicación. Tanto es conque no debería suponer una fractura con nuestro o bien dañar nuestra autoestima cuando la experimentamos, e inclusive por qué razón no, eludir etiquetar a la ligera a un pequeño o bien adolescente de perezoso sin ya antes entender qué hay detrás. Por el hecho de que de forma frecuente, lo que se oculta es temor, irresolución, tristeza e inclusive sensación de inutilidad. Veamos más datos ahora.



Lo que se oculta tras la pereza: el futuro que sofocación

Habitualmente, lo que se oculta tras la vagancia es una dimensión residual de nuestros ancestros más recónditos. Esta es, por lo menos, una de las explicaciones que nos ofrecen desde el campo de la antropología. Esos antepasados del género homo con los que compartimos nuestra línea genética, tenían una necesidad básica en su cotidianidad: preservar la energía.



Los recursos eran escasísimos. El apetito era un contrincante rutinario, como los predadores y ese tiempo de forma frecuente desfavorable donde el sol podía sef extremo y las noches muy heladas. Nuestros ancestros, además de esto, eran ​​nómadas y debían intentar en lo posible, ahorrar recursos físicos, por eso los sacrificios que realizaban eran los mínimos y precisos. Su realidad por lo tanto, se limitaba a cubrir unas necesidades muy básicas en un corto plazo.



Kalman Glantz, psicoterapeuta de la Universidad de Cambridge y coautor de Exilies From Eden, nos apunta que la dimensión de la vagancia brotó en el humano cuando comenzamos a tener consciencia del futuro. Esa necesidad de planear en un largo plazo, de efectuar sacrificios para conseguir beneficios en un tiempo siguiente, produjo de súbito un sobreesfuerzo sicológico y un costo sensible.



De súbito teníamos la obligación de gastar más energía de la aguardada. Todavía más, aparecieron realidades como la ‘autoexigencia’, como la presión de un conjunto a fin de que hagamos algo, y en consecuencia, el temor a si vamos a ser o bien no eficaces. Vagancia no es por ende pura dejadez, haraganería o bien desidia. Es un compendio de muchas dimensiones, ahí donde brota habitualmente, la sofocación cara ese futuro aproximadamente próximo.



La abulia cerebral y el sobreesfuerzo

En el dos mil quince, el doctor Masud Husain, de la Universidad de Oxford, probó algo interesante que nos deja entender mejor lo que se oculta tras la vagancia. Por medio de una investigación con resonancias imantadas, pudo ver qué distinguía a la persona más activa de aquella que se queda atrapada por esa dejadez tan frustrante.



Primeramente, algo atractivo fue revisar que se precisa mucha energía para planear y llevar a la acción un objetivo. Lo que hace el cerebro es liberar un sinnúmero de dopamina y después, activar la corteza motora para facilitar el movimiento, la actividad, el desempeño. Ahora bien, seguidamente, otro aspecto que pudo comprobarse, es que una gran parte de las personas que experimentan vagancia, lo que hay en su cerebro realmente es abulia.



Los niveles de dopamina acostumbran a ser bajos. También, la activación de la corteza cerebral tampoco es intensísima, por el hecho de que un cerebro ‘apático’ se siente inútil de realizar ese sobreesfuerzo.



¿Qué hay tras la abulia que acompaña la vagancia?

Lo que se oculta tras la vagancia es una dimensión que el cerebro procesa muy de manera frecuente como abulia. No obstante ¿a qué se debe esa sensación? ¿Qué hay en nosotros a fin de que nos dejemos apresar por esa substancia que todo lo opaca y lo vuelve agobiante? Desde cierto punto de vista sicológico, es esencial resaltar las próximas dimensiones:



Baja sensación de autoeficacia.

Falta de apoyo sensible.

No hay un interés real por la labor que debemos efectuar.

Sensación de que aquello que debemos hacer, no merece la pena.

Miedo a fallar, a no hacerlo tan bien como el resto aguardan.

Desánimo, sensación de inutilidad, baja autoestima.



Tal como podemos ver, la implicación sicológica y sensible de la vagancia hacen de esta dimensión una realidad que debemos tomar en consideración. Por lo tanto, de poco sirve enojarnos con nosotros por nuestra escasa motivación. Hemos de ser capaces de pesquisar, de ahondar y de ir más allí para comprender por qué razón nos sentimos de este modo. 



Para el cristianismo, la vagancia era un pecado capital. Siempre y en todo momento ha existido una visión muy despreciativa cara dicha imagen; no obstante, es el instante de verla tal como lo que es: una máscara. Tras ella está el temor, la irresolución, los inconvenientes de autoestima, la insatisfacción… Hechos específicos que merecen nuestra atención y que deberíamos trabajar.


 
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